Marruecos 2008

“…Y fuimos llegando escalonados, como siempre, hacia nuestro faro, que en este caso fue el pueblo del buen amigo J Luís. Allí, en el aparcamiento del un centro comercial, comenzaron las risas, teñidas de nervios, parejas al comienzo mismo de esta historia.”

La ocasión había traído hasta la zona al gaucho del foro, ese que nos vende siempre la Quilmes , de modo que nos vimos las caras cenando en el Pollo Caponal Antera y Carmen con los niños, Adrián y Conchi con la Gauchita, Emilio y Loli, Carlos, Fernando, Javi (que para variar tuvo que llegar a base de wpt) Úrsula, y el que escribe esta crónica.

Tras la cena y las risas, nos despedimos y fuimos a dormir, que el día siguiente estaba lleno de experiencias que requerían un buen descanso.
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Día 15: Tanger – Marrakech

Aparecimos puntualmente en la glorieta del cantaor. Teníamos ya noticias de Luís, que había llegado directamente de Asturias a Tarifa. Así que fuimos es su búsqueda al puerto desde que zarpaba nuestro barco. Allí estaba el asturiano.

Una hora después de lo previsto, nos echamos a la mar cargados de ilusiones, mientras hacíamos cola para sellar el pasaporte en el mismo crucero. Solo nos quedaba una hora larga de pesada aduana para poder asegurar que estábamos en suelo marroquí. Tánger.

Dimos más de una vuelta, pues era sábado, hasta resolver la cuestión del cambio de dirhams, que finalmente fue en el puerto. Y sin más, salimos rumbo a Marrakech, pues teníamos por delante 600 km de autopista. Paradas para comer, mear, estirar las piernas… en las que nos fuimos encontrando con los amigos de granada que bajaban también “al Moro”, capitaneados por Juan Quijano. Como anécdota, una parada más que obligaron a hacer a Javi, los gendarmes, para preguntar a qué raid pertenecía. Si es que hay algunos que no pasan desapercibidos…

Entrábamos en Marrakech con el sol puesto hacía ya una hora, y a la iluminación artificial de las calles se sumaba la agitación del trafico de esta gran urbe, que tensó los nervios de más de uno. Divertidísimo esquivar aquella masa informe de conductores en todo tipo de vehículos, mezclados en calles que no paraban de estrecharse y ensanchar. Al fin, el aparcamiento del hotel, en el que entramos a la segunda, cuando acertamos a informar que veníamos al hotel concertado.

Y allí cenamos, sentados en metarbas mientras disfrutábamos –o nos acostumbrábamos- a la comida musulmana. La plaza Dja – el – Fna nos esperaba.

Con la luz que salía de cientos de puestos de zumos de naranjas y frutos secos, se abría ante nosotros una vasta extensión de piedra llena por completo de cuerpos agitándose, bulliciosos, llenos de vida, casi por completo habitantes de esta ciudad. Jugaban, apostaban, paseaban, charlaban, y tejían miles de historias en medio del tumulto. Lo rodeamos, lo penetramos y lo disfrutamos a la par que llenábamos de imágenes nuestras retinas, hasta llegar a la zona del zoco que permanecía abierta hasta bien entrada la noche. Los primeros regateos y ya éramos uno más en ese universo de olores, colores y sonidos metálicos, que es el centro de Marrakech.

Disfrutamos inundándonos de ese ambiente hasta que el cuerpo pidió la primera retirada, y volvimos al hotel de Focauld, con la alegría y el buen humor de siempre. Un par de fotos desde la azotea, las buenas noches, y, aun no recuerdo bien cuándo, me quedé dormido soñando con Marruecos.

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Día 16: Marrakech – Marrakech

Nos levantamos en Marrakech escalonadamente, y tras desayunar, nos echamos a recorrer sus calles en dirección a la plaza. Allí se enroscaban los cuerpos de las cobras como las calles de la medina, al ritmo de la flauta de sus encantadores. Y nos adentramos en esta en busca de los puntos más característicos de la ciudad. Entre un mapa impreso en papel, y el GPS de mano conseguimos desenredar el tramado llegando primero, a una antigua fuente, y luego a la plaza de las especias, que resultó ser un restaurante que yacía sobre un centro de artesanos. Nos encandiló tanto el estilo del local, que hasta cambiamos la cena por comida en hotel para poder relajarnos allí de noche.

Pero antes hicimos la visita a la Madrasa Ben Yousouf con su fundación-museo, quedando encandilados por la decoración y el estilo del patio, y por la distribución y el aire que se respiraba en las estancias. Allí estudiaron el Corán en celdillas, de dos en dos, distribuidos a lo largo de dos pasillos, uno a cada lado del patio de la alberca.

Volvimos a comer al hotel, probando como siempre un poco de todo, aunque ciertamente la calidad no fue la mayor que encontramos en el viaje; kefta, tallines de pollo y verduras, ensaladas varias, postres que se repetirán días después… a destacar el puding de huevo, eso sí.

No había tiempo para la siesta, de modo que a primera hora de la tarde estábamos ya regateando en la cola de las Kalesas, para que nos llevasen, en grupos, a los jardines de la Menara; una enorme extensión de olivos en la que se daba cita medio Marrakech a esas horas del Domingo. Sentados en la hierba, tocando los timbales con un ritmo frenético que alcanzaba cualquier rincón posible, merendando, jugando… miles de personas se fundían con nosotros en las últimas horas de calor de la tarde, en torno a la alberca. Dicha alberca, había sido mandada construir por un gobernante para aprender a nadar, antes de viajar a Al Andalus, pero sus dimensiones colosales nos evocaban una vez más el capricho con que se inspiran casi todas las obras del arte musulmán. Capricho que nos regalaba ahora a nosotros unas vistas magníficas del palacete de uno de sus extremos, tenuemente reflejado en las aguas turbias de varios metros de profundidad. Entramos en el palacete a contemplar las vistas desde arriba, bajo la atenta mirada de un viejo agrio que parecía tener más prisa por despacharnos que porque disfrutáramos allí del espectáculo.

