Marruecos 2011

Quizás el momento más difícil de olvidar de este Marruecos ha sido el de la tormenta de arena en la pista prohibida. Había que vivirla. Debíamos sentirla sobre el Fes-Fes, y allí, al menos una vez. Lo que de lejos parecía “el mar”, iba a tragarnos para no dejarnos ver nada. Y cuando diga nada, es nada. Unas roderas a 1 metro del coche seguían siendo eso, nada. Solo el GPS y la certeza de que en aquella llanura no había tajos, ni paredes, ni obstáculos, nos permitió salir hasta la garganta en la que estaba el albergue. Conduciendo durante media hora sin ver a dónde.

Y eso no fue más que otra de las experiencias irrepetibles de un Marruecos Irrepetible, en el que nos hemos sentido un gran equipo sin fisuras, desde el primer día. Así, al subirnos al tren de una secuencia de etapas sin igual hasta ahora por su dureza, no nos ha costado nada. Nuca creí que unir los puntos que nos quedaban pendientes para cerrar el círculo de este bello país, nos depararía una bajada así. Hasta mañana… In sh´Alah.

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15 de Abril, Larache.

Por primera vez, este año habíamos decidido hacer noche en tierras moras, en lugar de dormir en Tarifa o Algeciras como en ediciones anteriores. Y fue todo un acierto. Por eso, en esta crónica, en realidad debe empezar el mismo día del viaje, por ser una etapa en sí mismo.

Al puerto debíamos llegar 3 coches, el de Carlos “nose”, el de Adolfo, y el mío. Yo recogí en Baeza a mis pasajeros, y salimos antes de la hora de comer, de manera que llegábamos a Tarifa antes que ninguno, aprovechando para pasear por las preciosas playas de esa localidad.

Pasado este lapso, nos situábamos en lugar visible de la entrada al embarque, y allí nos encontrábamos con los dos coches que llegaban de Madrid. Solo faltaba por hacer la gestión de sacar las tarjetas de embarque y ya estábamos en la cola, ansiosos por entrar en un barco en el que íbamos casi solos. La sorpresa fue encontrar allí a 3 familias de la AUTT que también bajaban. Una horita escasa y estábamos en el puerto de Tánger.

Pasada la aduana, aun con luz de día, solo nos quedaba el trámite de cambiar dinero, y salir hacia Larache. Y allí ya sí que llegábamos algo más tarde, concretamente a la hora de cenar del horario marroquí. Aún nos quedaba encontrar la dirección a la que íbamos, para lo que echamos mano de unos inspectores de policía que se ofrecieron a ayudarnos. Descargamos, y salimos a cenar. Pescado de primera calidad, llegado de la lonja, en un pueblo pesquero como es Larache.

No nos habíamos dado cuenta y ya estábamos allí, entre su tráfico, sus calles, su bullicio, regateando, y participando del ritmo de vida marroquí. Los nuevos con los ojos abiertos de par en par, y los viejos con ellos entornados del placer de volver a encontrarnos en ese entorno con tanto por descubrir. Después de cenar como reyes y barato, nos retiramos a dormir, pues la etapa siguiente iba a ser la de más kilómetros de esta edición, y no sabíamos lo que íbamos a encontrar por el trayecto de Larache a Meski, pasando por Meknes.

Entre camas y metarbas fuimos cayendo, ya no recuerdo ni cuándo, soñando con lo que teníamos por delante…

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16 de Abril, Larache – Meski

Teníamos más de 500 kms por delante. Así que había que empezar a “catar” las salidas previo madrugón. Creíamos contar con dos horas de ventaja sobre los locales, y queríamos aprovecharlas llegando a los sitios con el horario español. De modo que nos levantamos, cada uno interpretando a su manera el horario oficial en base a lo que quisiese hacer por la mañana antes de estar listo, y a la hora fijada estábamos en los coches. Tocaba pagar al “guardián de la noche”, ese personaje innecesario pero que se aprovecha de la fama que los españoles damos a los marroquíes, para sacarse 10 dirhams a la menor de cambio.

La primera parte de la etapa discurría por carreteras bastante rectas. Íbamos ligeros pero cautos, pues no nos apetecía ni lo más mínimo gastarnos los dírhams en multas, y ya habíamos salido escamados el año anterior. Así que pronto nos metimos en Meknes, una de las ciudades más importantes del país. Como tocaba atravesar, paramos a comprar “productos de la tierra” y demás víveres para las “muchas” noches de camping que pensábamos hacer en esta bajada. Sardinas, pan, atún, queso, y bollos… manjares de incierto futuro para los que no quisimos traer el maletero lleno de comida de España. Como anécdota de esta primera fase, me llevé un chinazo en el parabrisas que me dejó un par de grietecitas que luego fueron creciendo al son de las complicaciones en el terreno…

El sitio en el que comprar era un centro comercial que en nada tenía que envidiar de los actuales españoles, con zona de tiendas de varios géneros, e hipermercado en la planta baja, con su ascensor de cristal y todo. Como no había tiempo de parar a visitar la ciudad al detalle, y la medina, según un ilustrado viandante, quedaba a 8 kms del centro comercial, seguimos bajando hacia el Sureste.
Un tramo de carretera que ya conocíamos de otra bajada, con un mirador espectacular sobre el valle alpino de la zona de Ifrane, y paramos a comer la tan ansiada carne a la brasa que hacen en los asadores de la zona norte. Cordero, pollo, viande grillé, kefta, salchichas de vaca, adornadas con unas salsas picante y agridulces que pondrían a prueba el estómago más aguerrido. Y con esa bomba de relojería dentro, a por el resto de la etapa.

Otro mirador y ya estábamos en los valles que preceden la zona de predesierto, dejando atrás ya el Atlas. Muchos kms de asfalto, y, aunque se estaban dando bien, empezábamos ya por las emisoras a sugerir medio en broma medio en serio, que los volantes se nos iban detrás de las pistas que se nos cruzaban… hasta que vimos un río lleno de roderas y no pudimos resistir la tentación. 15 minutillos largos de vadeos, fotos y videos, para desintoxicarnos de tanto “goudron”.

