Marruecos 2009

Allí estaba. Delante de todos los bultos, preparados para ser cargados en el coche. Es una sensación indescriptible, que más de uno conocéis, llena de inquietud por todas las vivencias que sabía que iba a pasar en pocos días. Con todo por delante, tienes la satisfacción de que aun puedes parar el tiempo y disfrutar de cada minuto en Marruecos, que aun queda mucho para que se acabe ese sueño que preparamos cada año, y que queda lejos el triste momento de pararse, mirar atrás, y contar lo que ya has vivido y ya forma parte de tu historia porque ya es pasado.

Ya lo he dicho. Este Marruecos ha sido el más completo, el más largo, el más gratificante, el más espectacular, el más verde, el de mayores contrastes, el de más kilómetros, el más duro, y quizás, el que durante más tiempo recordaremos. Espero poder transmitiros día a día, en este hilo, aunque sea solo una parte de las sensaciones que hacen este viaje una experiencia única, que no está al alcance de cualquiera y que nos mide una y otra vez como personas y como amigos, ante nosotros y ante los demás

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Dia 4 Sábado. Llegada a Algeciras.

Yo estaba en Granada. Había llegado un día antes para recoger el resto del material, y esperaba allí a los que bajaban de la Costa Este. Y dónde mejor para esperar que con Jairo, preparando la barbacoa que marcaría el inicio de nuestro viaje.

Según lo previsto, para la hora de comer (les debió de llegar el olor) llegaron los coches de Emilio, Juan y Javi, con sus acompañantes de rigor. Este año íbamos a disfrutar de nuestras “parejas naturales” y no de los ligues del año pasado que tan profunda huella dejaron entre sus miembros.

No se me olvidará, no obstante, que el rato que estuvo el del sorento, que le gustan más las pruebas que a un tonto un palo, con el resto a solas, aprovechase para dar saltos sobre los parachoques de los Path para comprobar los amortiguadores de uno y de otro… descubrió de aquella aguerrida manera que el de Emilio tenía unos amortiguadores que no eran los adecuados, cosa que marcó el ritmo de algunas etapas por carreteras bacheadas, pero que no ha traído consecuencia alguna. Este, cuando hace pruebas, siempre encuentra “algo” susceptible de romperse… pero al menos nos ayudó a no forzar… De modo que tras el susto, pusimos proa a Algeciras.

Allí otro ilustre forero nos salió al encuentro, ofreciéndonos “La más grande” de las hospitalidades, y es que ya somos tantos que atravesar nuestra geografía acarrea varias paradas obligadas, con el ya clásico asador del Pollo Caponatas. Gracias a todos los que nos acogisteis en vuestra tierra a nuestro paso.

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Día 5. Domingo. Algeciras – Tánger – Essaouira.

Temprano. Muy temprano suena el despertador. Con las palabras de Carlos aun en la mente, tras leer su mensaje de la noche anterior, empezamos a recoger para salir. “La subida al Hotel está vacía”. No hay coches preparados para “El Moro” apenas en Algeciras. Todos han salido un día antes, o simplemente este año va a haber menos tránsito. Todo ello porque en nuestra cabeza solo ronda una idea: La aduana.

Es una etapa muy larga, de más de 800 km. Y hay que optimizar el tiempo a toda costa. De ello depende nuestra hora de llegada a Essaoira. Y queremos poder cenar allí, como mandan los cánones de esa ciudad. Así que llegamos a la cola de embarque, una vez reunidos todos en la gasolinera del año pasado, por la carretera serpenteante, verde y costera, que lleva a Tarifa. Todo pasa muy rápido. Apenas enfilar, los coches empiezan a moverse y hemos de salir corriendo a canjear los billetes mientras las chicas, cada vez más protagonistas en nuestros viajes, van moviendo los coches poco a poco. Y en nada, estamos subidos abordo.

La travesía excelente, y el ambiente ya a tope: bromas, cometarios, y canciones de movil que pasan de un dispositivo a otro, algo que iba a marcar la banda sonora de todo el viaje… pero la experiencia es un grado, y como los tengo bien enseñados, las cosas van saliendo fluídas: El sellado de pasaportes en el barco, rellenado de papeles para pasar el coche, etc, todo va sobre ruedas, de modo que el maldito paso de la aduana queda solo en manos de los gendarmes de la frontera.

Y ahí ya sí que no podemos hacer nada por ganar tiempo. Mientras los vemos pasar de un sitio a otro con nuestros pasaportes y con los de un ciento de personas más, hemos de esperar resignados al simple gesto de que el “sargento” de rigor estampe el sello. Cosa que sucede, al cabo de una hora. Por fin, vemos cómo nos abren la barrera y ya estamos pisando suelo marroquí con nuestras ruedas. Siguiente trámite: El cambio de divisas.

Otro paso en el que ganamos más de una hora respecto al año pasado. En los puestos del mismo puerto, en 10 minutos, mientras las chicas siguen pilotando hacia la salida, entregamos 600 € para que nos den algo más de 6500 Dh. La aduana está pasada… así que carretera y manta. En la particular contrarreloj de esa primera etapa, larga como ella sola, estaban saliendo las cosas rodadas.

Una vez más, es difícil describir las sensaciones que se repiten cada año cuando empezamos a circular por suelo marroquí. Puede algún agreste tachar nuestro viajes por Marruecos de poco dados al pateo o al pedaleo, suerte que corren los que viajan a pie o en bici, pero os puedo asegurar que conduciendo por este país se hace mucho más ejercicio que por nuestra piel de torete. Incluso ya podríamos decir que la “rotonda de Tánger” es todo un clásico al que ya entramos a saco, 5 TT elevados, con las luces dadas, gritando y pitando de tal modo que, visto ahora, resulta comprensible que nos costase tan poco esfuerzo abrirnos paso. Y es que el frontal de Pathfinder no es el del Tucson… Tensión, alegría, emoción, reflejos y risas por las emisoras comentando el percal, fueron abriendo paso a una conducción un poco más sosegada, que no mucho, por la autopista.