Otra vez en calesa volvimos a Dja el Fna, ya que fue imposible parar ningún petit taxi vacío, y allí volvimos a disfrutar de uno de los mayores espectáculos que se pueden ver en la famosa ciudad, antaño capital del reino alauí: las vistas desde las terrazas que hay sobre la plaza. Tomando un zumo de naranja con vainilla y nata, exquisito, asistimos a la puesta de sol viendo el enjambre humano a nuestro pies, aderezado por el canto del almuhédano. No lo olvidaremos en la vida.

De allí volvimos a la terraza de las especias, callejeando y regateando por las tiendas como uno más, buscando las cosillas que nos faltaban y disfrutando de ese día de tregua entre dos etapas llenas de kilómetros. Aun llegamos con el tiempo justo de comprar en uno de los locales bajo el restaurante, de los más refinados de la ciudad, antes de disfrutar de una velada de absoluta tranquilidad casi en la penumbra, atendidos exquisitamente. Así demostramos que sabemos estar tanto en un sitio así como en un local familiar de lo más austero.

El regreso por las callejuelas de noche es otro placer que dejamos en varias fotos plasmado, y nos dio tiempo a regatear unas chilabas en una de las tiendas que cierra más tarde, aunque casi terminamos apedreados de tanto apretar precios. Un ratito en la terraza, breve por el cansancio, volvió a cerrar la etapa antes de quedarnos dormidos.

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Día 17: Marrakech – Oukaimeden

Lo cierto es que de Marrakech salimos bastante tarde para lo que estilamos en este tipo de aventura, pero la cercanía, la supuesta cercanía, a la estación de esquí de Oukaimedem, hizo que emprendiésemos la marcha con tranquilidad a pesar de la hora. Todo pintaba a que la subida iba a ser rápida y por asfalto, pero en cuanto vimos una pista a la derecha que indicaba nuestro destino, subimos por ella como alma que lleva el diablo. Envenenados estábamos tras más de 600 km de autopista, sin contar los recorridos por España. Y empezamos a serpentear por un camino polvoriento, en obras a tramos, con una vegetación que predicaba ya la cercanía de las altas montañas.

Pasamos un cruce con una tienda de comestibles en los límites de lo que entendemos por abastecimiento, y seguimos subiendo, poco después, por otra pista que salía a derechas, confiados en la señalización de la zona, aunque este cartel tenía más años que Matusalem. Al poco de subir unas zanjas ya nos pusieron sobre aviso. Luego más. Atranques. Eslingamientos. Y para colmo, lo que más nos preocupaba, zonas de piedras cortantes por las que de poder, habríamos pasado de puntillas. Afortunadamente no hubo pinchazos, pero llegado un punto decidimos retornar al ver que la marcha no pasaba de los 5 km a la hora. Aquello no nos llevaba a ninguna parte con un suv, y como Javi se solidarizó con el grupo, decidimos intentarlo por otra parte.

Bajamos  a la tienda, donde por fin dimos con algunas bebidas frescas, cosa que en Marrakech parecía no existir, y nos fuimos a una sombra a comer de pick – nick. Este año, con mesa y banquetas para todos, aquello parecía una comida de lujo, en tan privilegiado entorno. Pero lo mejor estaba por llegar. Una maestra armada con una vara apareció subiendo el camino que llevaba a la escuela desde la incipiente aldea, precedida de una pequeña legión de críos que no pasarían los 7 años ninguno. Como si de una marcha ordinaria se tratase, pasaron ante nosotros con su mirada asombrada, saludando cordialmente. Entonces me acerqué a la tutora y le ofrecí material escolar. La ocasión no podía ser más propensa, tan exagerada como su cara de agradecimiento. Y quedó en bajar a recogerlo cuando acabásemos de comer. Los niños empezaron pronto a rodearnos, y con sus risas consiguieron camelarnos uno a uno hasta sacarnos patatas fritas, montaditos, cacahuetes… y gorras.  Puntualmente, hicimos el intercambio de libretas y bolígrafos por sonrisas y agradecimientos, que nos llenaron de felicidad y nos entonaron para la etapa posterior.

Y seguimos nuestra ruta. Por pista fácil en menos de una hora estábamos ya arriba. Un lago artificial fue nuestra primera parada. La nieve estaba al lado. Espectacular. Nos acercamos después de zafarnos de los vendedores ambulantes al albergue, en el que habíamos intentado el día anterior reservar sin éxito, y, sorpresa, había hueco. Fantástico. En lugar muy correcto, con dos habitaciones en las que repartirnos como a nosotros nos gusta, en equipo, y aseos y duchas decentes. Solo faltaba el colofón, la cena. Y la señora del albergue captó a la perfección mis deseos. Con su voz ronca de francesa no falta de genio, nos indicó un lugar humilde para cenar, donde fuimos a reservar Javi y yo. Y no es broma si os digo que tuve que pedir un papel para apuntar los precios que me decía y darme cuenta de que no era un error. Al cambio, comimos una harira por 40 cts de euro, y tajines de carne por 1 euro por cabeza. Alucinante. Tras los sablazos de una ciudad cara como Marrakech, aquello empezaba a ser Marruecos en ese sentido también. Eso sí, humilde pero nos supo a gloria, a pesar de haber encontrado poca carne para guisar a esas horas de la tarde.