Había otra cosa más que nos rondaba la mente además de dar saltos por pistas y ríos, y era aligerar los maleteros de material escolar cuanto antes, sobre todo el de Carlos, que acusaba mucho llevar los muelles de serie. La etapa siguiente era casi toda de tierra, y debíamos empezar a ir más ligeros. Y pasando por una aldea, vimos la típica escuela marroquí, perfecta para nuestro cometido.

Allí pudimos comprobar que el material escolar que les llega es  tan escaso que lo tienen como oro en paño. Libros y cuadernos de estudio que apenas usan por la escasez, y es que uno por cada 50 alumnos no sirve de nada. Así que necesitaban “material en blanco” y eso era precisamente lo que llevábamos, pudiendo deshacernos de los primeros 30 kilos de libretas y bolígrafos. Las fotos lo dicen todo.

Otro empujoncito y estábamos en el camping de la Fuente Azul de Meski, todo un clásico entre los enclaves carismáticos de Marruecos. Allí vimos cómo los “explotadores” del espacio natural que configura el nacimiento de agua, intentan con recelo hacerse de la exclusiva de los clientes a los que captan. Cenamos imaginando el resultado del Madrid – Barça, para luego darnos cuenta de que por radio sí que se escuchaba en español y nos dispusimos a amortizar el montaje de las tiendas… a un módico precio de unos 30 Dh por barba.

Sin apenas darnos cuenta, estábamos ya en el Sur. La obligada bajada para entrar en tierras bereberes, estaba ya cumplida. Por delante, todo el disfrute de las etapas de tierra y arena…

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17 Abril, Meski – Erg Chebbi

Por delante teníamos una de las etapas nuevas de este año, con más expectativas suscitadas. Íbamos a entrar en una zona del Norte de erg chebbi casi despoblada, y no sabíamos si podríamos dejar el material escolar que llevábamos ex profeso, a pesar de que no queríamos tenerlo a cuestas al final del día, en la arena.

Pero aun teníamos que salir del camping. Nos había monopolizado uno de los comerciantes para llevarnos a desayunar en su trastienda. Allí había colocado una tabla a modo de mesa y unos minitaburetes para tomar el desayuno de rigor: Te, café aguado, leche de oveja, pan, mantequilla, mermeladas varias… Como estaba claro que ni le íbamos a comprar ni a pagar mucho más por aquellos agasajamientos forzados, acabamos pronto el paripé y embarcamos hacia las pistas que a duras penas se veían en el Google Earth.

Transitábamos por pistas duras y pedregosas de predesierto, llanas, con algún salto que íbamos cantando por las emisoras, y como ya habíamos previsto, casi despobladas. Aunque no faltaban las pequeñas casas de barro aisladas, en medio de la nada, en las que nos salían al paso sobre todo críos a la caza de algo de ropa y caramelos. Fue, como siempre, la tónica general de las etapas en que pasábamos por aldeas. Como ya comenté alguna vez en otra edición, y no dejaré de escribir por los que puedan leerlo, hay que dejar de creerse la caravana de los reyes magos lanzando a nuestro paso cosas que no les hacen bien alguno. Caramelos, para niños que no saben lo que es un cepillo de dientes… no. Y cosas en general que los enseñen a pedir, faltando sistemáticamente de la escuela para aguardar en los caminos al turista “compasivo”, tampoco. Por supuesto que podemos bajar cosas, pero debemos dejarlas a los adultos, que ellos las gestionen, siempre que estemos seguros de que van a llegar a quien queremos y no acabar en un mercadillo. Bajar material escolar y dejarlo en las escuelas, no solo hace ver a los niños que lo que dejamos queda donde ellos deben estar, sino que va a ayudarles en su futuro mucho más que solo los caramelos.

Todos los tracks se habían revisado en Google Earth, detallado en mapas de más de un sistema, y cotejados con los de otros viajeros de años pasados. Precisamente en este programa, vimos desde arriba algunos puntos a los que dedicar atención sobre el terreno una vez allí, y el primero vendría en esta etapa. Al estar en él, no nos sentimos defraudados: Una enorme grieta en el terreno, de dimensiones espectaculares, podría bien servir de escenario para rodar películas sobre el fin del mundo. Allí estuvimos un rato haciendo fotos desde diferentes ángulos, aunque las proporciones mismas hacían difícil encuadrar aquello que teníamos delante. Hubo incluso que coger el coche para alejarse a hacer una fotos del resto… Ahí queda eso. Los “trozos” de terreno desprendidos de la plataforma, podían servir de aparcamiento para varios coches. Tremendo.

Otra de las características de las etapas de acercamiento al desierto, es la alternancia de valles y collados que van conectando unos y otros ante los asombrados ojos de los viajeros. Entre tanta aridez, teníamos marcado como punto para comer, un oasis de palmeras que había visto también desde el cielo.  Estaba ya muy cerca de Erg Chebbi, y era un lugar perfecto para comer a la sombra, sin tener que montar toldos. Y así montamos por primera vez el tinglado de mesas. De no ser porque íbamos donde íbamos, habría sido un buen sitio para corretear por la arena entre palmeras, pero el erg de verdad nos esperaba.

Así que tras comer, cada uno en base al estado de su aparato digestivo (la salsa agridulce del día anterior había causado furor), dimos la estacada final hasta las dunas. Carlos había propuesto descargar peso en el albergue de Erg Chebbi, y nos dirigimos hacia este, tras pasar por los lagos, la obligada foto de todas las llegadas. Pero nos quedábamos atónitos al comprobar que estaban secos. Había sido un año muy seco, y el agua estaba en el sub suelo, no a flor de este, como siempre. Así que correteamos un poco por donde debía haber agua…

Al llegar al Albergue, que estaba casi vacío, nos encontramos en la entrada con Hassan, que nos reconoció en seguida y nos atendió magníficamente, como siempre. Ante la pregunta de qué pasaba con el correo y los  teléfonos, nos contó casi un culebrón de los dos útimos años, que, de haber estado las chicas allí, se habría convertido en todo un reportaje, pues no tenía desperdicio. Allí negociamos dejar las cosas en su dormitorio, y reservar habitaciones para la noche siguiente, pues la primera queríamos hacerla en Oubira.