Y así pasaron los kilómetros, parando a comer en una gasolinera –qué barbaridad de comida que nos hemos llevado este año- amortizando los 20 € de peajes que suponen casi 600 del tirón, hasta pasar a las carreteras que llevaban a Essaouira.

Llegamos a la ciudad costera para descargar y cenar, lo cual no estuvo nada mal, pero nos aguó la fiesta comprobar que como ocurre en España, las flotas de pesqueros no salen a faenar los domingos, de modo que de marisco nada de nada… esa noche. Mas sí algo de pescado frito, que creo que nos compensó a casi todos la tirada de ese día.

Ya les habíamos cogido la medida a “Los nuevos”, Juan y Maica, y es que acoplarlos en la misma habitación iba a dar mucho juego a lo largo del viaje… ya contarán ellos qué tal durmieron en Essaouira. El resto estupendamente. Tras la ducha reparadora y descubrir que, como ya ocurriera el año pasado en Marrakech, arriba había una terraza-cantera excelente, el descanso feliz estaba asegurado. Que luego os ponga alguien el video del baile que nos enseñó Javi allí en la penumbra… peligro que tiene esta gente.

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Día 6. Lunes. Essaouira – Imlil.

No se si era el almuédano o Emilio con sus fuegos artificiales, pero esa noche me desperté levemente, escueta interrupción a un sueño reparador que por la mañana nos tenía ya a todos al pie del cañón. Era el turno de ver Essaouira con luz de día. Así que mientras Juan y Maica veían no se qué que le sonaba en los amortiguadores, el reto nos adentramos en la mediana a disfrutar de sus colores, olores, gatos… la furia estaba ya desatá, el miedo a lo desconocido había desaparecido por completo, y las barbaridades inundadas de risas hacía que aquellas desprevenidas gentes nos mirasen medio con miedo, con pasmo, y con la prudencia de quien ve por primera vez a un extraterrestre. Que es lo que a veces se siente uno cuando anda por el Marruecos profundo… cuando todos lleven cámara en el móvil, nos harán más fotos a nosotros que al revés.

El final del periplo acababa en el puerto, donde se supone que debíamos encontrar a la feliz pareja, pero nos habían seguido el rastro y ya no estaban en los coches, de mdo que hicimos tiempo por el muelle pesquero mientras llegaban para evitar dejarles la notita en el salpicadero de “en Imlil nos vemos”, que traducido del bereber debe ser algo así como decir “a tomar por culo”.

Y fue en el muelle pesquero donde nos dimos cuenta de que el día del marisco era el lunes y no el domingo: Montones de pescadores rodeados de gaviotas, que a la menor se llevaban lo que primero pillaban, llegaban a descargar ante nuestras cámaras. Así que en petit comité se fue fraguando la idea de, en lugar de subir al Atlas por pistas, hacerlo por carretera e invertir el tiempo ganado en hacernos un homenaje marisquero. Y así fue. Puede que en aquel momento alguno se quedase con ganas de aventura, pero lo cierto es que, ahora visto el viaje en conjunto, fue lo más acertado, y lo que permitió que llegásemos a una hora prudente a Imlil. Y digiriendo gambas, camarones, calamares, y demás sutilezas que ya no nos quita nadie…

El camino de ascenso, por una zona del Atlas realmente preciosa. Sí hubo algo que nos frenó un poco el llegar con luz de día al pueblo montañero, que fueron las ganas, casi necesidad, de soltar peso de los coches que iban peor de amortiguadores. Y ello nos llevó a explorar un camino (de los atajos que más de uno ya conoce y que al parecer no solo Javi practica) que no nos sirvió para ganar tiempo pero sí para descubrir un pueblecito increíble, perdido, impresionante; el mejor lugar para dejar material escolar, olvidarse de la cobertura del móvil, o pegarse un guarrazo a todo lo largo…

Un rato después, estábamos disfrutando de la hospitalidad y la dulzura francesas en el albergue de Imlil. Cena austera (pero más cara que dormir) paisajes impresionantes, mucho agua sonando fuera, y más vivencias con las que podríamos llenar muchas páginas de nuestras vidas.

Mi particular batalla:

En los albergues había que aprovechar. Cualquier cosa era mejor que los retretes de los garitos o gasolineras del paso, de modo que a veces llegábamos a las metas a punto de romper aguas. Y aunque en este la cuestión ducha estaba más dura, sí que era imprescindible soltar lastre aunque solo hubiera un lugar para ello a repartir entre unas 30 personas. Así que, con disimulo, íbamos asomándonos al baño con la esperanza de, alguna vez, pillarlo desocupado. Así fue que pasó y que pude entrar en el cubículo con el agujerito y pasar un momento a solas… o casi. No estaba la cosa para mirar pabajo, de modo que en un movimiento que solo con los años de práctica se obtiene, me coloqué en posición cazabombardero y me quedé en — Palabra censurada — gloria. Un toroncito de la cisterna que por pocas me da esa ducha de la que pasé, y hasta ahí bien. Pantalones parriba, en pie, y, cosa que no se puede evitar en este tipo de cagadero, eché un miradita pabajo. Total, para comprobar que lo mío en realidad era el llavero de un trabuco de dimensiones jurásicas que yacía allí antes de mi llegada. Y fuera había cola.

