Escocia 2022. Primera parte

En 2019 probamos el mundo cámper, con una furgoneta prestada, y descubrimos una forma de viajar libre que casaba perfectamente con nuestra filosofía, y nos ayudaba a solventar el problema de llevar un Alaska Malamute en una moto por Europa. Volvimos con la lista de las cosas que se podían mejorar en aquella furgo, y me puse manos a la obra con la nuestra. El destino de todo ese trabajo era estrenarla yendo a Escocia en 2020, pues le teníamos muchas ganas a las islas británicas y pensábamos que aquel país, por los comentarios y todo lo que habíamos leído, era un buen comienzo para descubrirlas. Además, éramos conscientes de que abarcar todas las islas sería un disparate, por lo que la idea estaba más que clara. Pero vino el Covid, y tuvimos que dejarlo para 2021. Al verano siguiente volvimos a encontrarnos no con la prohibición pero sí con la recomendación de no cruzar el Canal de la Mancha, y repetimos Pirineos. Pero este año, las ganas y la relajación en las medidas nos han empujado a retomar nuestros proyectos de utilizar la furgo para acercar lo lejano, y hemos emprendido un viaje de 18 días no exento de complicaciones que leeréis si seguís adelante, cosa a la que os animo porque aprenderéis en experiencia ajena cosas que seguro os vienen bien si sois viajeros. ¿Zarpamos?

30 de Julio:

Salíamos de casa temprano, con la meta de atravesar España y dormir en el Sur de Francia ese día, y se nos dio tan bien que llegamos hasta el Norte de Burdeos. Empezábamos así con los peajes franceses, esos que fulminan el presupuesto de los viajes casi tanto como el incremento del precio de la gasolina de los últimos meses. Afortunadamente habíamos aprendido en Febrero a buscar las autovías gratuitas del país galo, e íbamos a usarlas en la medida de lo posible. Esa jornada poco tuvo destacable: Kilómetros y Kilómetros haciendo norte hasta que dijimos «basta» una vez dejado atrás nuestro objetivo, que en el peor de los casos se alejaba poco de Irún. Así que con la sana idea de pasar la gran urbe del suroeste francés, buscamos en nuestro socorrido Park4night un lugar tranquilo para descansar. Y lo hallamos en el puerto de Saint Loubés, muy recomendable para añadir al descanso una bonita estampa de puerto fluvial, con puesta de sol y un agradable entorno. Además hay un pequeño restaurante que no probamos pero que seguro hubiera sido también acertado.

31 de Julio

Amanecimos tempranito porque no sabíamos cómo se iba a dar atravesar Francia alternando distintos tipos de carreteras, y tras un pequeño paseo por los alrededores nos echamos a la carretera. Tampoco hay mucho que contar de esta jornada pues discurrió sin grandes incidentes, guiados a veces por el OSM (ese navegador que se lo calla casi todo por no molestar) y a veces por el google maps, con los riesgos que ello supone por sus cambios repentinos de «opinión». Pero bueno, lo justo es decir que llegamos siguiendo el track casi al dedillo hasta Calais. Allí nos dirigimos a la estación marítima, primero con la idea de buscar dónde pasar la noche cerca del embarque para hacerlo a primera hora de la mañana, pero al preguntar en la garita de Irish Ferries nos confirmaron que previo pago de 6 € podíamos embarcar en el siguiente barco, con lo que decidimos por supuesto darle ese bocado al planning del día siguiente y ganar esas horas para ver York con luz de día. Así que nos colamos en el barco de las 10 de la noche, que salió con puntualidad inglesa a pesar de hacerlo de la costa francesa, dejando a Sialuk en el asiento del piloto mientras nosotros deambulábamos por la cubierta y salones del ferry. Como curiosidad de la conducción en cámper, nos duchamos y cenamos ambos en la cola de embarque mientras amarraba y descargaba el barco.

La llegada a Dóver, de noche, fue un bautismo en el tráfico inglés. Nada más salir del barco nos dimos de bruces con una noche lluviosa y una salida del puerto liosa como todas, que desembocaba en una rotonda que cómo no, tuvimos que coger a izquierdas. Además, el Google Maps nos llevó de ruta turística hasta el aparcamiento que teníamos marcado para pernoctar, dando un buen rodeo por el castillo, con unas carreterillas que nos parecieron estrechísimas entonces, aunque pronto comprobamos que eran como casi todas allí. ¿Ahorro de asfalto? la cosa es que llegamos al aparcamiento, que estaba a 1 km en línea recta, después de recorrer no menos de 5, y con pocas ganas de seguir conduciendo hasta que amaneciese. Huelga decir que nos retiramos a nuestros aposentos inmediatamente.

