Marruecos 2010

Cierro los ojos y aun escucho el bullicio. Un enorme corazón que late al son del bramido de los viejos ciclomotores, los carros, pisadas, claxon de los taxis, el almuédano y las voces en la calle. Marruecos se contrae y se vuelve a lanzar en todas las direcciones, en la ciudad que una vez fuera capital del reino, entre las callejas, las terrazas, Dja el Fna, los cafés y los alminares. La plaza, hecha una gran bola de fuego en la que se hierven miles de transeúntes, muestra la cara local de este bullicio, con su cambiante tamiz, que va evolucionando a lo largo del día. Hemos llegado a la puesta de sol, a la mutación del comercio a la cena, y todos los puestos de braserías se nos abren con sus números intentando el reclamo de todo el que pasa por allí. Pero antes de nada, el ineludible zumo de naranja nos abre las resecas gargantas y nos recuerda que llevamos ya varias horas dentro de este gran corazón, bombeándonos de carretera en carretera en busca de los destinos, que marcarán un antes y un después, como cada año, en nuestra experiencia sobre Marruecos.

Pero toda esta historia ha comenzado, una vez más, en la aduana, que se ha dado como siempre, despacito. El tiempo justo para cambiar dinero, y tirar millas, de modo que llegásemos a Marrakech a buen ritmo por la autopista, al atardecer, con parada a comer algo en una de las numerosas áreas de descanso (que no de pernocta) que hay por la carretera. Una etapa casi solo de kilómetros, pero que nos pone en el Sur sin emplear más tiempo del necesario en ello.

Y allí estábamos. Ante los ojos incrédulos de los nuevos, esto si no es por video no se entiende, los coches se abrían paso entre una multitud rodante y pateante que es la fauna que uno se puede encontrar en Marrakech, algo así como la Sevilla de Marruecos, ciudad sureña, abierta, cara, calurosa e insolente, a la que no nos cansamos de ir. Descargar y cargar los coches ha sido todo un ritual, en el que cada grupo nos buscábamos nuestro sistema para gestionar el espacio disponible de la mejor manera y en el menor tiempo posible. Nada sencillo yendo cuatro, y no precisamente de turismo, pues el material de rescate, las tiendas, sacos, esterillos y herramientas ocupan más que la ropa. Repartidos en las 2 plantas del hotel, que estaba más lleno que otros años, teníamos incluso habitaciones que daban a la terraza que mejores vistas debe tener de la Kutubia, la mezquita principal, en esta ciudad.

Y de nuevo a la plaza. Aprovechando la cercanía, estábamos recorriendo los puestos de comida que hay en el centro en busca de dos recomendados, que no encontramos. Luego volvimos a uno bastante aparente, y cometimos el error de no regatear antes de sentarnos. El toque de atención que necesitábamos para espabilar y dejar de hacer el guiri desde el primer dia, que salvamos in extremis cortando el grifo de cosas que nos ponían sin haber pedido y regateando antes de la cuenta. Porque unas brochetas cutres por 60 Dh no las habíamos pagado hasta la fecha… en fin, tocaba comida en la plaza y eso hicimos, el entorno lo valía.

Tras otro zumo, y un pequeño paseo, subimos a la terraza del hotel a tomarnos un trago (madre mia lo que traía esta gente “en especias”) y los ojos fueron los que dijeron que había que dormir, pues al día siguiente nos esperaba una larga jornada, y las intenciones de ganar algo de tiempo para luego invertirlo en el desierto. Nosotros, porque Marrakech parece no descansar nunca…

Marrakech

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Día 28. Domingo.
Pronto. Temprano estábamos desayunando junto a un grupo de franceses de instituto en el restaurante del hotel. Y cargando coches, que ante nuestra sorpresa se habían quedado casi solos a pesar del lleno del parking de la noche anterior. Aun madrugaba esta gente más que nosotros…

Este año no le había dedicado mucho a organizar cosas, tan solo tracks y un par de llamadas para reservar, entre ellas la de Marrakech. El resultado ha sido una mezcla de todos nosotros, un grupo de amigos que bajan al país vecino. Pero al menos hubo tiempo de darse cuenta de que la etapa inicialmente prevista por tierra no era viable, así que había que dar un rodeo por el puerto de Tizi-N-Tichka con todas las curvas que ello conlleva. Nos íbamos alternando la cabeza del grupo, con sensibles diferencias de velocidad de paso que padecían, sobre todos, los pasajeros de detrás. Así que por petición popular fuimos haciendo más paradas para relajar los pies, y para digerir mejor las curvas, pues al volante la carretera incitaba a otra cosa…