La cuestión estaba clara. Si salía y dejaba todo aquello allí, me lo iban a atribuír, y no hay nada que moleste más que que le cuelguen a uno las medallas de otro. De modo que miré a derecha e izquierda a ver las opciones. A un lado la ventana; no, muy cobarde huir, además de que ya me habían visto entrar… al otro un cubito y el grifo de rigor en estos aseos, anterior incluso a la cisterna zambombazo que no había podido con el tronco. De modo que me armé de 5 litros de agua y apretando los dientes la lancé sin piedad.

Ni se inmutó. Allí estaba. Eso sí, solo, se había hecho fuerte, y ya no se movía de su plaza. Había que intentar otro asalto. Así que otro cubo, esta vez más lleno, y cruzando los dedos y… Nada La física es la física, y aquello, de una pieza no colaba. Fuera garraspeos. Dentro yo, blanco. Y más dentro aún el truyo descojonado. Solo quedaba una oportunidad y no me quedó otra que agarrar la escobilla por el mango y darle una paliza al infiel, tirar una vez más de la cisterna y salir de allí sin mirar atrás…

Esa y otras cuestiones nos tuvieron hasta bien tarde de descojone en descojone, hasta que por pocas nos echan del albergue, pero bueno, que nos quiten lo bailao…

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Día 7. Martes. Imlil – Oukaimedem.

Sospechábamos que la francesa estreñida llamase a la otra paisana del albergue de oukaimedem para que nos montase la haima en la calle, de modo que uno, que es diplomático y le hace falta practicar el idioma, estuvo intentando arreglar un poco la imagen que dejamos tras tanta carcajada mientras el resto de franceses alojados intentaba dormir. Y es que lo de la cisterna había dado mucho juego. Parecía un dragón escupiendo, y si no que se lo pregunten a Loli. En fin, que con los deberes hechos, y viendo que donde nos habíamos metido de noche era en realidad un circo glaciar impresionante al que hay que volver, nos apresuramos a salir en la etapa que debería ser la más corta del viaje.

Agua, más agua, y nieve, aderezaron nuestros ojos por pistas que no paraban de subir hacia el destino. Como eran pocos km, aprovechamos para pinchar y hacer unas fotos, y de paso comimos en un río volviendo a aprovechar la super despensa que habíamos traído de España. Con todo, conseguimos llegar a Oukaimedem con luz para descargar, reservar en el mismo sitio del año pasado la cena (igual de rico pero algo más cuidado y por ende más caro) y subir a disfrutar de la pista que llevaba al collado en el que ya entonces hicimos esas fotos tan espectaculares, con la diferencia de que este año, había más nieve y llegados a un punto no pudimos seguir ascendiendo… vamos, la típica ruta recogeflores que lo llaman los agrios.

Visto que la subida era imposible (ni wrangler ni porras, im-po-si-ble) miramos valle abajo y vimos un río. Sí, una de esas cosas que en nuestro país en verano desaparece y en invierno no se puede apenas pisar… en un lecho de piedras en el que no podíamos hacer daño alguno a casi 3000 mt de altitud. Y el resto lo hicieron los volantes solos. Apenas sería 4 ó 5 km… pero la diversión era tal que no se cuántas veces subimos y bajamos. Eso sí, todas haciendo video… de modo que eso lo veréis más adelante.

Era la hora de cenar, y eso hicimos… un tajine de Kefta con huevos en un punto que creo que a casi todos gustó… excelente. Y lo demás como siempre en estos albergues… las duchas comunitarias (de dos en dos para ahorra espacio y unos más calladitos que otros), los franceses que no dejan de dar por el culo con su manía de irse a la cama a la hora de las gallinas, etc. Vamos, que durmimos de divinamente, porque al día siguiente tocaba levantarse de noche: había etapa larga.

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Día 8: Miércoles. Oukaimedem – Tazzarine.

Y menos mal que nos despertaron las chicas… porque con los ronquidos del francés no escuchamos el despertador.

La etapa que hacía arco por tierra hasta Ouarzazate es de esas que ponen picante a estas aventuras y hacen que nos merezcamos el potaje de la llegada. Una pista rota, con un par de trozos de subir en reductora para no castigar embragues, pero que cuesta abajo lo único que hicieron fue hacer más divertido el avance con cruces de puentes en los que el peor enemigo eran las piedras que podían rajar. Paisajes impresionantes, que nos recordaban nuestro acercamiento al desierto, con los característicos valles verdes jalonados por enormes paredes de mesetas rojas a ambos lados. La vida concentrada abajo, junto al río y entre palmeras.

Al comienzo de esa pista, paramos a dejar material escolar y sobre todo sanitario en una escuela, en la que nos abrió sus puertas un profesor que resultó ser un coordinador de zona de las aldeas cercanas, con lo que se encargaría personalmente de que se hiciese un reparto justo de todo entre las familias de todas las aldeas, en total unas mil personas. Nos salió a pedir de boca… Y una vez más, me quedé con sus datos para estar en contacto. A ver si puedo conseguir este año que nos envíen unos dibujos de sus alumnos… Tuvo gracia, cuando le pregunté por cómo era el resto de la pista y me respondió que en 7 kilómetros, había 1 tramo roto, y luego ya era buena, como la que atravesaba el pueblo (buena si el coche es pa luego tirarlo, vamos).