1 de Agosto

Estábamos en Inglaterra! Amanecimos allí el día en que se suponía que debíamos coger el barco con nosécuantas horas de antelación para pasar el trámite de llevar perro, y doy fe de que la diferencia con no llevarlo solo fueron las risas de los policías que nos pidieron abrir la puerta lateral al verla sentada en el banco, protestando, como siempre que le decíamos que no podía bajar en ese momento. Pasar un lector de chip y mirar sus vacunas no llevó más de 1 minuto. Así que habíamos ganado tiempo que invertimos en madrugar menos y dar una vueltecita por Dover.

De allí a York casi todo es autovía, con la gracia de que en G Bretaña no son de peaje, e hicimos el tramo que nos separaba, de 430 kms, de un tirón, con parada tan solo para comer. York es una ciudad muy bonita. Ya nos la habían recomendado como parada casi obligada, por lo que nos fijamos en ella a modo de escala hasta Edimburgo, nuestra primera ciudad escocesa planificada. Y como representante de la mitad Este de Inglaterra fue un buen estandarte. Aparcamos en una explanada muy céntrica que estaba recomendada también para dormir, pues pagabas solo hasta cierta hora y la noche restaba gratis, como en casi todos los aparcamientos del viaje. Y desde allí nos echamos a patear una ciudad con un río bastante caudaloso, un castillo sobre un promontorio y muchas calles llenas de historia.

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2 de Agosto. Camino a Edimburgo… ¿Fin de la aventura?

Tras salir de York volvimos a tomar la autovía que sube al norte por la mitad Este del país, y no salimos de ella hasta que se convirtió en una carretera nacional, dándonos cuenta de que la mayor y mejor parte de las infraestructuras se desarrolla en la zona poblada del reino, o lo que es lo mismo, en Inglaterra, dejando para Escocia las carreteras indispensables para recorrer su geografía, y eso incluye a las famosas passing places. Al menos no había travesías, era una nacional relativamente ágil. Y en ello estábamos cuando empecé a notar que el pedal de embrague no retrocedía como era debido. Al principio pensé en falta de grasa, pero el problema se fue agravando hasta que pocas pisadas después se quedó clavado en el suelo con la imposibilidad de meter o sacar cualquier marcha. Aguanté de esa guisa en tercera mientras me cagaba en todo y encontraba un lugar adecuado para detenerme cuando apareció una gasolinera de la famosa cadena ELF con espacio suficiente para aparcar sin maniobras. Y allí mismo la calé. A 80 kilómetros de Edimburgo. Sin haber entrado aun en Escocia.

Lo primero fue llamar a mi mecánico: «Se te ha roto o la bomba del embrague o el cilindro principal». Bien. y eso necesita taller sí o si. Y estamos a tomar por saco en en norte de Inglaterra. Lo segundo, llamar a un amigo mecánico. «… también podría haber bajado el nivel del líquido de frenos y haber cogido aire el circuito. Vamos a intentar cebarla». Bote de líquido de la gasolinera, Ana en el pedal, yo en la válvula de cebado, una vez, otra vez, otra más… y así media hora. Nada. Y lo siguiente, tras ver el charco de líquido en el suelo, fue llamar al seguro. Y a mi primo, que es agente. Hasta ahí, el orden quizás lógico de las cosas. A partir de ahí, el error: Confiar en el seguro.

Pasaron las horas y por fin, a las cuatro de la tarde, llegó una grúa con un paisano que parecía muy feliz rescatando gente. Pero que nos brindaba la opción de remolcarnos a la base de Newcastle (70 kilómetros regresando) para dejarla allí hasta que alguien la reparase. Pues en su taller tenían 3 semanas de espera. Y tan agusto. Sin poder creer aquello, simplemente, nos negamos. Y la grúa se fue, con el sonriente inglés, que además tenía mucha prisa porque salía de su turno. Vuelta a llamar a Allianz, para decirles que había llegado una grúa sin que nadie nos avisase, que no habían dicho nada de un taxi ni de qué pasaba con nosotros, y que lo habíamos rechazado porque ni nos parecía de fiar ni nos garantizaba reparación alguna.

Pasaron otras 3 horas, y acabamos por convencernos de que nadie nos iba a rescatar de allí ya ese día. Desde las 10:30 de la mañana, la filial de Allianz en Inglaterra, fue capaz de avanzar nada. Cero. Habíamos perdido in día entero entrando y saliendo de la tienda de la gasolinera, de sus aseos, yendo con Sialuk al parque de atrás; un día en el que los minutos pasaron como losas en la cabeza mientras mirábamos un punto perdido del habitáculo sin saber en qué podíamos cagarnos ya. Y dormimos en a la furgoneta.