Pero antes de cenar subimos a un collado en el que pudimos contemplar, parejos a un grupo de sherpas, lo ínfimamente pequeños que podemos llegar a ser entre aquellos picos. Oukaimedem es parada obligatoria en la próxima bajada Al Moro. A la bajada, llenamos de hielo las neveras, operación que pronto dio sus frutos. Y tras los avatares de todo el día, con algún bollo en el tubo de escape incluido, la vuelta al albergue nos supo a gloria. Una ducha, y tras comprobar con sorpresa que había wifi, os regalamos los ojos con la panorámica de Javi entre altas cumbres que tomé unas horas antes. Volveremos a pisarlas.

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Dia 18: Oukaimedem – Boumalne

A primera hora del día, ya estábamos de desatranques. Emilio se afanó en enderezar el protector que por pocas sí muere por la causa en la etapa anterior, mientras su maza corría peor suerte. Con la experiencia de esta, y la sapienzia de que a la menor nos liamos, de Oukaimdedm salimos más temprano. La etapa era larga, y así se aconsejaba. Eso sí, con el permiso de Fernando. Aquí habría de hacer un inciso, y es que a lo largo de las etapas anteriores, habíamos aprendido aquello que del otro no sabíamos, con la lógica de compartirnos casi las 24 horas del día. Si alguno recuerda una película pésima de hace casi 20 años, de un tal Dr. Kellog, que recomendaba pasar por el dispensado 3 veces al día, entenderá de qué estoy hablando.

Pero como eso también estábamos próximos a controlarlo, pronto andábamos ya lejos de la estación de esquí. Como etapa larga, las paradas debían estar calculadas, nada de ir haciendo fotos cada 3×4. Si en España nos juntamos para no correr más de 70 u 80 km, entenderéis a qué me refiero si en Marruecos los 300 km a veces son pocos. Eso hemos de tenerlo muy en cuenta a la hora de comprender los criterios que se siguen al organizar un evento de estos. Y uno de los preceptos con que se marcaban las paradas era para indagar los lugares en los que habíamos encontrado puntos de interés, de lo cual se encargaba Javi. Así, paramos en una garganta de un río aparentemente bonita, pero que, al descender a indagar, nos mostró una gruta espectacular bajo el mismo paso de la carretera. No podíamos obviarla, y le dedicamos más de media hora. Las fotos hablan por sí solas; solo os indico, para ver las proporciones, que busquéis en ellas figuras humanas en tercer plano. Alucinante, ¿verdad? Incluso dimos con un ejemplar de veloci-raptor oriundo de aquellas tierras.

Más millas, y la siguiente parada para comer, eso sí, tras buscar sombra, que el tiempo lo aconsejaba. Cada día montábamos mejor el chiringo, y con la pata de jamón que venía de Asturias, sólo nos faltaba ya una guitarra para rematar la faena.

La tarde avanzaba, y el destino seguía lejano. Lástima, porque la etapa posterior a la comida nos hizo pasar por unas gargantas que quisiéramos haber recorrido más detenidamente. Otro lugar al que volver. Lo más tremendo de aquellos kilómetros de pista fue comprobar que los transportes públicos de la zona los usaban como ruta habitual, para comunicar aldeas y llevar adultos y estudiantes de una a otra. Nos sentíamos parte de la caravana del ir y venir diario de aquellas personas.

Abortando con nuestro pesar los últimos tramos de pista en favor de ganar tiempo por asfalto, y evitar que cayese la noche pisando tierra, fuimos avanzando con más premura hacia Boumalne, dejando atrás Ouarzazate para volver en la próxima bajada. Y ya en nuestro destino, buscamos “Le Soleil Bleu” pensando que si no estaba mejor que el hotel del año anterior, el de los timbales, quizás volveríamos a pasar la noche allí. Pero una vez más, la guía que llevamos siempre a cuestas, dio la campanada. Era chocante ver a las chicas pegar gritos de alegría tras entrar a las habitaciones… no se si hemos hecho bien en generalizar la costumbre de que den el visto bueno a los alojamientos, pero al menos algunas veces, como esta, se amortiza… yendo emparejado, claro. Aunque  creo que en este viaje todos lo fuimos… ejem!… Africaaaaaa!!!!

De remate final, y tras preguntarlo explícitamente al encargado, hubo concierto interactivo de timbales,  tras una buena cena en la que nos explicaron que en Marruecos solo se enfrían las bebidas en verano… así podíamos hartarnos de repetir siempre aquello de Tres froids! Tres froids!

El ritmo, las percusiones, las parejas, y el cansancio del día, nos llevaron a la cama una vez más, llenos de Marruecos.

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Día 19: Boumalne – Erg Chebbi

Ya era costumbre pedir el desayuno a la primera hora a la que lo servían en los lugares en que estábamos alojados. Y en esta etapa queríamos hacer muchas cosas… además de llegar a la arena. Que era el plato fuerte del viaje. Salimos pues de Boumalne por asfalto en dirección al Este con tantas ganas de desierto, que nos dimos cuenta de haber dejado atrás las Gargantas del Todra 50 kilómetros después. Ya no era plan de volver, de modo que decidimos aprovechar y seguir aproximándonos al destino como único objetivo. Y así es comprensible que pronto estuviésemos en las llanuras esteparias y cada vez más secas que preceden a la zona desértica. El asfalto se hizo camino, y las ciudades aldeas, que subsistían del pastoreo y de la poca agua que dejaban los oasis. Vimos señales no obstante de lluvias no muy lejanas, en forma de charcos en los que había proliferado la vida, en forma de renacuajos y larvas de insectos.