Así fuimos bajando hasta la zona de Kasbah, realmente espectacular, y a la que prometimos volver con más tiempo. Pero la intención era llegar a Tazzarine con luz de día y lo conseguimos. En un palmeral, parece que dimos de lleno reservando allí en lugar de en Nkob, la anterior, porque el camping de las haimas, la cena, y las dunitas de la rambla hicieron las delicias de todos. Fue tremendamente divertido perdernos entre palmeras por arena y buscarnos por las emisoras unos a otros. Claro que con el cachondeo a la foto de grupo llegamos casi a oscuras…

Otra de las prioridades, una vez el sol ya no nos iba a alumbrar en nuestros juegos por la rambla arenosa, era montar el neumático de mi coche en la llanta de Emilio, ya que su rueda había acabado destrozada, quizás por rodar con ella deshinchada. Así que buscamos un sitio en el centro de Tazarine, y, aunque al principio nos preguntábamos sobre si podría meterle mano a esas ruedas, al ser un garito diminuto, pronto nos quedamos con la boca abierta de ver la rapidez con la que hizo el cambio. Vamos, que ni una foto pudimos hacer…

Una vez en el camping repartimos haimas a suerte, como manda el protocolo, y descargamos. Es un sitio al que se puede volver perfectamente. Eso sí, no faltó el frances gallinero que (bendita su suerte) había pillado la parcela justo pegado a donde cenábamos… y claro, a las 21 h de marruecos estaba ya intentando dormir sin mucho éxito.

Nosotros tardamos un poco más, pero el cansancio nos venció también a una hora prudencial que nos permitiera madrugar frescos a la siguiente etapa, en la que habíamos puesto como objetivo aquel que ya se nos resistiera en los años anteriores: el oasis de Oubira.

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Dia 9. Jueves. Tazarine – Oasis de Oubira.

Esta etapa decidimos ya hacía tiempo que íbamos a hacerla por asfalto, para dejar un margen de tiempo que nos permitiese subir al Oasis más grande de Erg Chebbi. De modo que tras despertarnos, estirarnos y soltar lastre, pasamos por caja. En la recepción y con más tiempo pudimos ver una serie de puntos de interés que pueden darnos ideas para otros años, crecanos a Tazarine. Y sin más dilación, embarcamos hacia el destino del día.

A media jornada, hicimos la parada obligada en el árbol de sabana del año pasado, y allí las chicas fueron dando ideas para el calendario del año que viene. Pongo solo las fotos más adecuadas de la secuencia. Pero también nos dimos cuenta de que ese árbol tiene un no se qué de queése yo que hace que todo el que se escapa a aflojar por sus alrededores sale siempre en alguna foto…

Bueno, la cuestión es que entre risas y amigos los kilómetros caen solos, y enseguida estábamos en las llanuras volcánicas que nos permitían divisar la roja arena de Erg Chebbi. Lugar de peregrinación del 4×4, solo estando allí se comprenden los sentimientos que desprende esa magnífica formación con la que nos obsequia la naturaleza. El silencio se mezcla con los pelos de punta allí donde sabemos que se nos va a medir a nosotros y a nuestros coches en una ruta en la que los errores llevan la mayor parte de las veces a un atranque seguro.

Y para hacerlo progresivo, entramos por los lagos de Jasmina, al Norte, y comimos en la orilla viendo toda la arena de fondo. Por cierto, que nos dejaron comer tranquilamente, es normal que te intenten vender hasta a la abuela, pero al sacar las comidas y la mesa se aparten, el respeto existe aún en estos rincones.

Próximo paso: La pista del río. Fácil, muy fácil, nos recordaba cómo en la primera ocasión en que la abordamos, con la arena más seca y Aziz como guía, ya nos había costado mucho más esfuerzo que esta vez. Como punto negativo desde mi asiento, el porrazo que di de bruces al pasar una pequeña duna cortada que nadie se esperaba que estuviese allí. Afortunadamente, ni me tocó el spolier… pero sí me asustó a la acompañante, que le tiene un miedo este año a los tajos que no se de donde lo ha sacado…

Avanzando un poco a libre albedrío, llegamos hasta la base desde la que Luís nos había recomendado subir a Oubira, una distancia realmente corta. Había que conseguirlo si o si. Y así empezamos a guerrear cuesta arriba, para comprobar, con sorpresa, que tras el respeto inicial, un coche con reductora y las presiones adecuadas, sube por aquellas dunas sin ninguna dificultad. Asomándonos, probando, viendo alternativas… llegamos por fin al Oasis. Más mérito tuvieron los dos suv, pero entre la maestría de Carlos y el arrojo de Juan, en un rato estuvimos haciendo fotos junto a las palmeras, con apenas un par de atranques. Un verdadero espectáculo en medio de Erg Chebbi que no podíamos perdernos este año.

Buscamos la forma discreta para aparcar, cerca de la valla rudimentaria, pues el oasis está cercado, y cuando nos quisimos dar cuenta, las desmadradas, que este año han llevado la voz cantante en varias ocasiones, estaban junto a Ibrahim, el dueño, regateando… vamos, que cuando nos quisimos dar cuenta, se había cambiado el planing de maletering por el de Haiming. Y no pudo salir mejor la cosa: conocimos a unos personajes de lo más interesantes (alguno con más labia que otros), comprobamos que parte de las gotas de lluvia se cuelan entre la tela de una haima, y nos ahorramos desmontar todo el maletero por un precio de risa. Hemos encontrado un alojamiento para futuras expediciones…

Por la noche volvimos a montar el chiringo de las mesas, que ha dado un juego impresionante, y cenamos bajo una luna llena en la arena de aquel maravilloso lugar. Como le decía a Emilio la mañana siguiente, tras comprobar que había llovido: ¿Qué más podemos pedir? Todo estaba saliendo a pedir de boca.

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Dia 10. Viernes. Oasis de Oubira – Albergue de Alí el Cojo

Despertarse con las primeras luces de la mañana, empezar a recoger, y sentir gotas de lluvia en medio del desierto es una experiencia que jamás olvidaré. La arena mojada huele distinto, no es como la tierra, que tiene un olor más penetrante. Aquella era suave, fina, y se entremezclaba con la brisa colándose entre las hojas de las palmeras. AL irnos de Oubira lo que dijimos fue un “hasta luego”. Mucho más barato que los albergues de abajo, y con un número de sensaciones que no se queda atrás, ni mucho menos, lo tendremos en la lista de sitios en el que parar cuando volvamos a Erg Chebbi. Pero ahora había que ir al albergue a descargar los coches.