3 de Agosto

Lo primero que hice al levantarme fue llamar de nuevo a uno de los paisanos de Sudamérica Latina que descolgaba el teléfono al otro lado. Y este fue el peor de todos: «mi experiencia en Inglaterra es que no te la van a arreglar. Debéis pensar en la repatriación de la furgoneta y los pasajeros». Imaginaros. Un vehículo vivienda, lleno de víveres, la mitad en la nevera. 2 adultos, Una perra de 50 kilos. Vehículo y ocupantes cada uno por su lado, en no se qué suerte de combinaciones de medios de transporte desde Edimburgo hasta Baeza. De locos. No estábamos dispuestos a dejar a Sialuk cocerse de calor en un aeropuerto mientras salía en avión. El viaje que tanto llevábamos planeando echado por tierra. Estaba condenado. ¿Era la despedida definitiva de las Islas Británicas? Porque después de aquello no querríamos volver a hablar de ellas…

No. La cláusula del seguro decía que teníamos derecho a llevar la furgo a un taller designado por nosotros (cercano al lugar) o a casa. Y hasta 5 noches de hotel mientras la reparaban. Entonces, había que encontrar un taller que lo hiciera en ese tiempo, si acaso un par de días más, para poder volver montados en nuestra casita. Ya no pensábamos en el viaje. Nos lo habían sacado de la Cabeza. Ahora la idea que nos rondaba era cómo regresar sin pasar por la epopeya de la repatriación. Solo había una opción: encontrar ese taller. Fueron cerca de 30 llamadas, en inglés, por supuesto. En todas, una detrás de otra, la respuesta era la misma. «I am sorry. We are bussy these days». Y así hasta que por fin, un escocés compasivo de Edimburgo me pidió el número de teléfono y me dijo que iba a encontrarme alguien que pudiera ayudarme. A los 15 minutos me devolvió la llamada y me dio otro teléfono. El de un taller en el que podían hacerme un hueco, un taller de camiones. Llamé, y efectivamente, no sin antes ver la furgo y asegurarse de cuál era el problema, un señor escocés de acento serio, iba a intentar ayudarnos. Así que volví a llamar al seguro, pregunté por la agente cuyo nombre había conseguido el bueno de mi primo, y coordiné el rescate: en resumen, les hice el trabajo.

De repente, todo empezó a ser normal. Empezaron a llegar SMS de Allianz informando de los siguientes pasos. Una grúa estaba en camino. Un taxi nos recogería del taller. Y nos llevaría a un hotel en la zona centro de Edimburgo, cerca del puerto. Además, el serio escocés decía, con cautela, que si localizaba la pieza, se pondría con la furgoneta a la mañana siguiente y estaría lista aquella tarde. De repente, casi sin creérnoslo después de tantos jarros de agua fría, volvíamos a vernos en el viaje. Y apareció la grúa, más grande que la anterior, con un inglés también sonriente, al que le encantó Sialuk. Y esta, correspondió entrando en los asientos traseros, tras cubrirlos con una mantita, como si estuviese deseando largarse de allí. Así entramos en Escocia, subidos en una grúa todos, desde la furgoneta hasta la perra. Tan felices.

Al llegar al taller, nos recibió un escoces alto y serio, como su voz indicaba, pero muy servicial y competente. El gruista nos dijo entrando que le daba muy buena impresión lo que veía. Estaba esperando para subir la furgoneta en el elevador y mirar la referencia de la pieza, de manera que bajamos el equipaje de dos o tres días, por lo que pudiera pasar, y una bolsa de cosas sensibles de la nevera para poder dejarla desconectada, ya que no le iba a dar el sol en la placa mientras estuviera en el taller. Era una gran nave con camiones dentro de distintos tamaño, y solo un par de coches. Nos condujo a un garito que tenían en un costado de la nave, y quitando algunas cosas de en medio con rapidez, nos ofreció una salita con mesa y sillas y una cocina con nevera y cafetera. «Podéis serviros lo que necesitéis». Poco a poco se iba ablandando su semblante serio, en lo que como siempre ayudaba la simpática estampa de Sialuk, que donde va, triunfa. Y cada vez nos dábamos más cuenta que allí los perros son bienvenidos por todas partes. Cominos un poco de lo que cogimos de nuestros víveres y cuando llegó el SMS de que el taxi llegaría en breve, salimos a ver cómo iba lo de la pieza. El escocés me dijo entonces en tono más distendido que la pieza llegaba esa tarde y la furgoneta estaría lista por la mañana. No se qué me costó más, si reprimirme las lágrimas o pegarle un abrazo, pero en cualquier caso algo tuvo que advertir de mi dilema que aflojó el rictus y soltó una sonrisa agitando hacia abajo la mano en señal de que no era para tanto. Ver a los tres en aquella situación con la furgoneta averiada, a esa distancia de casa y con 50 kilos de perra ablanda al más pintado de los escoceses. Llegó el taxi, y nos llevó hasta el hotel de Edimburgo.