Y así llegamos a la pista que sube al Lago Ifni. Primero con asfalto, y luego deteriorándose poco a poco, por paisajes increíbles, fuimos pasando por aldeas perdidas de la civilización en las que cada vez se notaban más las huellas que había hecho el agua este año. Hasta que en la última, tras un vadeo, llegamos a una ladera en la que el camino había desaparecido por completo. Todo un chasco, pues el mencionado lago es de lo más bonito del Atlas. Inviable subir a pie ya a esa hora, de modo que decidimos comer en una casa en la que nos hicieron unos tajines de pollo, escasos, pero que nos supieron a gloria. Sentados en metarbas y medio en el suelo, disfrutamos de la hospitalidad del lugar sin ningún lujo superfluo, solo lo indispensable para lo que allí estábamos haciendo, reponer fuerzas.

La próxima parada era Ait Benhaddou, la kasba que se conserva en un estado excelente junto a Ouarzazate. Y para llegar tocaba desandar lo andado de la nacional hasta el lago, y luego avanzar por asfalto hasta un pequeño atajo de tierra sin desperdicio, en el que paramos a reunir el grupo y hacer unas fotos.
Recorrimos las callejas tras cruzar el rio descalzos deleitándonos con las últimas luces del día de aquellos muros llenos de historia. Aun vive gente allí, aparte de los obligatorios “montajes” para el turismo tipo telar, tienda de recuerdos y demás, de un lugar bastante visitado y utilizado como escenario en diversas películas. Arriba del todo, las vistas hacían comprender el por qué del enclave.

Y dormir en aquel lugar, que a la puesta de sol se quedaba casi en silencio era toda una experiencia. No sin antes disfrutar de un improvisado concierto de timbales con baile incorporado, a modo de packs con los que intentaban encarecer lo barato del alojamiento y la cena que habíamos conseguido, Ya no se nos escapaba una.

No me olvidaré, tampoco, cuando fuimos a llamar por teléfono Javi, el Cuñao y yo, del español mimetizado que nos cruzamos en una tienducha, y que al parecer se le había puesto cara de moro de tanto vivir allí. Con ese y otros pensamientos del día en la cabeza, me quedé dormido en una habitación que podo tenía que envidiar a la de algunos hoteles de mucho más precio. En eso, los valles del sur del Atlas, no tienen competencia.

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Dia 29. Lunes.
De La Kasba hasta Zagora era todo asfalto. Se había levantado un día ventoso, y en el trayecto no destacaban demasiados puntos de interés hasta la mencionada ciudad, por lo que fuimos avanzando ansiosos por ver el desierto en los parabrisas. Jairo le tiró esta vez delante, con Isidro, pues quería pasarse por el taller de “Mohamed el Gordito”,  a que le escuchasen el rascado que daban algunas marchas del cambio del Kia. … y seguimos palante para que diera tiempo a pasar por unos huertos de palmeras que nos recordaron bastante a los de Elche, pero como unos cientos de años atrás.

Se hacía la hora de comer, y de repostar para la siguiente etapa, cuestión de vital importancia ya que iba a ser de desierto y había que cargar hasta la boca. De modo que nos paramos en una gasolinera en la que me di cuenta de que hay que llevarse pegatinas para ir poniendo por Marruecos, si no parece que ni se ha pasado por algunos sitios… Preguntamos in situ por algún lugar para comer, y nos malguiaron a un garito en el que tardaron una eternidad para darnos de comer… y del que debíamos haber seguido adelante porque no sirvió nada más que para sortear y discutir sobre si la tormenta de arena que había nos iba a dejar movernos por Erg Chegaga.

Ya más relajados dimos el empujón final hasta Mhamid, donde nos equipamos de pañuelos azules para enfrentarnos a la arena, y enfundados en nuestro uniforme, con unas pintas que si nos paran en España nos dejan a la sombra 13 años, uno por barba, nos metimos en el rio de arena. Afortunadamente, conforme entrábamos el aire paraba, no el calor de 35 grados, y pudimos disfrutar durante las últimas horas de luz de una entrada en el desierto francamente espectacular; vegetación, suelo, luces, colores… todo nos recibió con su mejor cara, tras enseñarnos y advertirnos de su fuerza, para redondear la jornada y que llegásemos a la meta como siempre, llenos.