En una de las aldeas, de una forma completamente improvisada, paramos en su escuela, que consistía básicamente en dos aulas prefabricadas bastante viejas, y un pequeño edificio anexo. En una de las paredes visibles desde el corillo que formaban las naves anteriores, volvían a aparecer los cuadrantes pintados que, a modo de censo, informaban de los lugares a los que había que acudir a votar. Aparcamos los coches y me acerqué a la puerta de la clase que estaba más cerca, abierta, en la que una maestra con pañuelo enseñaba matemáticas a una veintena de niños y niñas mezclados. La miré, y le pregunté si necesitaba material para la escuela. A lo cual me respondió con una sonrisa y diciendo que le vendría francamente bien. Sacamos entonces varios cuadernos, bolígrafos, lápices, y algunas bolsas de ropa, y entramos con ellos a la clase. Los niños nos miraban sorprendidos, y la maestra me pidió que repartiésemos el material nosotros mismos, pero respondimos que preferíamos que lo hiciese ella misma con su criterio. Me sentía francamente bien, pero la mujer, que quería cedernos de un modo u otro el protagonismo como muestra de agradecimiento, me dio una tiza roma y pequeña y me mostró la pizarra, de repente, ante el más profundo de mis asombros. Me encontré, allí, delante de unos niños que estaban teniendo la experiencia más chocante en muchos días, en una clase tan sencilla como bonita y curtida por el paso de los años, entre muros pintados y decorados con las letras de dos lenguajes tan distintos, y apenas pude escribir una frase en español, y traducirla al francés para que pudiese decírsela a los niños. Con la voz quebrada por la emoción. Y luego pude escucharla repetida en árabe, a coro, diciéndonos que “ellos también estaban encantados de estar allí con nosotros”. Aún ahora las lágrimas me afloran, de haber encontrado aquel día y en aquel rústico aula, esa sensación que nuca podré describir surgida del choque de dos culturas, tan próximas y lejanas al mismo tiempo. de aquel intercambio entre maestros, niños, y amigos que jamás olvidaré.

Salimos entonces al exterior, y las chicas repartieron caramelos ante la alegría de los chavales. Fotos, y cuando íbamos a emprender la marcha, apareció un señor de unos 45 años un poco serio, quizás molesto por la interrupción de las clases. Habló brevemente con la maestra, y se dirigió a mi coche. Me contó entonces que era el director, y se interesó por nuestra iniciativa, extrañado de que lo hiciésemos por voluntad propia y ajenos a cualquier organización. Luego hablamos de su país, de la educación, de sus 7 escuelas, de la edad de su alumnado, y acabó pidiéndome la dirección agradecido. Espero recibir algo de aquel lugar este curso… ya os contaré.

Con lágrimas en los ojos y sin apenas hablar, emprendimos la marcha en busca de un lugar adecuado en el que comer, y vaya si lo encontramos, a la sombra de un árbol espectacular que yacía dueño del entorno que lo rodeaba. No sin antes hacer una parada técnica a cambiar una rueda pinchada en el coche de Carlos. Durante la comida tuvimos la presencia de un pastor, que se acercó a por algo de comida y galletas, y que quiso compensarnos con un te en su tienda… que debíamos haberle aceptado para tener otra experiencia más que contar. Pero simplemente esperamos a que Fernando saliese de detrás de un matorral para reanudar la marcha.

Nos acercábamos poco a poco a la arena. Y hacía acto de presencia a veces en la cuneta y los pies de algunas palmeras, en el oasis del último pueblo. Como si quisiese tomar poco a poco todo aquello que la rodeaba. Algunas llanuras más, y, por fin, las dunas. Allí. En el horizonte. Rojizas. Móviles e inmutables al mismo tiempo. Esperándonos con la neblina que levanta el viento en la tarde tras una tormenta de arena. Nos dirigimos directamente al lago que teníamos cerca de la zona por la que habíamos entrado, en dirección al Pueblo Negro de Merzouga. Allí había una extensión de agua que jamás imaginaríamos encontrar en pleno desierto. Se nota que es una zona muy poco poblada. ¿Cuánto tiempo resistirá así? Llenos de experiencias, exhaustos, llegamos a nuestra meta y entramos a tomar el te a cambio de dejar material escolar y ropa, a la par que disfrutábamos del concierto de timbales y platillos de los africanos, como ya hicimos el año pasado. Y allí estaba nuestra huella impresa en el cuaderno de firmas. Ritmo, agitación, danzas, protocolo que se repetía visita tras visita sin apenas cambios, hasta convertirse casi en un negocio a la par que en costumbre. Al salir, los niños, en fila sobre la acera, recibieron sus regalos antes de que partiéramos. Descubrimos por una ONG de Sevilla que allí también se puede dormir, y el cabecilla de la aldea nos dejó unas tarjetas por si lo barajábamos en otra bajada.