El peso era algo que nos había llegado a obsesionar un poco desde el principio del viaje. Más maletero que nunca, cargábamos con cosas que otros años no llevamos, con la idea de dejar material en los sitios por los que pasábamos. Pero el centro del problema estaba en los amortiguadores de Emilio y Juan, por lo que desde los primeros kilómetros nos habíamos repartido parte de su carga. Ahora reubicada y aligerada tras las primeras etapas, los coches iban mucho mejor.

Como el albergue está en una hondonada, salir por el collado que tiene hacia el Oeste iba a suponer una pequeña dificultad para los suvs sobre todo, pero la pasaron con nota, claro está, gracias a sus conductores. Sin darnos cuenta, ya estábamos integrados en la conducción por dunas de una forma natural, y lo de hacer paellas, coger inercias, abordar bien las dunas y demás era ya algo que nos salía sin esfuerzo. Así que pronto llegamos a la zona desde la que ya se empezaba a descender, en dirección a Merzouga, y a una zonas duras que, como comprobamos, son la mejor de las opciones para entrar y salir del Erg. Incluso vimos un zorro del desierto en manos de un muchacho, un animal de veras curioso.

Incluso las chicas se aventuraron a andar un poco por la arena mientras nos escoltaban, empujadas por Úrsula, que seguía con sus miedos a no sé qué de este año. Y así estábamos antes de lo previsto en el albergue de Alí. Que nos saludó efusivamente.

Es un recinto mayor que los otros en los que hemos estado, con piscina, muchas habitaciones repartidas en más de un patio, grande, que se permite incluso tener parque infantil y dos zonas de aparcamiento, una de ellas con sombra. Como otros, su verdadero encanto reside en el tipo de construcción, a base de barro y paja, de muros recios, que dan frescor en el interior.

Como de costumbre, hicimos el reparto de llaves al azar, colocando a Juan y Maica en la habitación que tenía las camas más independientes. Y montamos la comida en la nuestra, disfrutando como siempre del buen ambiente del equipo, y de unas sardinas que picaban mogollón…

Por la tarde decidimos ir en cuatro coches (todos menos el de Carlos, quizás el menos preparado para la arena por el diámetro de sus ruedas) a hacer dunas, sin 3 de las chicas, Úrsula, Nieves y Loli que se quedaron a bailar el Laki – La en la piscina. Y seguimos aprendiendo de este medio espectacular, esta vez intentando sin éxito atravesar de Oeste a Este por el tercio Norte, siguiendo indicaciones de Luís Granda. Pero creo que nos desplazamos lo suficiente al Norte para que las dunas se volvieran muy complicadas. Allí dimos un paso más que dejaba ya en evidencia la falta de reductora del Santafe, que gracias al valor de Juan, pudo no obstante seguirnos durante toda la tarde.

Como nota negativa, aparte de los atranques de rigor, hubo un par de vuelos, uno de Javi que le desenganchó el spolier delantero, y otro mío que me tocó una patilla de la concha inferior del radiador, produciendo una fuga de un par de gotas por minuto que no detecté hasta que paramos al regreso. El resto, lo podéis ver en las fotos… espectacular.

Ya de regreso, muy a mi pesar, me tuve que entretener con un mecánico de “emergencias” en rellenar la fisura en lugar de visitar la piscina, pero también pudimos aprovechar javi y yo para ver cómo se las ingenian aquí, utilizando una asilla hecha sobre la marcha a base de corcho blanco y super-glu. 50 Dirhams y arreglado… casi lo que cuesta aquí el bote de pegamento…

Un poco más tarde estábamos haciendo tiempo para cenar, en medio de un improvisado concierto de timbales con unos ceutíes, en el que Emilio disfrutó como el que más. Sería la chilaba… Tras la cena, tardamos poco en irnos a descansar, porque el cuerpo lo pedía. Pletóricos por haber podido disfrutar del surfeo entre dunas, pero ansiosos por repetir al día siguiente...

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Día 11. Sábado. Erg Chebbi. Dunas y más dunas.

Al final estaba claro. Los 3 coches con reductoras íbamos a subir hasta el eje central de Erg Chebbi a toda costa. Abajo quedaron además de las chicas del día anterior, Juan y Maica, a disfrutar de un día de relax entre el albergue, Merzouga y risas.

Al principio perdimos algo de tiempo volviendo a la zona que se nos resistió el día anterior, pero al cabo de una hora larga de intentos, decidimos afortunadamente subir por el mismo track por el que bajamos la mañana anterior desde Oubira, es decir, desde Merzouga hacia el Este. Y por allí fue coser y cantar el plantarnos a la altura del track que habíamos diseñado entre las grande dunas centrales, pero en este caso lo íbamos a hacer de sur a Norte, cosa que no planteó dificultades añadidas.

Podríamos inundar el foro de fotos en las que solo echaríamos de menos mejor luz, que nos diese más contraste en las dunas, tanto para la captura de la imagen, como para ver mejor dónde nos metíamos. Aún así, el avance en esta segunda fase del día, fue muy sencillo, ya que por fin estábamos en esas llanuras que aparecen en los videos entre dunas muy bajas, y en las que los coches y pilotos no pueden hacer otra cosa que disfrutar. Pero lo mejor de todo era comprobar que tras las lluvias de este año, toda la parte central del Erg estaba salpicada de matorrales, un punteo verde que hacía este desierto muy especial. Incluso pasamos por una llanura de una costra gris que indicaba que había habido agua allí durante parte del invierno. Espectacular.