No sin antes hacer una paradita en el Oasis Sagrado, un lugar digno de visitar en el que ahora hay un albergue de haimas, palmeras, y un Land Rover Santana Pick Up con más años que cualquiera de nosotos, hecho en mi pueblo. Fotos que van a quedar en nuestros álbumes de por vida.
El lugar escogido finalmente para dormir, por recomendación de la oficina de turismo de Mhamid, fue un grupo de haimas al más puro estilo tradicional, en medio de la arena y alrededor como ocurre en estos casos de un pozo, inhóspito, seco, pero lleno de la hospitalidad que se necesita en estos finales de etapa. Volveremos. Nos ofrecieron un par de las más grandes para cenar (qué ricas las sardinas picantes, las que nos comimos y las que nos dejamos en una bolsa allí…) mientras nos preparaban con la luz de nuestros frontales otras para pasar la noche. Los mismos chicos que luego compartieron parte de nuestra alegría en la sobremesa.

Una noche calurosa, enfatizada por los muros de barro que habían atrapado el calor para ir soltándolo poco a poco compitiendo con el fresco que entraba por la cortina de la puerta. En aquel silencio, con aquella oscuridad, respirando aquellos olores a lana y arena de aquellas gentes que parecen no pasar nunca calor… volvimos a dormirnos soñando con lo pasado y lo que nos depararía otro día de emociones fuertes, en medio de la arena de Erg Chegaga.

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Día 30. Martes.
Era el gran día. Amanecíamos rodeados de arena e íbamos a permanecer en ese medio varias horas. En lugar de hacer un rodeo por el norte recorriendo los wpt que me habían facilitado, íbamos a atravesar una lengua de arena de 25 km en línea recta, que zigzagueando se duplican, para “atajar”, en el sentido que le da Javi a la palabra, hasta encontrar de nuevo el track al Oeste. Y empezamos desde la misma zona de haimas, tras recoger, asearnos, desayunar y pagar.

En la primera fase, indicada por el dueño del alojamiento, el avance fue relativamente sencillo y dinámico, a pesar de que el viento del día anterior nos había dejado la arena con las crestas en contra, blandas y con escalones. Éramos un grupo con algo ya de experiencia en arena, todos con reductora, y a pesar del lastre de ir los 4 con equipaje en el coche, que se nota una burrada, pasando de los 2700 kilos muy de largo, nos divertimos de lo lindo siguiendo los puntos que marqué desde casa en el google earth en las zonas duras. Algo muy recomendable en este medio como pudimos comprobar, pues siempre van a servir de salvavidas en caso de necesitar salir del desierto.

Así que, a pesar de que al Sur había una gran zona dura que facilitaba mucho las cosas, nos recreamos en la arena hasta llegar a la zona del Lago Iriki, sin por ello perder más tiempo del que habíamos destinado a aquella fase de la etapa de ese Martes. Todo trascurrió sin más percances que una bigotera frontal del paragolpes del path arrancada y el parachoques trasero del Toyota por los suelos, debido a los ángulos tan fuertes con que teníamos que sortear las dunas.

La zona del lago, espectacular. Una llanura inmensa, agrietada, reseca por la escasez de precipitaciones, en la que apenas se hundían los neumáticos en algún punto que conservaba algo de humedad, y en la que cualquier señal de agua era un mero espejismo. El viento seco, la claridad del suelo y la falta de sombra, nos llevaron hasta una zona de árboles bajos en los que hicimos la obligada parada a reponer fuerzas y alimento. A la par que subíamos presiones para el suelo, ahora duro.

En la siguiente fase de la etapa perdimos al coche de Javi por dejarlo atrás, y tuvimos que esperarlo horas en un montículo, elucubrando sobre por qué no llegaba. Entonces vimos a lo lejos polvo y unos coches acercándose, uno, dos, tres… no eran en Jeep, pero al menos debían tener noticias de ellos, de modo que les salimos al encuentro. Se trataba de un grupo de portugueses que iban hacia Tata, ya algo tarde, y que se habían cruzado con los nuestros hacía una hora, cuando retrocedían buscando la antena que se les había caído. ¡Por eso no nos escuchaban, a pesar de que la distancia inicial no había pasado de los 10 km! Tras hablar un rato con ellos y pasarles unos puntos para que vieran el río en Tissint, echamos a andar de regreso hasta encontrarnos con los perdidos… Y por fin seguir en la dirección de marcha en medio ya del  atardecer.