Solo nos quedaba llegar al Albergue de Erg Chebbi ya a oscuras, en aquella zona en la que el concepto carretera había desaparecido del vocabulario. En los bordes de Erg Chebbi, planos y salpicados de tierra volcánica, cualquiera que traza una línea con su coche está haciendo un camino. Las líneas más marcadas acaban configurando una red infinita de trayectos que has de ir sorteando y escogiendo para acercarte a tu punto de destino, sin que ninguno te lleve a él directamente. Por lo tanto, llegamos a separarnos, mezclarnos, buscarnos y encontrarnos con el papel imprescindible de las emisoras, hasta llegar en una carrera frenética y divertidísima cuando la adrenalina ya lo es todo en nuestros cuerpos. Bienvenidos a Erg Chebbi.
En el albergue, Hassan nos recibió y nos colocó en habitaciones similares a las del año pasado, algunas repetidas, con la diferencia de que aquella vez todo estaba lleno hasta los topes de turistas, principalmente españoles. La cena de buffet fue casi una odisea, pero al final comimos y contratamos el guía para el día siguiente. Contrato en el que por pocas me mete mano el que resultó ser el dueño del albergue-hotel… costumbres del país.

Para terminar la jornada, un rato en las mesas que había sobre la primera de las dunas, allí, en la arena fresca, que se me resbalaba entre los dedos sin dejar huella mientras charlábamos en la oscuridad. Otro día que restábamos a nuestra aventura. Y nos fuimos a dormir expectantes

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Día 20: Erg Chebbi – Erg Chebbi

Había llegado el día. Y como todo día en erg chebbi hasta la fecha, comenzaba por una madrugada para ver salir el sol por detrás de las dunas. Nos apostamos con las cámaras, y fuimos rompiendo el silencio solamente con sus obturadores, a la par que la luz anaranjada de la arena nos iba inundando por dentro y por fuera. Así llegó la hora del desayuno, que por ser tan temprano no tuvo las apreturas de la cena del día anterior. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos con nuestro guía, Ibrahim, junto a los coches, repitiendo el protocolo de todas las mañanas: calentar motores, colocar la antena de las emisoras, preparar cámaras, y dejar a mano el material de desatasco.

En marcha. Ibrahim se montó en mi coche, y nos acercó en primer lugar a la zona de los lagos en la que ya habíamos estado el año pasado. El nivel en estos era similar. Íbamos comentando la estrategia, de subir por una zona de dunas hasta uno de los oasis interiores de Erg Chebbi, pero una pregunta del guía me mosqueó ya tan temprano: “¿Dónde está la otra palanca que hay aquí?” “¿La reductora?” “Sí, la reductora”. “No hay reductora, solo hay bloqueo central con este botón.”. A lo que me respondió con silencio, pero sin modificación de planes alguna.

Seguimos pues avanzando a la vez que rodeábamos ligeramente de Norte a Sureste la masa arenosa, limitándome a trascribir al volante las indicaciones puntuales de Ibrahim, mucho más escuetas que a las que me acostumbró nuestro guía el año pasado, Aziz. Era sencillo, pero se respiraba una calma tensa, prefacio del día que nos esperaba. Poco ruido por las emisoras. Y de repente, sin apenas darme cuenta, como cuando no es uno el que lleva el volante, me encontré subiendo y bajando dunas. Un hormigueo recorrió toda la espalda, pero acaté lo que tenía delante acelerando como sabíamos que había que hacer en cada subida… en teoría. Fueron apenas 5 minutos, con el motor revolucionado, ahogado por el esfuerzo que encuentras en la arena, intentando ir tomando las opciones más sencillas, y sobre todo con una idea en la mente: No parar, no parar, no parar… Solo nos había dado tiempo a pulsar los botones del TCS y del bloqueo, todo había sido improvisado, la presión de las ruedas seguía en 2,5 kg… y el silenció se rompió por la emisora: “¡Me he quedado. Me he quedado!”. Aquello era contrario a “No parar”, y para colmo, la mano de Ibrahim estaba en ese momento apuntando hacia una duna con dos quads en la cesta, entre los cuales no cabía el Tucson. Permanecí a la izquierda de esta, y sin saber muy bien ni lo que hacía, embestí otra duna paralela para ir a parar al mismo lado, pero sin medir la inclinación de esta. Más que una desaceleración fue un choque contra la arena. Y el Tucson quedó parado con una rueda enterrada y otra en el aire. Inútil intentar salir, pues me hundía aún más. Así que salimos del coche a ver el panorama del grupo. 3 Tucson atascados y un Jeep para sacarlos. Bonito comienzo de dunas.

Creíamos que la primera hora del día era la mejor de la mañana, pero hay más factores que influyen en esto. Si la noche había sido ventosa, la arena estaba depositada en las faldas de las dunas y allí era muy blanda, apenas se podía escarbar. Y la presión, la presión de los neumáticos era definitiva. ¿Por qué no nos había anunciado que íbamos a entrar en las dunas para bajarla? Pronto nos dimos cuenta de que este hombre apenas se enteraba de nada.

Para Javi desatascar los 3 tucson no fue mucho problema, una a uno, hasta llegar al mío. Reemprendimos la marcha, y  me paré dispuesto a bajar otra cresta para que el coche no se volviese a quedar. Carlos, lo hizo al lado mío… al lado malo, porque pilló una pendiente a derechas que le volvió a dejar clavado. Y descubrimos un nuevo problema de las dunas; hemos de parar cuando empezamos a bajar, pero eso en un coche es sencillo; en 4, no nos podemos quedar en línea, pues el resto ya se queda con la pendiente hacia atrás. Y no siempre cabremos bien en paralelo a la cresta. El de Emilio sí que cupo, mientras al Jeep parecían no preocuparle mucho esas vicisitudes.  Había pues que desatascar otra vez, y los nervios empezaron a tensarse al ver que a los coches les costaba mucho andar por allí sin reductoras.