Obviamente, al seguro les dijimos que buscasen un hotel en el que admitiesen perros, pero no parecía que eso pudiera suponer un problema en Escocia. Así que al llegar, nos recibieron con un pack de bienvenida perruna. En la habitación estuvimos lo justo para abrirlo, cambiarnos, y salir escopetados hacia el centro.

Sialuk impaciente por ver sus regalos: Unas chuches, una pelota y unas bosas para la cacota.

Nos sugirieron ir al centro andando, lo cual suponía unos 3 kms, por una vía verde para bicicletas. Luego nos daríamos cuenta de que los hay por todo el país, especialmente en los lugares turísticos. Fue un paseo muy agradable en el que no éramos casi conscientes de que estábamos entrando en el centro de una capital por la gran cantidad de espacios verdes, campos deportivos, huertos urbanos… todo tan cerca del casco antiguo.

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La meta era Dean Village, una especie de pueblecito antiguo dentro del mismo Edimburgo, con casas muy pintorescas en torno a un rio. Por allí dimos un buen paseo fotográfico, para luego acercarnos un poco al casco antiguo, zona de la catedral y el castillo, cenar, y regresar al hotel en autobús, ya que el transporte público admite perros en Escocia. La guinda de la tarde la puso el señor del taller, que llamó a las 19:30 para decir que la furgoneta estaba lista … se había quedado después del cierre para asegurar que pudiésemos recogerla por la mañana. Increíble. Nos fuimos a celebrarlo cenando en un sitio de hamburguesas un tanto ecléctico, e iniciamos la ronda de las pintas escocesas.

El regreso al hotel en el autobús fue muy divertido, porque Sialuk obró con total naturalidad subiendo no solo a bordo sino al segundo piso por las estrechas escaleras, y no miró más por la gran ventana de los primeros asientos porque tenía ya las baterías listas de todo el día.

4 de Agosto

A la mañana siguiente volvimos a dar una vuelta por el centro y por Callton Hill, un promontorio cercano desde el que había unas buenas vistas de la ciudad y el estuario. La verdad es que Edimburgo tiene un enclave privilegiado. Además, había salido el sol y todo brillaba con una luz especial. No quisimos perder la oportunidad de retomar el planning inicial del viaje, ya que al tener la furgoneta el mismo día que pensábamos salir de Edimburgo, dábamos por perdido un día en la ciudad, pero podíamos mantener el resto de destinos, que estaban encajados a presión, pues circunvalar Escocia en 10 jornadas escasas daba para lo que daba. Así que volvimos (en bus) al hotel, avisamos taxi, y fuimos a recoger nuestra casita rodante.

Y allí nos esperaba el alto escocés, esta vez sonriente. Había comprobado además el estado del disco del embrague, por lo que teníamos el diagnóstico completo: el anterior dueño lo cambió (estaba casi nuevo) sin cambiar el cilindro principal, y este, original, había perdido líquido por el retén derramándolo por el disco y haciendo que cimbrease al desembragar. Gota a gota hasta que la fuga fue realmente seria. Problemas del mal mantenimiento. One more time…

A las 12 estábamos listos para salir. Teníamos el tiempo justo para llegar a Inverness atravesando el parque nacional de los Cairghorms. Eso sí, sin disfrutarlo como se merece, pero al menos lo veríamos, porque a saber cuándo volvíamos por allí… así que dicho y hecho, zarpamos.

Una de las cosas que íbamos a aprender ese día sobre el medio escocés, es que allí, lo que nosotros identificamos como paisaje de montaña, aparece a partir de los 300 mt de altitud. No necesitas ascender más para ver ríos en su cauce alto, cascadas, zonas de vegetación de páramo, borreguiles, etc. Por eso se ven cascadas cayendo al mar tras atravesar un prado en los documentales. Y el Cairghorms es una muestra de ello. Carreteritas serpenteantes y estrechas, con apartaderos para poder cruzarte con otros vehículos, ríos, valles verdes, cambios de luz constantes, y muy pocas aldeas, configuran un entorno natural muy puro.

Así llegamos hasta Inverness, dejando atrás la primera parte de este viaje, y llegando a la parte más auténtica de Escocia. Las tierras Altas, donde pasaríamos los siguientes días, a medida que perdíamos el miedo a que una avería nos dejase con la miel en los labios…

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