Eso sí, lo que nos llenó especialmente, fue conseguir la meta de pasar por varios Oasis interiores, como habíamos soñado viendo los mapas del Google Earth. En el primero de ellos una hombre hecho como no podía ser de otra forma a una vida en solitario, de las más duras de este mundo, nos invitaba tras desearnos la paz a un te en sus Haimas. Invitación que con más pena que otra cosa declinamos porque sabíamos que ya íbamos un poco tarde.

Enviamos un mensaje a los de abajo para que no nos esperasen a la comida. Estábamos donde habíamos querido llegar y no era plan de dejarlo entonces. Y así seguimos subiendo hasta un cresta que quedaba ya a una altura cercana a la de la Gran duna. Allí se puede ver perfectamente que lo de subir en coche a las crestas de las más altas dunas no deja de ser un “decir” más que una realidad, porque los últimos metros de estas incursiones, por inclinación, quedan reservados a quads, camello y gente a pie. Cosa que hicimos nosotros, al menos para la foto.

Y cometimos un error, que fue el de no bajar por el Noreste, zona en la que un valle nos habría llevado hasta la zona “del grifo” del año pasado sin dificultad alguna. Seguimos por el eje hacia el Noroeste, en busca del track que se nos resistió para las subidas, y encontramos un último oasis. Entre palmeritas, sus haimas, escondían una salida dificultosa hacia nuestra dirección de avance, primero desde el mismo oasis, y luego en una poza. Emilio se encargó de allanar una zona que pensemos podía ser decorativa y no algo peor, entre piedras, para salir de allí, y yo me colé en la poza pensando que podría pasar por las roderas de javi, pero los dos metros de menos que logré ascender marcaron el que me quedara atrapado allí dentro una hora intentando salir, hasta que logré acercarme hasta la zona por la que había entrado para que emilio desde fuera pudiera eslingarme. Menos mal que íbamos 3 coches… eso sí, en este número, vehículos y pilotos, casi siempre habrá un remedio para un desaguisado de estos…

En fin, que con mis dos pocitas del día tuve para dejar de ser el único no-eslingado por la puerta grande. Rodeamos entonces Emilio y yo la duna que nos impedía salir del oasis, y nos reencontramos con Javi al otro lado, que se había estado atrancando un poco por su cuenta pata hacer tiempo.

Así reenganchamos el track del día anterior en el intento fallido de subir por el Noroeste, pero en descenso, con lo que en un rato estábamos ya abajo, entre las incursiones en las emisoras y walkis de los que nos esperaban abajo preocupados. Habíamos pasado todo el día entre dunas, y ya nos salían como rosquillas.

Otra vez me tocó, ya a oscuras, darle un retoque al remiendo del radiador, y es que en la arena blanda depositada por el viento el día anterior, de la segunda poza, el coche se llevó unos zambombazos increíbles intentando salir. Que no le subiese la temperatura en esas circunstancias, dice mucho bueno de su motor, pero eso si, en esa etapa me llevé yo el farolillo rojo en consumo… Mientras, el grupo preparó los coches para el día siguiente, con hinchado de ruedas incluido. La ocasión me sirvió para comprobar que no se deben hinchar 8 ruedas seguidas de estas tan grandes con el mismo compresor, pues el mio, que era el más rápido, murió en el intento y no ha vuelto a funcionar. Otra cosa que es personal e intransferible… al menos que cada uno debe llevar y usar en su coche.

La cena de la segunda noche empezó siendo escasa, de modo que montamos un pitote en el comedor que les hizo prepararnos un par de Tajines más, con lo que nos quedamos al final más que saciados. Eso sí, la reunión nocturna en nuestra habitación fue corta, porque ya no nos quedaban pilas, y la etapa siguiente volvía a ser de las largas…

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Día 12. Domingo. Erg Chebbi – Bosque de Cedros.

Me arrimo al mostrador de la carnicería. Saludo en mi chapurreo particular, y pregunto qué tienen para cenar. Afortunadamente los precios están marcados en los azulejos blancos de la pared, con lo que podemos descansar durante la cena de la cuestión regateo, a veces agotadora. No existen los congeladores, ni las cámaras frigoríficas. El local apenas tiene 15 metros cuadrados, y todos de cara al público, que a través del mostrador de obra, a modo de ventana, ve todo lo que hay en el interior. Que es poco, porque el género se cuelga fuera, en los soportales que dan a la calle, de modo que desde la misma carretera puedes ver qué carne hay en la carnicería.

Me ofrecen kefta, brochetas, pollo y carne de cordero. Mientras, las chicas se mantienen a una distancia prudencial del cacho de ternero que hay despellejado y colgando sobre la acera, y el resto van oteando las mesas. Al mismo tiempo, un magrebí se acerca a la barbacoa rudimentaria, y comienza a avivar las ascuas, que de no haber llegado nosotros, se habrían consumido ya a esa hora arrinconadas en un lado de la pared de latón. Elijo 1 kilo de pollo, medio kilo de ternera, y medio de brochetas.

Nos sentamos a esperar, mientras observaba todo el ceremonial. Cogió un taco de carne, lo hizo trocitos con una habilidad inusitada, y la metió en una bolsa de plástico transparente. Luego, en la misma, troceó perejil, cebolla, ajo, cilantro y un chorrito de vinagre. La cerró, dejando aire dentro, y empezó a moverla con agilidad, durante un par de minutos, para que todo tomase sabor. De ahí a las brasas… volvería allí ahora mismo solo por volver a comerme esas brochetas.