Javi cogió a Carlos en este caso desde detrás, para evitar que cayese en el talud que tenía a derechas, y empezó a tirar. Emilio y yo observábamos a la derecha del coche que intentaba tirar poco a poco, cuando de repente algo saltó despedido del guardabarros. “¡Un grifo!” Fue lo último gracioso que dijimos en un buen rato. Y sí, la cruceta de la rueda delantera derecha, partida, era algo así como un grifo macizo de una aleación con textura de baquelita. Acabábamos de cambiar el papel de rescatador por rescatado. Y un Tucson no podía tirar de los 2300 kg que pesaría en esos momentos en Jeep, a plomo, sin que este apenas se impulsara. El paseo por las dunas se había convertido en un problema, y la ilusión de probar el Wrangler en esas condiciones en un fiasco. Solo quedaba la opción de buscar ayuda. Y los móviles allí no daban llamada. Así que Miramos a Ibrahim, y decidimos que bajaríamos en el coche de Emilio, él y yo, a por alguien del albergue con un TT. Pero había que salir de allí en un solo coche, sin opciones a volver a atascarse, y habría entre 1 y 2 km de dunas hasta la zona de arena fácil.

No quisimos arriesgar, y a base de walky, Carlos y Javi fueron abriendo paso a pie con Ibrahim más cerca del coche. Nervios, indicaciones a veces contradictorias, el hecho de no poder atascarnos más, y la tesitura de hacer caso a mi copiloto de siempre o a un nativo estuvieron a punto de enfadarnos aún más, pero pronto llegamos a una zona sencilla; bajar de Erg Chebbi era pan comido comparado a subir, aunque en ambos casos hubiese que encaramarse de vez en cuando a la cresta de una duna. Subió el musulmán abordo, y nos fuimos alejando junto a la recepción de nuestros medios. Llegamos a la zona fácil, y lo comuniqué por la emisora a la par que volvía a estar sereno. Así fuimos avanzando con Carlos de fondo, 3 ó 4 km hasta que me pareció escuchar que había llegado ayuda por otro lado hasta los coches. La recepción era malísima, de modo que paré el coche, y metí la cabeza bajo el volante para escuchar mejor. La tesitura era evitar traer ayuda del albergue, si la llegada era suficiente, para no tener que pagar “por nada”. Y tras varios intentos conseguí entender que lo que había llegado era suficiente.

¿Suficiente? Volvimos con el coche hasta la zona de pista fácil, e hicimos el resto del camino por las dunas a pie. Al llegar, allí estaba parte del destacamento del Desierto de Los Niños, una veintena de TT con reductora casi todos y muchísima gente. Las chicas, que habían llegado a llorar por la situación en que nos había  metido el improvisado guía, estaban ahora eufóricas, como cuando llegaban refuerzos en las películas de guerra.

Y esa fue la mejor clase práctica que pudimos ver. La que nos faltó para haber superado eso incluso en los Tucson. Nos llamó especialmente la atención cómo se movía el Santafé de la Autoverde, cogiendo inercia a base de hacer la paellera subiendo poco a poco la duna. De libro. Habrá que actualizar nuestro curso de 4×4. Saludé y casi dejamos hacer para sacar en un par de intentos al Jeep, hasta que ya en la zona de descenso bajó por sus medios hasta el coche de Emilio. Y por supuesto al de Carlos, que había quedado en una situación comprometida. Dimos mil veces las gracias, A Ignacio y su equipo. Allí aprendimos también que no se debe eslingar marcha atrás cuando el atranque es mayúsculo… al menos sin dar un tirón. La inercia. El resto ya sin problemas. Hasta abajo. Y como las ganas se habían esfumado, volvimos al albergue para comer.

Allí no había colas, pues toda la gente estaba en la arena. De modo que pudimos descansar de la tensa mañana, y por siesta montamos un chiringo como los de tantas veces. Había que enderezar el cubrecárter de Carlos, que ignoramos cómo, en la arena, se había dado la vuelta como si fuera de papel. Quedaba lo mejor del día. Ignorando las recomendaciones de Ibrahim -que se sentiría en deuda por el fracaso de hacía unas horas- decidimos dunear, en las inmediaciones del albergue, para ver qué demonios había que aprender para enfrentarnos al más complicado de los obstáculos en TT. Y vaya si pudimos experimentar. Nos había faltado esa práctica para que la ruta hubiese sido de otro color. Aunque no faltó algún atranquillo, pero de los divertidos, los 4 tucson (por la mañana habíamos dejado con acierto el de Luís para no alargar la caravana demasiado) fueron evolucionando duna arriba, duna abajo, ensayando la paellera, dónde parar, la inercia necesaria, los movimientos de volante, mantenernos en las crestas, y hasta cómo levantar más arena para las fotos. Era tal el jolgorio que se nos sumó un Land Cruiser XKR de un alegre malagueño, y nos permitió (con su atranque) aprender a eslingar a semejante vaca con 3 tucson, ya casi a oscuras, y ayudados de su cabrestante. Digamos que hicimos un “ancla coreana”…

Risas, fotos, y volvimos al albergue a repostar nuestros cuerpos. No sin antes darnos un buen revolcón en la cultura del regateo, con los bereberes que ineludiblemente nos habían rondado por la tarde. En medio de una pequeña pero fría tormenta de arena, y a la luz de las linternas. Inolvidable. Después de tanto vivido, creo que apenas recuerdo el final de esa jornada…

PD. Tengo un mensaje de Nacho Salvador preguntando qué tal se dio el regreso… Le daré el enlace  para que vea las fotos cuando hayamos terminado de hacer la crónica.

Gracias, Nacho.