Descansamos al fresco tomando un té con Hassan, y partimos hacia el oasis. El viento caluroso de esos días había hecho estragos en las dunas, y se habían convertido prácticamente en un campo de agujeros con aristas en las que no cabía un coche, y con suelo tan blando de arena seca barrida que ni paellas ni nada podían ayudar a pasarlos. Bajamos presiones a 1,3, buscamos la zona fácil de Merzouga, y a base de “zapatilla, zapatilla!” fuimos intentándolo. Adolfo pilló en seguida el tranquillo a aquello, pero la fase de “aprendizaje” nos costó una hora que hizo bajar el sol hasta un punto que ya no aconsejaba seguir insistiendo. Así que tras usar eslingas, cabrestante, palas, y tracción humana, quedamos exhaustos y decidimos dejarlo para el día siguiente. Una interminable caravana de camellos que circulaba por donde nosotros y nos hacía esperar continuamente, no ayudaba nada a avanzar.  Al rato estábamos, pues, de nuevo llamando a la puerta de Hassan, y negociando precio para dos noches en lugar de una. Lo cierto es que se portó de cine, dejándonos un precio que ya no tenía desde hace tiempo en sus tarifas.

Y así descansamos de verdad, a pesar de dejar en el maletero sacos, esterillos y tienda, tónica que se iba a mantener en más ocasiones de las esperadas este Marruecos…

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18 Abril, Erg Cebbi – Erg Chebbi

En cualquier caso, haber dormido en el albergue en lugar de en el Oasis, nos tenía lógicamente mucho más descansados. Además, no había que madrugar demasiado ese día para jugar por las dunas, de modo que con razón de más estábamos al 100% para disfrutar de la etapa. Lo primero, aligerar al máximo los coches, y preparar el material de desatasco. Ya habíamos estrenado el cabrestante la tarde anterior en una poza de esas de arena suelta y nada de espacio para salir, y no lo desmonté, por lo que a primera hora estaba ya pidiendo caña.

Con esos ingredientes y sabiendo cómo estaban las dunas, no nos andamos con complicaciones y volvimos a la zona del día anterior, para retomar las pisadas que los camellos no nos habían dejado rodar la tarde anterior. Y esta vez sí que fuimos avanzando mejor, despacio pero seguros, a base de patear antes lo que íbamos a hacer después en el coche en los tramos en que no estaba claro. A pie, sobre todo, nos dábamos buena cuenta de cómo estaban las dunas, muy cortantes, con grandes escalones, en los que dar buenos vuelos al pasar, al evitar quedarse empanzados en ellas. Y digo si hubo vuelos.

Al cabo de un rato llegábamos al Oasis de Oubira desde Merzouga, el trayecto “largo”, y comprobábamos al pasar a la altura del track de hacía dos años, que era casi imposible atravesar de sur a norte, por la forma en que habían quedado las dunas, con grandes escalones. Además, no había ni una rodera en esa dirección, y sí varios coches haciendo la misma etapa que nosotros pero en sentido contrario. En el oasis había además una retaíla de TTs que habían llegado ( y se fueron) desde el otro lado, el Este. Allí estaba nuestro amigo Ibrahim, que nos reconoció en seguida, y con el que echamos un buen rato tomando un Té. Parecía haber notado menos la crisis que los albergues de las faldas. Eso sí, el sentido del humor ese surrealista lo mantenía intacto. Vaya rato de risas que echamos!

Ya descansados de empujar coches, pues en casi todos los atascos se salió a base de tracción humana, al no ser tan profundos habiendo aprendido la lección de no escarbar, decidimos bajar en busca de la pista del río, y a pesar de ser solo un par de kms, necesitamos de las indicaciones de un local que había por allí ojeando, porque la zona desde la que llegamos la otra vez había cambiado y estaba también imposible. Con dichas indicaciones, la bajada se hizo en nada, y pudimos disfrutar un rato de una zona paralela a la que hicimos años pasados por la pista del Dakar, pero más pegados a las dunas, muy bonita. Allí me tragué una hierba de camello de tal envergadura que se me quedaron las 4 ruedas colgando… un tironcito de Suzuki y a volar.

La comida la hicimos de víveres en un gran árbol de la zona, que utilizarían los pastores para dormir pues había enseres debajo.

La tarde la echamos visitando el paso de la Momia, una meseta espectacular con un solo acceso amurallado, y con un gran salto en todo el perímetro, que da a unas vistas increíbles. Allí le pedimos a una transeúnte que nos hiciese unas fotejos, y alguno salió mirando a otro objetivo que no era el de la cámara… en fin. Luego echamos gasoil en Rissani, y volvimos para erg chebbi con los coches preparados para la otra etapa estrella del viaje, la Pista prohibida. Había sido un día de los más completo, y lo celebramos con una buena cena, y con una verdadera fiesta de timbales en la que casi no faltó de nada… y es que como dijo Hassan, algunos caprichos hay que encargarlos con tiempo.

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19 de Abril, Erg Chebbi – Zagora

Llegaba la etapa reina. Había que madrugar. Así que nos levantamos con el Sol, a pesar de que por dos sitios nos informaron de que desde Erg Cehbbi se podía llegar a Zagora a media Tarde.
Salimos por la pista de siempre hasta Merzouga, y poco más abajo cogíamos la carretera de asfalto para ganar tiempo. Había humedad en el suelo, esa noche parecía haber llovido. Pero esa carretera llegaba justo hasta Taouz, donde entrábamos siguiendo track hasta darnos con una señal de dirección prohibida apoyada en una piedra. Al instante, se hacía notar un lugareño junto a la ventanilla del coche para informar de que, tras la tormenta de arena, el rio de Remlia estaba cortado y era imposible pasar con  nuestros coches, porque eran pequeños. ¿Estábamos echando por tierra una vez más nuestros intentos de hacer la Pista Prohibida? ¿La tormenta de viento de estos días y esas gotas de agua habían hecho de verdad estragos en el Fes fes? Más cabreados que una mona escuchábamos al hombrecillo del malagüero decirnos que conocía una alternativa por el Norte que además pasaba por un fuerte portugués muy chulo. Suponía dar un rodeo, pero era más rápida. Cuando el rio se estropeaba, ponían esa señal para que los coches no se atascaran allí.