Antes de llegar al asfalto, alcanzamos el cauce de un rio que días atrás debía haberse desbordado dejando un lecho de piedras bastante roto y por el que dimos algún castañazo en los bajos. Luego, un pick up del ejército, nos salió al paso ofreciéndose a escoltarnos hasta la carretera, opción que rechazamos cortésmente tras echar un rato de cháchara sobre las gentes de ambas culturas, el trayecto… etc. Era un momento inolvidable, allí, en medio de la nada, cerca de la frontera con Argelia, hablando con unos militares metidos en unos monos verdes, de ronda nocturna…

Ya exhaustos, de tanto ajetreo vivido, entrábamos en Tissint en busca del río, un lugar en el que dormir, pan, y poco más, porque de no ser por el enclave… no merecería la pena la parada. Allí encontramos entre unos y otros el lugar ideal para plantar las tiendas, nos metimos en el rio a quitarnos la arena (a pesar de que la temperatura era al menos 10 grados inferior a la de etapa anterior) y cenamos, que falta nos hacía…

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Día 31. Miércoles.
Por fin pudimos ver la belleza del enclave en el que estábamos, gracias a las primeras luces de la mañana. Una poza enorme formada por una represa, rodeada de playas de arena de río, y que en dos alturas, formaba una zona de baño a la que hay que volver con más luz. Eso sí, el agua, como vimos por la noche, no es que fuera termal… pero tampoco está tan fría como los ríos en España.

De modo que desayunamos, y empezamos a avanzar, ya que aunque habíamos ganado algo al salir del predesierto hacia el Oeste sobre el plan inicial, ya muy modificado desde el Lago Ifni, esta etapa no dejaba de ser bastante larga si queríamos llegar a la costa con luz de día. Además, tras un trecho de asfalto, había que atravesar por una garganta a lo largo de unos 40 km de pista de cauce hasta otra carretera, si no queríamos dar una vuelta muy gorda. Y el atajo volvió a ser todo un acierto. Rodeados de piedra, con agua a trechos, y surcando un montón de pequeñas aldeas que se mimetizaban en el terreno, avanzamos tras un trecho de pista rápida que pronto se convertirá en carretera asfaltada.

Los pliegues del terreno verdaderamente espectaculares, y la garganta no menos fotogénica, darían paso a una subida rocosa hasta “le goudrom” por la que dimos un paso más hasta la  hora de comer. Cosa que hicimos en Tafraoute, de brasas, como llevábamos ya días deseando. Mientras tanto, el paragolpes del Toyota se reparaba enfrente del garito, con lo cual matábamos dos pájaros de un tiro.

Un voltio por las afueras buscando unas piedras pintadas de azul que no aparecían, y de nuevo en ruta hacia el Suroeste, bajando cada vez más, a medida que nos acercábamos al nivel del mar. Mar que vimos tras un puerto de montaña costero, lleno de curvitas divertidas, que hacía de frontera entre la gran meseta marroquí y el Atlántico, que nos recibía con toda su fuerza.

Como no podíamos esperar a Sidi Ifni para tocarlo, paramos en la primera cala y nos metimos casi en el agua a hacer fotos. Impresionante. Aquel océano iba a darle juego a los objetivos, ya nos lo estaba avisando.

Un corto trayecto más hacia el sur, y llegábamos a Sidi Ifni. Ya con el sol puesto, nos dirigimos al Hotel “Suerte Loca”, recomendado por la guía, pero estaba casi lleno, y acabamos unas escaleras más abajo en otro que casi era mejor en relación calidad precio. Solo quedaba cenar y resolver el tema que más nos preocupaba en ese momento: Las mareas. Y es que eso no era el Mare Nostrum… preguntamos aquí y allí, desde el restaurante donde nos llenamos las barrigas de pescado hasta a la gendarmería por la calle, y cada uno nos daba una información diferente.