Un nuevo capítulo pendiente del año anterior, se dibujaba en los parabrisas. Apenas cargar los coches, temprano, pusimos los GPS mirando al Norte para ascender al Bosque de Cedros haciendo un arco que pasase por las Cascadas de Oum er Rabia. Y con un cielo despejado esta vez no esperábamos más problemas que el del número de kilómetros que intentábamos amortizar. El primer tramo de carretera fue rápido, y pronto nos sorprendimos ascendiendo el puerto de montaña al Norte de Errachidia que tan malos recuerdos traía del año pasado. Esta vez del tirón y sin incidentes. Pero a pesar del buen ritmo estaba claro que a las cascadas no podríamos llegar antes de media tarde, de modo que empezamos a buscar un sitio adecuado para comer, en una zona que pasaría sin problemas por un paisaje alpino; verde por doquier, vacas, abetos, ríos… el cambio de erg chebbi por aquella escala cromática nos tenía perturbados haciendo fotos a diestro y siniestro.

La primera pérdida de tiempo la tuvimos decidiendo el lugar para comer. Hacía viento, bastante frío, y era difícil parapetarse para estar un rato a gusto. Y (esto es una crítica) nos habíamos acostumbrado demasiado a montar mucho el tema de la infraestructura de las comidas, quizás por la necesidad de estirar las piernas más de media hora, y ya no concebíamos una comida rápida. Un detalle a mejorar.

Como a Juan y Maica se les hacía tarde y querían hacer noche al menos en Ceuta, nos despedimos de ellos en una aldea en la que buscábamos chiringuito para comer, sin éxito, y así dejamos el grupo en 8. Marruecos iba acercándose al final y apenas nos dábamos cuenta. No quiero dejar de elogiar a estos dos nuevos fichajes que se han mimetizado en el grupo haciendo gala de un sentido del humor fantástico, espero que sigamos coincidiendo en las quedadas.

Tampoco hubo suerte ni en un albergue de la zona de los lagos, pues pedían una pasta por comer, ni en otro abandonado que no llegaba a cortar el viento, por lo que avanzamos un poco más hasta una zona de río que estaba más abrigada, llena de pescadores que nos recordaban que era domingo. Ya había pasado una semana entera desde que llegamos a Essaouira. Comimos ligeros, y nos adentramos en una carreterita de montaña, que luego se hizo pista, y que al final desapareció bajo la nieve pasadas unas aldeas tremendamente aisladas, en un medio que ha de ser muy hostil en invierno. Otra hora perdida, pero paisajes que merecieron la pena.

Sobre el mapa, una alternativa más hacia las cascadas, que nos llevó por fin a la meta, pero entre unos cercados tan pedregosos que anduvimos apenas 5 km en media hora, temiendo por los neumáticos, Una vez más, mostrando una hospitalidad y servicialidad que en España no conocemos, un lugareño nos escoltó hasta la pista buena a pie, guiándonos por un camino que había desaparecido al no pasar nadie en años por él.

A las cascadas llegamos con las últimas luces. Cosa que por pocas me cuesta la cámara de video, que menos mal que sigue funcionando tras secarse de las consecuencias de un resbalón. Y es que avanzamos entre rocas hasta unas cascadas preciosas, escoltados por el improvisado guía de turno (dos nos querían cobrar, pero al más joven lo mandamos a hacer gárgaras, ya que hasta que no se llevó dos voces no quiso entender que no le íbamos a dar un dirham).

Tras ver el espectáculo, decidimos que lo mismo daba llegar a los cedros a las 22 que a las 23h, ambas opciones implicaban montar a oscuras, de modo que en uno de los pueblos del camino nos metimos en una carnicería de las que tienen terraza y brasas para comer, y nos pusimos a rebosar de brochetas de ternera, pollo, y cordero. Por 4 duros, una de las mejores cenas para mi gusto y el de los más aguerridos del grupo.

Carlos se instaló en un hotelillo de Arzou (bueno, hotelazo) y el resto montamos en los Cedros, entre unos árboles milenarios que a pesar de la oscuridad transmitían una solemnidad impresionante. Entre crujidos de ramas, aves que sonaban muy alto en las copas, y los inevitables hinchadores de colchones, fuimos preparando los maleteros – cama como tantas otras veces para pasar una noche en la que no veríamos apenas estrellas, a pesar de que el cielo estaba completamente raso. Eso sí, macacos ni uno…

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Día 13. Lunes. Bosque de Cedros – Chefchaouen

Dormí de un tirón. Ya por la noche nos habíamos esmerado en dejar los coches lo más horizontales posible, y no hubo problemas al respecto. Eso sí, hacía frío fuera del saco, y mucho más aún, fuera del coche. Me vestí, cogí la cámara de fotos, y salí por la puerta trasera izquierda a ver el exterior. Emilio y Loli habían sido los primeros, mientras a Javi y Nieves pude hacerles aun la foto dentro del saco. Pero el espectáculo estaba fuera, en forma de los primeros rayos de sol colándose entre las ramas de unos árboles, cuyas copas, que dejaban casi desnudos los troncos, empezaban a muchos metros de altitud. Los colores combinaban verdes azulados, amarillos dorados, y tierras oscuros, salpicados como en un cuadro impresionista.

El silencio lo rompieron unos viejos camiones rojos con plataforma que pasaron por la carreterita que dejamos atrás la noche anterior. Hasta su motor nos remontaba varios años atrás. Una vez más, nos había faltado tiempo para pasear entre aquello solemnes árboles. Otra vez será… Teníamos que recoger y salir, pues Carlos nos esperaba a las 10 en Azrou. Y estábamos tan escarmentados de lo que se prolongaban hasta las etapas cortas, que no queríamos confiarnos.