No gustándonos nada la película, decidí avanzar con el coche al otro lado de la señal de prohibido. Mi copi se bajó, la quitó, y la pasamos al otro lado, pero apenas 50 metros más adelante nos dimos cuenta de que estábamos en una plaza cerrada. Era un cuartel militar. Di la vuelta sobre la marcha. Rodeando la plaza y comprobando que de hecho no había salida por ninguna esquina. Un militar nos salió al paso quedando detrás del coche, y como era muy evidente, paré pasada de nuevo la señal y me detuve, bajando para dirigirme a él. Amigablemente, nos saludamos y le expliqué mi error, pues estaba buscando la entrada a la pista y me habían dicho que era por allí. Me respondió que no, que había que rodear la ciudad, y pasar a la izquierda de la falda de un barrio que quedaba en alto.

Aquello no coincidía en nada con la información del pájaro de antes, así que lo miré con ganas de ensartarlo con la antena de la emisora, pero había entendimiento militar – pajarraco, y en seguida el primero me dijo que nos podíamos fiar de ese guía y que se conocía bien la pista hasta Zagora. Ahora ya estaba todo claro. Nos íbamos de allí, que ya estábamos perdiendo el tiempo con aquellas aves de rapiña.

Justo al salir, llegaban una caravana de coches de Territori 4×4, hasta el mismo punto de la señal de prohibición. Y el buitre cambiaba de grupo viendo que con nosotros poco negocio iba a hacer. Salíamos de nuevo a las afueras, y parábamos a desayunar a ver qué hacían los de Territori, dando por hecho que estaban más puestos en esta pista que nosotros. Los escuchamos por la emisora, y les salimos al paso. Estaban parados sopesando qué hacer. Iban con un par de coches de serie. Y parecía que el ave de carroña, les estaba asustando de verdad. Pero, “¿Habéis hecho alguna vez a pista Prohibida?” “Si, una vez, y tenemos el track”. Estuvimos a punto de apuntarnos de paquete con ellos, pero estaban tan poco decididos a meterse (y habían metido la pata donde nosotros, lo cual dice mucho de su conocimiento de la pista) que empezamos a pensar que lo suyo era pasar de todos y bajo nuestra cuenta y riesgo, asomarnos a ver qué era eso del rio de Remlia. Si no se podía cruzar, media vuelta y por asfalto a Zagora, pero al menos había que intentarlo. Además, había toda una serie de tracks de garmin que claramente eludían la zona natural de paso para probar y de hecho cruzar más al norte. Es decir, si no se podía por el track, había alternativas.

Con todos esos ingredientes, nos arriesgamos. Salimos de Taouz habiendo perdido casi una hora en divagaciones y desayuno, rodeamos el pueblo con su talud, y estuvimos pronto en el track y en la pista. Podía haber sitios en los que se perdiese un poco entre roderas, pero en esa primera fase, era muy sencillo seguirlo. Eso sí, entrábamos en zonas completamente despobladas e inhóspitas. Tras unas canteras entrábamos en una zona en la que el track se seguía con mucha más facilidad, y en un barranco con un pozo en el que hicimos una paradita técnica papel higiénico en mano. Nos íbamos entonando, y cada vez lo veíamos más claro. Había un grupo de HDJ delante de nosotros, a un km aproximadamente, con el que seguíamos el cortejo de ahora me acerco, ahora me alejo, y al que dimos alcance al final en un albergue con muy buena pinta. Estábamos ya con las dunas de Ouzina en los parabrisas, muy rojas, y parecía un buen sitio para pisarlas un poco. Pero antes sucumbimos ante la opción de ver el alojamiento.

Resultó ser de un tal Jordi, un catalán que nos atendió de cine, nos enseñó “su casa” y su proyecto, que iba creciendo día a día, y nos explicó la filosofía de cómo había germinado, mientras tomábamos un té con cacahuetes, una invitación que se iba a convertir en la tónica del viaje mucho más aun que en otras ediciones. Más tranquilo y perdido que erg Chebbi, aquel hotel en torno a dos patios, ofrecía calma, muy buen servicio, habitaciones muy nuevas y cuidadas, por 250 Dirhams por persona con media pensión. Había muchas zonas por las que hacer radios, de desierto y de pre desierto, y plan de sobra como para contemplarlo como etapa intermedia entre erg Chebbi y Zagora.

Jordi acababa de volver de Marrakech, y nos daba la información más fresca y fiable sobre que el rio de Remlia, que “estaba perfecto para pasarlo”. Ya no había duda, habíamos acertado. Así que nos despedimos con la intención de volver, y subimos a catar un poco la arena de Ouzzina. Según Jordi, era una arena más sencilla, de modo que ni bajamos presiones ni nada, solo se trataba de dar una vuelta. Y… nos llevó una hora esa vuelta, con los 3 ó 4 atranques de una arena que, pasada la capa húmeda de arriba, se tragaba nuestras ruedas quedándose aun con apetito. No era plan bajar presiones, seguir dando vueltas, subir presiones… aun nos quedaba mucha etapa  por delante. Así que salimos como pudimos y lo dejamos para otra vez con más tiempo.