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Día 21: Erg Chebbi – Midelt

El día amaneció bastante nublado. De hecho, durante la tarde anterior y la noche cayeron algunas gotas, en el desierto. Pero fue al emprender la marcha, cuando vimos que íbamos directamente a la zona más negra del cielo. Recordamos entonces las fotos que había puesto nuestro forero – ciclista de la tormenta que el año pasado. Y que una tormenta de esas podía romper muchas infraestructuras del camino, de modo que no había mucho tiempo que perder.

Efectivamente, un puente a la altura de Rissani, estaba desbordándose ya, de modo que no sería de extrañar que horas más tarde rompiera. Intentamos subir por una carretera que ascendía a una gran presa, esquivando con ello entrar en Errachidia, pero estaba cortada. Así que hubo que dar la vuelta en una zona de barro bastante rojizo, que ponía en evidencia, que hay pistas en Marruecos que mojadas pueden suponer un obstáculo bastante… divertido. Pronto nos aclaramos y dejamos atrás la ciudad en dirección a un puerto de montaña que había tras pasar un gran pantano. La temperatura bajó bruscamente, la llovizna se tornó agua nieve, y empezamos a oler a combustible cerca ya del final de la subida. Todos íbamos pendientes del coche de Javi, en cabeza, y del ruido de su palier delantero, que rozaba sobre todo al girar el volante. De modo que cuando se paró bruscamente pensamos que era algo relacionado con la trasmisión. Pero por la radio nos dijo que se había quedado de pronto sin potencia. En medio de aquel día inclemente, medio nevando, bajados allí junto a su capó en la cuneta, pudimos ver cómo salía gasoil a chorros tras la rueda delantera izquierda. Solo con el contacto dado. Abrimos, investigamos, y apenas pudimos ver de dónde provenía, pero todo indicaba un manguito. Como el tiempo estaba de esa manera, decidimos llamar y esperar a la asistencia, y entramos en una especie de letargo a la espera de poder al menos salir a indagar algo más sin ponernos chorreando.

Entre llamadas, vimos pasar la caravana del desierto de los niños, pero no nos atrevimos a detenerlos, informando simplemente de lo que ocurría por las emisoras. Una hora. Al rato, pasó en esta ocasión la caravana de Juan Quijano; habíamos sido los más madrugadores, con nuestro propósito de dormir en los cedros y llegar con tiempo de pistear por allí. Y como aquello no parecía tener solución, decidimos pedirles ayuda por las emisoras. Bajaron entonces a nuestra posición y les informamos de lo ocurrido. Ellos también habían roto algo casi todos; parecía que este año Marruecos se había puesto más exigente. Desmontamos el guardabarros del coche, localizamos el manguito defectuoso, y lo suplementemos con otro que llevaba Javi y abrazaderas. Lo cual nos permitió bajar de nuevo a Errachidia, ciudad militar y la más grande de la zona, a terminar de arreglarlo. Agradecidos por la ayuda prestada.

La asistencia, a todo esto, seguía sin llegar (no parece servir para nada en Marruecos), así que montamos un dispositivo para llevar a Javi eslingado desde mi tucson, con los otros señalizando delante y detrás y sin pasar de 50 km/h. Él era el encargado de frenar y yo de tirar, para mantener siempre la eslinga tensa. Hasta una gasolinera en la que paramos para evacuar cagaleras alguno, y localizar un taller el resto. Un lugareño nos llevó cortésmente (y sin propina, que ya tiene mérito) hasta un taller de película de terror, especializado en Peugeot, y allí dejamos una parte del grupo, Javi, Carlos y Fernando, con la reparación, mientras el resto buscábamos comedero.

Dicen las malas lenguas, que en ese paréntesis, Fernando, que no tuvo en gracia desocuparse a gusto en la gasolinera, solicitó lo propio al mecánico de tan ilustre y grasiento taller. Respondiéndole este, sobre un lugar tras la escalera en el que había un cubo para aliviarse. Don Fernando Primero de Hyundai4x4, no atinando en ver lugar adecuado aquel cubo para dar rienda suelta a la tormenta que llevaba dentro, huyó del lugar y se dirigió presto a Don Carlos de Pamplona, suplicando por su vida: “Carlos, sácame de esta infiel ciudad, llévame al campo”. Y por campo de batalla valió un descampado aledaño donde por fin los virus fueron expulsados, eso sí, temporalmente, de la zona ocupada.

Entre tanto, el otro manguito, reparado. Nos juntamos a comer en un restaurante nuevo, de un marroquí – catalán, en el que pudimos reponernos, relajar las almas, y algún que otro  intestino más. Era tiempo de partir a no dar del todo por perdida la etapa. Y conseguimos alargar la marcha hasta Midelt, ya que de los Cedros llegaban noticias exageradas por completo de nieve y barro. Pero así pudimos ver una de esas ciudades en las que no merece la pena parar en Marruecos. Un hotel sencillo pero correcto para compartir habitaciones, unos garajes para guardar 3 de los 5 coches (vaya pérdida de tiempo) y una charla con un joven sobre política y sociedad en este país, fueron lo más destacable del final de la jornada. Yo, con los avatares, olvidé hacer fotos, de modo que si alguien quiere prestarse a añadir algo más esta etapa, abierta está…

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Día 22: Midelt – Cedros – Chefchaouen

Nos marcamos el objetivo de desayunar en los Cedros, y, como Midel estaba ya más que visto, apenas rescatamos los tres coches del antro en que los habíamos metido, salimos a escape. Además, era el cumpleaños de Loli, y no faltaron alusiones y canciones a lo largo de todo el día. ¡Felicidades! De camino teníamos todo el telón de fondo de la nieve que había caído el día anterior, ojalá hubiésemos contado con un par de días más para disfrutarla. Pero el regreso es el regreso, y las etapas se iban tiñendo de Adiós poco a poco. De camino: los exuberantes paisajes de esta zona del Atlas, con bastantes albergues ya próximos a los cedros, que dan bastantes ideas de cara a futuras ediciones. Y es que este viaje a Marruecos se me antoja ahora en la distancia, demasiado “hotelero”…

Llegamos a los árboles santos, y no había ni la nieve ni el barro que nos habían comentado en la etapa anterior. Sin problemas habríamos hecho noche allí. Nos desplegamos en torno a la zona de puestos que hay junto al cedro más viejo, y sentimos el poder que desprenden aquellos bosques que ya lo han visto todo pasar. Allí hay que volver de nuevo con tiempo para andar y perderse entre troncos, porque el ratito del desayuno y de regateo se nos hizo demasiado breve.