Y de camino empezamos a escucharnos por las emisoras. Ya estábamos de nuevo liándola, aunque cada día quedaba menos, no íbamos a dejar de disfrutar a tope. Al menos los que íbamos a seguir hasta el final, ya que Emilio se levantó diciendo que se subía un día antes. De modo que elegimos como punto de despedida un hermoso lago por el que habíamos pasado ya dos veces sin reparar en su existencia. Y era el año ideal para verlo, pues sus aguas lo habían ampliado hasta engullir unas porterías cercanas. Por lo que tras la partida de Emilio y Loli seguimos unos minutos más haciendo fotos en sus orillas.

En las fotos podéis admirar su belleza, nada más añadir que era de esos sitios en los que podríamos haber permanecido sin problemas el día entero. Pero había que seguir, y la próxima parada iba a ser en Fes. Hasta ahí íbamos bien de tiempo, de modo que paramos en una fortaleza de la ciudad a ver unas magníficas panorámicas de la antigua capital del reino.

Emprendimos la subida por el puerto de montaña que hay al Norte, y a partir de ahí ya empezamos a ir cediendo tiempo; primero en un mercado que cortaba alegremente la nacional, en el que solo nosotros parecíamos estar circulando por allí, mientras el resto simplemente quería vender los productos de los huertos cercanos. Cosa que nos tuvo casi 15 minutos parados. Luego avanzamos buscando un sitio en el que comer, sacando todos los aparejos, pero en vista de que había que parar a repostar, decidimos unirlo todo, y lo hicimos en un pueblo del itinerario, repitiendo el espectáculo de la noche anterior, pero esta vez cambiando pollo por kefta. A reventar…

Lo peor del trayecto fueron los kilómetros por el tramo que nos quedaba hasta enlazar con la otra nacional, la que sube desde Meknes, por el lamentable estado del asfalto. Los golpes que se llevaban las suspensiones en los rotos del asfalto eran mucho peores que los que nos damos en cualquier pista forestal. Y cada dos por tres teníamos que casi pararnos porque el resto de los coches no pasaban de 20. Pero no queríamos llegar a Chefchaouen de noche, por lo que con los dientes apretados aguantamos los golpes hasta el final. Tramo bueno, un ratito más y… por fin en la meta.

Al haber llegado tarde, no quisimos perder ni un minuto en buscar alojamiento, la medina nos esperaba, de modo que nos fuimos a lo malo conocido, con el mismo viejo pulgoso y desagradable, y con unos 20 Dirhams más que el año pasado… pero en cualquier caso mucho más barato que los siguientes en precio. De modo que una instalación rápida, y pa fuera.

La medina de Chefchaouen es un espectáculo. Entre azules, vemos desfilar por nuestros ojos todos los olores y sabores que se pueden imaginar. Sus fuentes, los rincones, las tiendecillas franqueando escarpadas calles, y los puestos ambulantes. Todo estaba igual. Así que repetimos el ritual de las garrapiñadas, los regateos, y la curiosidad que nos hacía tocar y remirar todo lo que se nos mostraba al paso.

Como teníamos más tiempo que el año pasado, subimos a la parte de arriba de la ciudad, por encima de la plaza del castillo. Y era casi más bonita que la inferior, con el aliciente de haber descubierto unas cascadas gracias a un paisano que nos la indicó. De modo que subimos hasta donde acaban las casas, el límite natural de río, para ver el último de los espectáculos que teníamos reservado bajo la luz del sol ese día. Me llamó la atención un lavadero idéntico a los que vemos en España.

Y seguimos allí sumergidos hasta la hora de cenar, entre callejuelas, haciendo fotos a oscuras, con las que os deleitamos ahora en diferido. La cena muy bien, de las de remate, pero sin cachimba, pues el personal estaba cansado. También hubo pasteles, de un pastelero ambulante que se pasó hasta tres veces hasta que se los compramos, a precio de risa. En fin, que con todo aquello embotellado en nuestras mentes, bajamos de nuevo a apretarnos en el Path, para ir hasta el descanso de nuestra última noche en el vecino del Sur.

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Día 14. Martes. Chefchaouen – Ceuta.

En el Hotel “Zouar” o Zurrape, que se podría llamar también, la verdad es que se duerme tan bien que no recuerdo ni qué lado de la cama me tocó. Debió de ser el cansancio.

Era el último día, las últimas horas, de modo que nos movíamos sin el empuje de cada etapa, el que nos llevaba de un sitio a otro en busca de lo que íbamos a descubrir allí. Como un ejército en retirada, fuimos recogiendo y avanzando hacia Ceuta, los 3 coches que quedábamos, con la mente llena de todo lo que habíamos vivido esos días, en los que todo estaba a la vez tan cercano y tan distante.

Pero somos como somos, y no íbamos a dejar de lado nuestra alegría hasta el último momento. Y así subimos, descubriendo una nueva autopista pasado Tetuán (un día nos tendremos que meter en la ciudad en la que he vivido 3 años) y muchas nuevas infraestructuras que, no obstante, no hacen que la aduana de Ceuta deje de ser tan pesada como ha sido siempre… nos separaron allí como es de rigor en estos trámites, y volvimos a encontrarnos, de tirón, ya en la cola de embarque, en plan moro, sin organización alguna pero con Alá de nuestra parte.

En Algeciras nos esperaba el último acto institucional del viaje, una comida rápida con la más grande del foro, que ponía en aquellas húmedas tierras el punto y aparte en esta ya serie de aventuras por Marruecos. Los abrazos y los “hasta pronto” ya os los conocéis, y no son nada nuevo ni relevante que aquí se deba contar; lo que queda tras este viaje, lo podéis intuir tras leer las líneas de este año. Intangible pero grande y fuerte, como las ganas de volver, es el sentimiento que nos une ya para siempre a los que hemos compartido camarote en este viaje.

Una vez más, hasta la próxima, Marruecos.

AFRICAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!

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