Lo siguiente en  ver por el parabrisas fueron unas llanuras con las roderas húmedas en las que encontramos un grupo de coches con niños divirtiéndose con el cuerpo sacado por las ventanillas. Debían venir del albergue de Ouzzina. Los dejamos atrás y al poco, estábamos en Remlia. Era el punto caliente del track. Nos salieron al paso una decena de chiquillos del pueblo, con tanta agresividad que ni se nos pasó por la cabeza salir a darles caramelos… todos querían guiarnos por “su camino” para cruzar el Fes-fes.  Estaba claro que el mito de ese obstáculo se utilizaba para sacar pasta como fuera. Unos huertos a la izquierda a la salida de la aldea, y la pista se convertía en algo polvoriento, claramente era por allí. Convinieron en dejarme delante para probar, al llevar el coche más alto y el cabrestante, y accedí sin muchos rodeos. Bajé, pisé el suelo, y no me pareció para tanto. Había mucho polvo, eso podría  complicarse en mojado, pero ese dia, no había más complicación que una roderas muy profundas que había que intentar evitar para no quedarse con las ruedas colgando.

Contacto, 4×4 bloqueado por si acaso, volante firmemente sujeto,  ojos en los montantes entre roderas y… zapatilla, zapatillaaaaaaaaaaaaa!!!!!!

Los que vieron el coche desde fuera dicen que iba más tiempo de lado que palante. Los que lo sentimos dentro, vimos varias veces los palos de la valla más en nuestro rumbo que el propio camino. Pero eso no hizo que soltara el gas. Hasta que me di cuenta de que no era para tanto, el coche podía ir por las roderas sin dar en los bajos, había zonas duras, y se podía parar y esperar a los demás. Así que fuimos avanzando a tramos. El Suzuki padeció un poco más por la altura, y hubo que empujar y eslingar un par de veces. Carlos pasó aparentemente bien, y de salto en salto nos metimos en un valle de remlia que se alejaba del track. Volvimos y cogimos otra variante a base de alpargate, y así hasta que el polvo del viento hizo que casi ni nos viésemos. Las emisoras echaban chispas, y seguimos avanzando, al grito de zapatilla cada vez que pasábamos por roderas más profundas, para evitarle al G Vitara más atranques. En el último rellano duro, nos juntamos Adolfo y yo, y nos faltaba Carlos, que en un exceso de gas se había salido por la tangente, y había llegado a otra zona dura. Le pedí coordenada y me salía apenas a 100 metros pero más adelante. Nos había adelantado y ni nos habíamos dado cuenta. Luego dije que tocase el claxon, y, efectivamente, estaba ya fuera del fes fes. Lo alcanzamos, y dejamos atrás el obstáculo que tanto había dado que hablar. Se acercaba la hora de comer, y cada vez se veía menos.

Desde un paso desenfilado respecto al viento, vimos “el mar” a lo lejos, en el track, y allí que nos dirigimos. Ascendíamos un poco al norte, en busca de un valle que nos habían recomendado ver para además comer, y nos metimos de lleno en la tormenta  de fes fes. Lo atravesamos a tientas, sin ver nada, a base de GPS y de saber a ciencia cierta que no había obstáculos. Y así durante una decena de kilómetros que eran más un acto de fe que hacer 4×4. Saliendo de su parte baja, llegábamos al lugar recomendado para comer ( y para dormir si alguna vez se tercia; allí había mucho que ver). Afortunadamente no tardaron mucho esta vez en servirnos, pues los atranques de esa jornada empezaban a alejarnos y mucho de las 5 horas que nos pronosticaron tanto Jordi como Hassan (no se esta gente como va por las pistas) de modo que al principio de la tarde estábamos de nuevo en ruta, tras una tortilla bereber (huevos cuajados y horneados sobre verduras y hortalizas) que nos supo a gloria.

Ahora entrábamos en una zona de planicies enorme, en la que todo era libre albedrío, y en la que solo teníamos que cuidarnos de las piedras, pues ni roderas ni nada marcaban la dirección más allá que el track de nuestras pantallas. No se veía nada que no fuese planicie en 180º a nuestro alrededor. Asi que… zapatillaaaaa!!! Videos, fotos, y disfrute a tope.

Lo único que para mi, ya cansados, sobró de ese dia, fueron las pistas rotas del final de la etapa. Paramos a merendar, y desde ahí ya casi todo fue pista lenta pedregosa, que es lo que menos me gusta de Marruecos, y que esta vez no pudimos o supimos evitar. Ahí se nos hizo ya de noche. Una imagen para recordar, entre rebote y rebote, fue la de una francesa a caballo entre un hippie de los 60 y el fantasma de Napoleón, en chilaba raída, a oscuras, que se nos acercó a la ventanilla a ver si éramos un grupo al que esperaba. Sí que nos dio una información valiosa, que habrá que comprobar, y es que nos dijo que había una pista mejor una vez pasadas las llanuras para llegar a Zagora, evitando aquel pedregal. Ya procesaré la información grabada y veremos en el Google otras opciones menos cansinas.

Salimos de allí, y por si nos había faltado algo de emoción, llegábamos a Zagora un poco fuera del track, lo suficientemente lejos de la carretera y con el rio por medio como para desalentarnos a cortarla, y en medio de unas dunas que se volvieron a tragar al vitara. Carlos al rescate y… Zagora a la vista! 10 km de pistas entre huertos de palmeras y estábamos dentro. El hotel, eso sí, a la primera. Allí nos instalamos, entablamos conversación con un par de madrileñas que nos salieron al paso, allí también alojadas, y cenamos como reyes…  una vez más sin tocar los víveres. De mesa, y a base de Tajine de pollo riquísimo…

Fue la etapa más completa que hemos echado en 5 años en Marruecos.

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20 de Abril, Zagora – Nkob

Esa noche dormimos saciados. Habíamos dejado atrás la etapa más dura, y no dándonos por satisfechos, además, habíamos trasnochado un poco tras instalarnos en una jaima a tomar refrescos pasada la cena. Como la etapa del 20 era mucho más suave, nos permitimos dar una vuelta por la mañana por Zagora, en la que compraron productos de cosmética para las chicas, y algunos recuerdos en las tiendas de la avenida principal. Además, nos pasamos por el taller de años atrás, donde nos recordaban por los Tucson, a hacernos una foto y llevarnos una pegatina en el cristal que nos pusieron sin darnos ni cuenta.