Incluso tras la cena fuimos al puerto a probar suerte, pero a esas horas, no estábamos en Marrakech, no había nadie por las calles. Así que nos acostamos mirando por las ventanas hacia el océano, esperando alguna señal suya, y nos parecía ver que cada vez estaba más cerca de las paredes del hotel…

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Día 1. Jueves
Lo primero al despertarnos fue mirar por la  ventana. Esa noche me había tocado compartir habitación con Lorenzo, aunque antes de dormir ya le había dado las buenas noches a su mochila, tras entrar en la habitación sigilosamente y sin encender nada pensando que él estaba ya acostado. Y mirando, los dos coincidimos en que el agua estaba más lejos del hotel que por la noche. Había llegado el momento de hacer una visita a Playas Blancas. Sin perder mucho tiempo desayunamos todo el grupo y cargamos, una vez más, en esa vida nómada a la que nos estábamos acostumbrando.

En dirección sur, por la costa, y antes de llegar al puerto de Sidi Ifni que está a unos 3 km de la ciudad, pasamos por un centro de información de la pesca en el que nos facilitaron un cuadrante completo con las horas punta de las mareas. En media hora, en mar estaba en su punto más bajo. Así que a toda prisa hicimos por carretera el trayecto que luego había que subir por el mar en coche. No era caprichoso, pues dado que el interior y las playas estaban separados por acantilados, había que calcular muy bien para no dejar los coches a remojo si la marea subía.

Teníamos los puntos marcados por los portugueses del día anterior, de modo que fuimos directos al primero de ellos, quizás el más espectacular al que se podía llegar en coche. Además, por la misma geografía de la playa, te lo encuentras de golpe, nada más entrar en la costa desde la pista que lleva a ella. Ante nosotros, un barco varado completamente dentro de la zona de piedra de la playa, al que podíamos rodear con los coches mucho antes de llegar al agua. Espectacular. Nada mejor que las fotos para comprobarlo. Estábamos en el punto más al Sur de nuestra ruta.

Como era la etapa más corta de la ruta, comimos tranquilamente en la playa, en un sitio bastante recomendable, a base de cous cous (que ya se nos resistía) y pescado, como no. Y seguimos nuestra marcha hasta Agadir, donde llegaríamos con luz de sobra para buscar alojamiento (de cine por 100 Dh / Pax), darnos una vuelta por calles peatonales, y llegar aun así a la playa a la puesta de sol. Quizás sea la ciudad más occidentalizada y abierta de cuantas hayamos visitado en Marruecos… con deciros que ni siquiera escuché la llamada del almuhédano… aunque eso puede ser por la costumbre. Creo que hubo quien sí que la escuchó.

Luego pudimos disfrutar de un ratito de tiendas y regateo, y de una cena relajada en una de las peatonales del centro, antes de subir al hotel a descansar… aunque algunos no perdonaron el cubatita de todas las noches. Infieles!

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Día 2. Viernes.
Como ya venía siendo regla, bien tempranito estábamos abajo en los coches cargados y listos para una nueva etapa de sensaciones en aquel país. Esta vez salíamos hacia el norte costeando, tras repostar a las afueras de Agadir. Carretera de curvas, poco tráfico, un rebaño de camellos, y fuimos subiendo poco a poco por la costa. Salvo un tramo de interior en el que pasamos por un bosque impresionante de Argan, del que sacan el aceite metabolizado con tantas propiedades. Luego os contaremos exactamente en qué cosiste el proceso. Llegando a otra zona costera se repitió la historia de la caza; esta vez era Isidro al que pillaban un poco más rápido de la velocidad limitada. Estaba claro que había que andarse con cuidado, pues jodía, aunque las cantidades fueran simbólicas.

A la vista teníamos ya Essaouira, donde el plan era pasar por las dunas que el año pasado no vimos, comer marisco, y seguir hasta Oualidia. Plan que nunca llegó a cumplirse…

Antes de llegar a las dunas, que ya estaban a la vista, hubo que hacer un vadeo por el que no paraban de pasar unos camiones bestiales de una obra cercana. Llegué a la orilla, observé los vehículos que pasaban, puse el 4×4 por si las moscas, y despacito llegamos hasta la otra orilla para filmar al resto. Apenas apostarnos con la cámara, jairo estaba ya atrancado en un talud del que el Toyota no podía sacarlo por más que tiraba. Un camión que vió la escena al pasar, como si de la mano de Alá se tratase, le dio un tironcito con pasmosa suavidad pero enorme fuerza que le volvió a dar con las 4 ruedas en el suelo. Hay que ver el video para darse cuenta de lo que digo.

