Novios en Francia. I parte.

Teníamos quince días. Bueno, diecisiete, al sumar el puente de Andalucía. Una Cámper. Una calefacción sin estrenar. Y un mes de febrero en Francia, toda una lotería. ¿Qué podía salir mal? Emprendimos este viaje con un largo recorrido por delante y mucha preparación. El plan era ambicioso: recorrer el centro de Francia, una de esas zonas que siempre dejábamos de lado porque en verano solo queremos ver picos y ríos. Y de paso que dejábamos a la gorda con sus titos, aprovechar para hacer todo aquello que no nos dejan hacer con ella: Entrar a museos, monumentos, barcos, torres, palacios, restaurantes, y en resumen, hacer mucho turismo urbano. Por último y no menos importante, celebrar que en casi 8 años de noviazgo seguíamos queriéndonos. El resultado … El viaje más romántico hasta la fecha.

12 de Febrero:

Tras pivotar, como tantas otras veces, en la casa del bueno de Carlos, hicimos la tirada maratoniana de Madrid a Agen. La idea: Llegar para dormir y visitar la ciudad a la mañana siguiente, tónica que se repetiría a lo largo del viaje, para viajar tras las sobremesas. Fuimos escogiendo minuciosamente las paradas, coincidiendo con ciudades emblemáticas francesas, y este es el resultado:

13 de Febrero. Agen y Bergerac.

Llegamos a Agen de noche, como era de esperar tras 700 kms con la travesía del Pirineo y mucha carretera nacional francesa, con sus travesías. Dormimos en un aparcamiento frente al puente peatonal del río, muy tranquilos (no hay que olvidar que estábamos en el mes de Febrero). Y por la mañana y tras desayunar en nuestra casita con ruedas, nos echamos a patear la ciudad. Es una experiencia casi desconocida para nosotros poder hacer turismo mientras la gente trabaja: calles vacías, mercados en ebullición, y encima, el clima acompañando.

Agen es una ciudad de la Aquitania Francesa, y como otras de las que vamos a ver cuenta con un importante río, en este caso el Garona. Además, cuenta con un canal que desemboca perpendicularmente en el. Eso cierra un casco antiguo bastante interesante:

Aunque no es una ciudad muy grande, y eso nos permitió poder dar un salto hasta Bergerac, antes de llegar a nuestra meta del día para dormir. Por su parte, Bergerac es una bonita ciudad turística que gira en torno al mito del personaje de novela, del que hay incluso una estatua. Destacan las antiguas cosas con un estilo que veremos en muchas otras ciudades de este viaje. Tiene un muelle en la orilla del río Dordoña.

Tras dejarnos enredar por sus calles, avanzamos un poco más hasta Limoges.

14 de Febrero. Limoges:

Después de la visita a Bergerac salimos hacia Limoges por carreteras nacionales, unas mejores y otras más … bueno, menos «nacionales y más locales». Pero llegamos más o menos a la hora prevista, con tiempo de dar una vuelta antes de la cena. Esta vez el gran río es el Vienne, y rodea por el Este un casco antiguo en el que predomina una gran catedral con una larga historia constructiva.

Por la mañana salimos a patear el centro, empezando por la gran estación del tren, que bien merece una visita por su diáfano hall central con esculturas de las provincias francesas a las que da servicio. Y luego más callejeo destacando el barrio de la Carnicería, la plaza de abastos, el Ayuntamiento y los alrededores de la Catedral.

Junto al lugar en el que aparcamos destaca también un puente antiguo sobre el río, ahora de uso peatonal.

Tras la visita, salimos hacia Orleans, que era uno de los platos fuertes del viaje.

15 de Febrero, Orleans, camino de Versalles.

Orleans ya es una ciudad con mayúsculas, que de hecho ejerció de capital de Francia durante el siglo X. También es conocida por ser la ciudad de Juana de Arco. A orillas del rio Loira, famoso por sus castillos, tiene dos partes diferenciadas, una al norte de este y otra más moderna, al sur, que fue donde aparcamos. Nuestra primera toma de contacto consistió en asomarnos al río y en hacer la colada en una lavandería cercana. Así que sería al día siguiente cuando retomamos la visita empezando por el puente de Jorge V. Lo primero que llama la atención es la bonita ribera y paseo fluvial, soleado, que se encuentra salpicado de barcazas y zonas para descansar con vistas al agua.

Desde allí nos adentramos en el casco antiguo para coser casi todas sus calles antes de acabar en la catedral, otra maravilla del Gótico en la línea de las que estábamos viendo este viaje.

De ahí al hotel Grosslot, que solo pudimos ver por fuera debido a los horarios, y dejándonos llevar, llegamos a la Casa de Juana de Arco, plaza del ayuntamiento… recorriendo grandes avenidas con edificios imponentes y muy cuidados. Ciertamente, es una ciudad que se merece una buena visita.

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Después de merendar, dimos un empujón hasta Versalles, donde descubriríamos una ciudad muy rica, más grande de los que nos esperábamos, con bastante tráfico y casi sin nada de aparcamiento fuera de zonas de pago. Paramos en la estación de cercanías para estudiar la opción de dejar allí la furgoneta durante los días de París, y, salvado el escollo del transporte (había conexiones cada 15-20 minutos con la capital) por pocas tenemos que abortar la idea por lo difícil de estacionar. Pero al fin dimos con el sitio y pudimos descansar la noche previa de la visita a los palacios sin tener que pagar por ello.

16 de Febrero. Versalles. Palacios y jardines infinitos…

¿Y qué decir de Versalles? El nivel de riqueza, opulencia y despilfarro que puede verse allí llega a abrumar. Si no lo conoces, es más grande de lo que imaginas. Y si has tesado allí, de una vez para otra no paras de descubrir cosas nuevas. Dentro de nuestra forma de ser, a años luz de la de los que parieron aquello, nos gustaron más los jardines y la discreción de la aldea de la Reina que el palacio en sí. Además, y ya como anécdota, acabamos «cansados» por el rodeo extra que nos supuso tener que ir desde los jardines hasta la furgoneta, que estaba a menos de 500 metros, dando un rodeo tremendo porque no les apetecía tener abierta la mitad de las puertas que dan a la calle. Y dar un rodeo en aquellas escalas supone 5 kilómetros de pateo…

Lo bueno, que descubrimos que sin querer habíamos aparcado en la puerta de un cuartel militar y que pocos sitios se nos ocurrían más seguros para dejar la furgo 4 noches, de modo que comimos, hicimos los petates, y cogimos un autobús con un conductor árabe nostálgico de tierras valencianas y que nos llevó de conversación hasta la estación de tren.

Así nos desplazamos, trasbordo incluido, hasta el barrio donde estaba el hotel, en el Boulevard Magenta; Un pequeño salto en el espacio a una capital africana que bien podía haber sido ciudad del Cabo en lugar de París. Eso sí, una zona perfecta a nivel de precios, servicios y distancia al centro dentro de una gran ciudad en la que eso se agradece.

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