Cuando nos saciamos de las “gestiones” mercantiles, cogimos los vehículos y nos echamos a las pistas del valle del Draa. La idea era recorrer los huertos de palmeras, que a los de Elche les recordaban a los de su tierra, y fuimos serpenteando entre estas disfrutando lo que el año pasado dejamos a un lado por no encontrar un camino con continuidad, a ritmo de paseo playero.  Hasta salir del palmeral hacia las faldas ya de la sierra, y ver como el suelo se ponía de nuevo pedregoso. Había que aumentar el ritmo para no llegar de noche a Nkob, y como teníamos la carretera paralela a la pista, salimos a ella paralelos a un canal y paramos a comer, para terminar ya la etapa por asfalto.  Así hacíamos mitad y mitad por cada tipo de terreno.

Además de comer, disfrutamos de un café expreso y de unos capuchinos bastante logrados, toda una sorpresa, y así dimos de nuevo tregua a los víveres de despensa… Un saltito más, y ya estábamos en Nkob.

En la entrada estaba el wpt de camping, cogido de lo que eso parecía en el google Earth, y efectivamente, negociamos habitaciones a precio muy poco por encima de dormir en tienda, repartidos de forma un poco dispar. Había tarde por delante, y la aprovechamos para pasear por la ciudad. Bastante sosa en su travesía, fuimos encontrando algo más de gracia en la parte interior que pegaba al valle, con las palmeras de rigor en este valle.  Compramos algunos víveres y nos encaminamos a otra experiencia nueva de este año.  Habíamos reservado en un salón de té junto a la gasolinera, asientos para ver el Barça – Madrid que se jugaba esa tarde. Y allí nos vimos, rodeados de lugareños de todo el pueblo en un ambiente verdaderamente exaltado, bebiendo refrescos de lo más exótico, y riéndonos a pecho abierto con el partido como pretexto.  Hasta que el sueño nos venció y nos retiramos a nuestros aposentos… a soñar con la etapa siguiente.

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21 de Abril, Nkob – Tinherir

Apenas 10 kilómetros de la salida del camping de Nkob, nos salíamos del asfalto siguiendo el TRack en busca de las montañas del macizo del Sahro. En una aldea empezaba la pista, que rápidamente subía por zonas de piedra roja, buscando los fértiles valles que se ocultaban al otro lado de los áridos picos. Cuidando de los neumáticos, avanzamos hasta dar vista a lo más característico de esta cordillera. Y no solo disfrutamos de esas vistas; a un lado y otro del camino nos salían familias de ardillas cuya curiosidad nos dejaba retratarlas.

Montaña tras montaña, valle tras valle, eso sí, más secos que años atrás, la etapa se hizo cómoda y a la vez bonita. No en vano, era una de las centrales, pensadas para descansar de las más grandes de los extremos además de la pista prohibida.

En una de las aldeas en la que ya se tomaba un tramo de asfalto, volvimos a dejar material escolar, ya apurando el cargamento, y compramos unas pulseras de cobre de unas minas que había en la zona.

Luego otra vez pista, en este caso muy buenas, en las que la única diversión era jugar con el culo del coche aprovechando la inercia y la bajada, hasta que nos llegó la hora de comer, y, contra todo pronóstico, encontramos un árbol un poco espino  pero con una sombra magnífica para, esta vez sí, agotar víveres de los que alguno traía excedente de España. A la vista de las obras, estaba claro que la próxima vez que pasemos por allí, esa pista será negro asfalto.

Y llegamos a Tinherir. Ciudad montañosa de la desembocadura del valle del Todra, nos recibió con un vadeo a la entrada de los barrios bajos. Tan feliz, me metí con el propósito de lavar los bajos, y lo negro del agua no resultó ser lo profundo del fondo, sino la mierda que llevaba. “Chicos, esto no lava, pasad de puntillas”; y fuimos entrando en la ciudad obsequiando a los transeúntes con el hedor que llevábamos encima de sus propios deshechos.

El protocolo del acceso, como siempre: libro guía en mano, en busca de la sugerencia del día, llegamos a un camping bastante digno, que, aunque resultó no ser el recomendado (estaba a continuación y nos percatamos ya al día siguiente) sí que nos sirvió, una vez más, para sucumbir ante la oferta de la habitación frente a la alternativa de montar tiendas. Vaya paseo que les  hemos dado…

Luego a pegarnos un baño en la piscina (sí, da vergüenza reconocerlo, hemos hecho un Marruecos sibarita en lo que a alojamientos se refiere para regocijo de unos cuantos), y fresquitos, a dar una vuelta por la ciudad al amparo de los moscardones de costumbre. No sin antes pasar por unos huertos de palmeras muy chulos próximos al camping. Zoco, tiendas, regateo, cacahuetes, y una cena en un garito con una música cojonuda, todo salió a pedir de boca. Estábamos ya tan metidos en el meollo, que a veces no parecíamos ni turistas… bueno, algunos más que otros.

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22 de Abril, Tinherir – Lago Isli

Si os digo la verdad, ya ni recuerdo haber madrugado o no en Tinherir. Por no acordarme, casi no recuerdo, nada de la habitación del camping un vez llegados para dormir… estábamos ya tan metidos en esta aventura, que lo redundante, lo rutinario, se va diluyendo en la mente. Y se duerme tan bien en Marruecos, que los ojos y la luz se apagan al mismo tiempo en la habitación…

Eso sí, la vida desde que suena el despertador permanece bien clara en la memoria. Esa mañana tomamos el zumo con bollos de rigor en los maleteros al cargar, y salimos del camping cuando nos abrieron las puertas. Hubo que pagar en la recepción que había al fondo del salón, tan decorado, porque nadie nos salió al paso a esa hora. Y solo hubo que remontar carretera arriba, pues estábamos ya en la salida de la ciudad por la que discurriría el track. Este iba a ser casi entero de asfalto, con lo que había tiempo de recrearse en él, aunque el objetivo era llegar lo suficientemente pronto a Imilchil y a los lagos como para pasear por allí en torno a ellos. Es decir, a la hora de comer.