Así que en breve teníamos a Javi pasando para deleite de las cámaras, un poco más estrepitosamente que yo, pero de menos a más. Salpicaduras que quedan ahí para la posteridad. Y detrás Jairo, que no había tenido bastante con el numerito del camión, entraba en el agua algo más fuertecillo mientras lo seguíamos con la mirada y… bocanada de humo negro, 5 metros, y parón. El coche clavado en el río. Jairo bajaba, miraba, y por su cara la cosa pintaba mal. Agua en el motor.

Ya le dedicaremos tema aparte, pero una de las modificaciones de su coche, el recorte de los parachoques, había creado un tobogán estupendo para el agua en dirección a la admisión. Y el invento había sido del todo inclemente, llenado el conducto de tal forma que el filtro de podía escurrir como una toalla mojada. Eslingado hasta el centro de Essaouira, Los esfuerzos de Serafín fueron en balde, debía haber agua hasta en el intercooler, y aquello no volvió a arrancar en Marruecos. Tremenda putada para el bueno de Jairo y su sufrido Sorento… solo nos quedó una larga tarde para llamar a la asistencia y conseguir que remolcaran el coche hasta Algeciras, y no hasta Marrakech como pactaban en principio. Así se acabó el marisco y el ir hasta Oualidia, y el grupo se dividió en dos, Isidro con Jairo acompañado hasta la frontera durante la noche, y el resto que subimos por autopista hasta Settat, un pueblo sin nada que ver, con dos hoteles birriosos y en el que tuvimos la mala suerte de que se nos cerrasen los ojos… no podíamos conducir ya más, y allí tocó descansar.

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Día 3. Sábado.
Aunque el pueblo y el hotel fueran feos, el cansancio permitió que durmiésemos como lirones. El planing había cambiado, estábamos más arriba de lo que hubiésemos estado de dormir en Oualidia, y al pie de una autopista con lo que podíamos permitirnos el lujo de ir más tranquilamente hasta Tánger y visitar allí algo. De modo que nos hicimos a la ruta, y 4 horas más tarde estábamos en la ciudad norteña, camino de las Cuevas de Hércules. Igual que al entrar en el país, en la cena de Marrakech, intentaron timarnos con la entrada a estas formaciones, pero al final nos colamos con lo cual los que salieron perdiendo fueron ellos. Y aunque estaban llenas de gente pudimos disfrutar de la ventana al mar con la forma de Africa invertida, muy curiosa, la verdad.

Solo nos quedaba comer, de bocatas norteños exquisitos, y desfilar hacia el puerto por el cabo Espartel. Tánger se ha puesto tan bonita que no la descarto como futuro destino… a ver si os va a tocar visitarme varias veces al año.

Por una calle de zoco un poco abigarrada, vamos, un atajo de los nuestros, llegamos al barco, donde la aduana se dio mucho mejor que para entrar. Allí estaban Jairo e Isidro, cansados de la jornada nocturna, con la grúa que iba a llevar el coche a Algeciras. Luego en Tarifa le recogería otra grúa y un taxi, con lo cual el mal se minimizaba bastante, e incluso se ahorraba unos dírhams de combustible en la subida… ya nos contará si  le salió a cuenta.
El resto, tras pasarnos fotos y videos en el barco, fuimos deshaciendo el camino mientras sonaban nuestras voces por las emisoras tocando despedida. Y tratando temas que seguiremos hablando, pues Marruecos, no se acaba nunca.

Quizás haya sido el viaje de más contrastes. El más “salvaje”, abierto e improvisado. A la par que el menos elaborado desde la península, pues hasta fechas muy cercanas me veía bajando en el Path con Logova y Adolfo. Pero no nos ha defraudado. El escenario siempre va a ser privilegiado, sus gentes acogedoras, y la aventura irrepetible. Siempre educativa, y con sus enseñanzas, seguiremos haciendo planes para bajar cuanto antes, a disfrutar de lo bueno que Africa sabe darnos. Hasta dentro de muy poco.

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