Lo primero que nos paró en la ruta, en el sentido turístico, fueron las gargantas del Todra. Tantas veces esquivadas otros años, ya les tocaba, y no nos decepcionaron. Especialmente una zona en la que la altura y la anchura del paso eran desproporcionados. Fotos, vadeo, más fotos, y seguimos ascendiendo a medida que estas se abrían, para acabar serpenteando en una carreterita de montaña típica del Atlas.

Pasábamos entonces por una aldea en la que se cruzaba el track de tierra del primer año, y en el que tenía otra visita pendiente: La gruta del pastor. Esa que me perdí por culpa de la gastroenteritis de Zagora y Boumalne. Así que tomamos la pista, y retrocedimos 8 kilómetros en busca de ella. Había que añadir uno de senderismo, que casi todos hicimos con agrado, pues las vistas eran espectaculares y el día acompañó en todo momento. Subir, subir… escaleras… mucha infraestructura para una cueva abandonada. Curioso. ¿Qué querrían hacer allí que dejaron a medias? Emilio nos guió hasta la puerta, espectacular, con un gran arco de piedra, que presagiaba la belleza de lo que andábamos buscando. Lo cierto es que sin guía, aquello pasa desapercibido.

En la cueva estuvimos una hora, haciendo fotos hasta la saciedad, sin encontrarnos con nadie hasta ya vueltos a la aldea. Qué poco partido se le saca a estas cosas en Marruecos. A destacar que es una cueva “viva”, con mucha agua en su interior a pesar del seco año que estaban viviendo en Marruecos. El resto os lo van a contar las fotos solitas.

A Imilchil llegamos temprano, a la hora de comer, y lo hicimos de brasas una vez más. También nos dio tiempo a pasearnos por el mercado ambulante, que tocaba allí ese día, y comprar una verdura de una calidad que ya quisiéramos aquí. Vimos puestos de todo tipo, que  también remito a las imágenes para describir… en especial uno de ellos…

Y de ahí a los vecinos lagos, Isli y Tisli, con su leyenda de los dos enamorados que los generaron con las lágrimas de su romance prohibido… no tan idílico fue este año el plan del albergue de la hacedora de tortillas de patatas, pues había subido el precio, especialmente de la cena (120 Dh por persona cenar) hasta límites desconocidos en Marruecos, pero debió ser por una enfermedad que dijo haber pasado en la que se le había olvidado casi todo… en fin, que ni pedimos tortilla por si nos la hacía de cilantro y cebolletas, y gastamos de nuestros víveres esa noche. Eso sí, más que amnesia, empezó a cobrar valor la hipótesis de que le sobraban ya clientes, pues por pocas no pillamos habitación, y después de nosotros llegaron dos grupos más que tuvieron que montar las tiendas en la puerta… la tortilla española, que donde va triunfa. Pero antes de estas elucubraciones, pasamos la tarde haciendo fotos y TT en los alrededores de los lagos, que se prestaban a juguetear con los coches y con las cámaras, por el terreno y las espectaculares vistas del entorno.

Otro día más en el Marruecos de este año, que tan difícilmente vamos a olvidar por muchos que vengan detrás…

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23 de Abril, Lago Isli – Meknes

Esta era la última etapa cañera de este año. Lo sabíamos bien y por un lado había ganas de disfrutarla. La lluvia caída al principio de la Semana prometía, y las fotos de la pista que llegaba al Circo colgadas en internet daban ánimos a los que buscamos un poco de dificultad en la ruta. Pero por otro lado, sabíamos que había que ganar tiempo para el día siguiente, y el hecho de llevar el final de la etapa “abierto”, en base a dónde acabásemos, nos había hecho pegar un buen madrugón en los lagos. No podíamos hacer Midelt – Tánger al día siguiente, por muchos atranques que nos encontrásemos. Así que era aun de noche cuando salimos de la zona de Imichil.

La tarde anterior, a modo de los viajeros de tiempos remotos, ya habíamos entablado conversación y recabado información sobre la ruta que llevaba a Jafaar. Si estaba cortada o no, cuánto había de asfalto, y otros detalles, eran vitales con un track que se había hecho a partir de otros antiguos y de vuelos del Google Earth en los que se veía bien poco. Y la información era positiva en cuanto a hacer kms ese día: Había muchos tramos asfaltados, y solo complicaciones en el circo. Poco más, e impreciso del todo, pues conforme avanzábamos, veíamos muchos más kms de asfalto de los 35 que nos habían comentado.

Lo malo es que en caso de duda, allí había solo pastores para preguntar… y de francés, nada. Hubo un momento de incertidumbre en el que el asfalto se alejaba un poco del track, en que paré y tuve que hacer un croquis en una gran piedra en la que nos apoyábamos, para explicar junto a mi poco vocabulario árabe a dos pastores lo que era un circo, ya que por Jafaar no lo conocían. Al final lo conseguí. Estábamos en buen camino. Pena no tener el video de aquella conversación tan gestual…

Efectivamente, al poco se enderezaba el asfalto adaptándose al terreno, y volvíamos a estar encima del track. Paramos un momento a hinchar una rueda que tenía floja, y que no volvió a flaquear hasta ya en casa, pues el tornillo que la pinchaba estaba tan apretado que apenas salía aire. A saber lo que llevaba ahí metido… un rato más de asfalto de montaña con unas vistas preciosas, y por fin un cruce que nos sacó a pista, primero bastante buena, y luego, tras un tramo en obras y un cruce que de no llevar track ni vemos, más estrecha. Llovía desde hacía un rato, bajaba la temperatura, y el barro hacía su aparición. A jugar con el coche, que se cruzaba con cierta facilidad, con el peligro de los grandes tajos a izquierda. Cada vez más rota la pista, más barro, y para terminar de alegrarnos la etapa, comienza a nevar. No llega a cuajar, pero arranca nuestra alegría por haber tenido de todo en esta bajada. Otra anécdota del momento fueron los perros que persiguieron al coche de Makalu por lo menos 2 kilómetros… eso por llevar el maletero lleno de víveres a esas alturas del trayecto. EN unos minutos estábamos ya sobre la garganta del circo de Jafaar. Una vaguada tremenda a derecha, con la continuación de la pista muy compleja a simple vista al otro lado, y un barranco que se va cerrando, muy pedregoso, a izquierda aguas abajo.

Aquí el track tenía dos opciones, y no conocíamos ninguna sobre el terreno. Seguir por la pista tras ver un poco la garganta, o probar hacer la bajada por la misma garganta si esta era transitable. Y fue esta última la que por sí misma, por lo bello del terreno, nos hizo bajar sin siquiera plantearnos la otra.

Así que cogimos el descenso por el pedregoso barranco, intentando adivinar las roderas, y llegamos a unas casitas en las que nos salían al paso a ofrecernos tomar el té. No había tiempo esta vez, así que tras cruzar dos palabras seguimos bajando a medida que el piso se degradaba hasta convertirse en una trialera de copilotaje activo. Diversión a tope. Giramos a derecha y… bocas abiertas. El barranco se convertía en garganta, de paredes horadadas casi verticales, invitándonos a seguir adelante. Más estrecho, más cerrado, y finalmente entre dos paredes por las que apenas pasaban dos coches. Tras muchas fotos y videos, el valle se abrió un poco y salimos de él por la pista para dar vistas desde arriba, en una meseta idílica con casas de pastores. Se acababa la tierra, una bajada rápida y estábamos en el asfalto.

Lo bueno que no era ni la hora de comer. Dábamos por hecho que pasaríamos de los Cedros para dormir más al norte y eso era otro triunfo. Como lloviznaba, La parada técnica la hicimos en una gasolinera con restaurante en la que pedimos unos bocadillos que nos pusieron con guarnición, muy bien en relación calidad precio.

Al poco llegábamos a nuestro “bosque sagrado”. En el puerto inmediatamente anterior la nieve había cuajado, para alegría de las retinas. Esta vez tocaba verlos bajo la luz de un cielo gris, diferentes, más verdes, más húmedos, pero tan espectaculares. Aprovechamos para echar un rato de regateo en los puestos, pillar unos trilobites y alguna cosa más, y comernos unos cacahuetes. Paradas técnicas en apariencia para descansar, pero realmente para mezclarnos con el lugar y sus habitantes, pues la inercia ya a esas alturas del viaje era tal que nada nos detenía por cansancio. De paso le hicimos un homenaje al velocirraptor del foro, que hoy ha sido convenientemente entregado, y ¡a los indios que vienen los caballos!

Y en el empujón final, nos veíamos en Meknes con luz de día de sobra. Otra tremendísima etapa. Solo nos quedaba buscar hotel, librillo en mano,  a base de comparar la cartografía de garmin con el mapa de la guía. Descargar, coger lo imprescindible, y salir en busca de la Medina.

La ciudad vieja de Meknes hace gala de su tamaño. Vasta, separada de la parte nueva por un rio, hizo las delicias de los viajeros en su último día completo en Marruecos, porque allí cenamos, anduvimos, regateamos, nos reímos, y más cosas que nos quedaban por probar tras las otras etapas, como las patatas fritas “ambulantes”, unos pasteles riquísimos, la primera juguetería que veo en marruecos… Por cierto, la mencionada cena de bocadillo vegetal, tanta carne llevábamos ya en el cuerpo que fue lo que pedimos.

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24 de Abril, Meknes – Tánger

Nos levantábamos ya como si nuestra vida estuviera dedicada a este viaje. Nómadas por tierras africanas. Caminantes de lo que ya no nos era desconocido. Pero que no dejaba de mostrarnos lo que queríamos descubrir uno y otro año. No veo el momento de parar. Vuelvo de Marruecos con las maletas hechas para la siguiente bajada. Con los planes terciados. Con la firme idea de qué querré entonces ver. Es un veneno que solo se puede entender si se ha bajado. Que solo se comparte si se ha caído una y otra vez en sus redes.

Recuerdo que el primer año el viaje terminó con seis amigos para siempre fundidos en un abrazo. Cada año nos ha enseñado algo más, nos ha demostrado que cada vez se puede volver a sentir aquello, y que una bajada a Marruecos es algo para disfrutar segundo a segundo, en donde no cabe nada que pueda evitar este disfrute. Desde la arena de la playa tiznada de sal hasta la que no tiene sabor pero te hace vibrar, en las dunas. Desde las cumbres áridas del Atlas hasta los valles que lo cortan haciéndole sangrar en verde. Sus gentes, sus niños, su saber dar lo poco que se tiene haciéndolos más ricos que a nosotros, pueden atrapar a los viajeros más experimentados, pues estando aquí al lado, Marruecos nos puede enseñar, y mucho.

Este año, las etapas, las carreteras, las pistas que se suponían rotas y hasta la misma aduana han sido tremendamente amables con nosotros. Ni multas, ni roturas, ni percance alguno nos han filtrado el disfrute de un grupo con el que me iría al fin del mundo, por el compañerismo, las risas, y el carácter distinto pero compatible de cada uno.

Casi diría que la última etapa se dio demasiado bien, y llegábamos al puerto con los coches limpios de la intensa lluvia, que afortunadamente se quedó toda la semana en el Norte, para coger dos barcos anteriores al que teníamos previsto. Así llegábamos a casa lo suficientemente pronto para estar descansados al día siguiente, los que trabajábamos, o para terminar el regreso, los que habían dejado el vehículo a medio camino. Estábamos terminando lo que empezamos, y llegábamos al destino sin más novedad que la de haber escrito otro episodio en nuestro cuaderno de bitácora.

Sé que está lejos, pero ya cierro los ojos y me veo otra vez allí. Hasta entonces, la paz sea con vosotros, compañeros.

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