La próxima meta era Volúbilis, donde pretendíamos hacer la comida. Y como todo eran carreteras de buen asfalto, no se hizo demasiado largo. Es más, pronto cambiamos los paisajes del Atlas por los del Rif, y en un abrir y cerrar de ojos, estábamos viendo desde arriba las ruinas de aquella prodigiosa ciudad romana. Dicen que su prosperidad se debía a la industria que allí se desarrolló en torno a la conserva de pescado; lo cierto es que sus dimensiones hoy en día ya sorprenden, pero sin hacer sombra a la joya que mejor conserva: sus mosaicos. Junto a otros muchos restos del arte romano que la hace característica, lejos de los cánones a los que nos acostumbran los libros, y demostrando que nada es rígido en este mundo que es África. Ni siquiera las tarifas del los aparcamientos, pues nos quería sacar un guarda lo mismo por aparcar que por entrar al monumento… y con las ganas se quedó.

De Volúbilis a Chefchaouen no tardamos mucho más, siempre ya por carreteras, de modo que con luz de día andábamos ya callejeando por su enmarañado trazado. Metí la pata en una cosa, que ya no me ocurre más, y fue en hacer caso a mi copilota queriendo buscar otro alojamiento más lujoso que el que había reservado desde España, y en eso perdimos media hora más por sus calles, ya que el atasco de tan solo 5 Tucson en una zona tan densa fue fenomenal. Deshecho el entuerto, vimos que el Hotel no estaba nada mal, sencillo pero correcto y con los baños nuevos, y nos instalamos. Todos menos Loli y Emilio que pensaban darse un capricho en ese día tan especial… y subieron a un hotel con unas vistas de la ciudad inmejorables.  Mientras tanto, los demás comenzamos a disfrutar del ambiente montañoso del Rif, de su bullicio comercial, de sus productos curiosos (probamos una Kiche de Garbanzos muy curiosa, y unos garbanzos garrapiñados increíbles) y de sus precios más bajos que los del resto del viaje. Ahí perdí la ocasión de hacerme con un timbal…

La medina, preciosa, como la recordaba; y la plaza alta, donde se situaba el parador, ideal para hacer la parada de la cena, y ahí nos reunimos, gracias a la buena cobertura de nuestros walkys, con Emilio y Loli una vez se hubieron instalado. Así repostamos con unos violines de fondo a cuyos intérpretes ganas nos dieron de matar, pero aguantamos hasta el postre, y preguntamos por la cachimba que tantas veces habíamos bromeado durante el viaje. La tuvo que traer de fuera, “sabor manzana”, pero estoy seguro de que hoy tiene ya compradas 3 ó 4 por el éxito que hubo: todo el que la veía en nuestra mesa la pedía para la suya. Y así estuvimos relajados en metarbas hasta no se qué hora. Sí, la de bajar a descansar. Todos con la idea de que a Chefchaouen, también hay que volver…

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Día 23: Chefchaouen – Volúbilis – Algeciras.

Los morros de nuestros coches no paraban de mirar hacia el exterior de las carreteras, a la vuelta de Chefchouen dirección Tánger. En un principio la intención era la de trazar un recorrido que atravesase el Rif, para despedirnos de Marruecos cruzando pistas forestales. Pero los ánimos tras las averías y los devaneos hoteleros del día anterior, eran menos optimistas que los planes iniciales. De manera que fuimos avanzando poco a poco hacia el puerto, entre comentarios por las emisoras, que frecuentemente coincidían con la pinta que tenía tal o cual pista tras verlas por el parabrisas. Estábamos cansados, sí, pero desde mi experiencia, este Marruecos ha sido más educativo que el anterior, en la misma medida en que también se ha mostrado más accidentado en conjunto. No todo ha de ser maravilloso en esta vida. Al menos no en el mundo real.

Hoy, a diferencia de hace un año, no sé si aguantaré otro en volver al país alaouíta, porque las ganas de más no se resumen solo en haber podido dunear durante más tiempo. O haber pisado nieve aquí o allá. Si bien hace un año volvimos de una especie de sueño, en el que todos los hechos se habían encadenado de una forma precisa y en cierto modo predecible dentro de la sorpresa, este año hay fragmentos sueltos que conforman una historia mucho más compleja, larga, y difícil de narrar. No os puedo trasmitir a los que no habéis estado este ansia que, supongo comparto con los compañeros, y que surge a veces cuando crees que puedes mejorar algo que has hecho. Algo que empezó perfecto y que ha carecido de los dos o tres golpes de suerte necesarios para culminar también como una de esas historias que crees irrepetibles, desde el mismo día en que las acabas.

Son las mismas ansias que me tientan cada día, al acabar de escribir estas líneas, a coger el Ozi y hacer ya las etapas del año que viene. Quizás con el ánimo de que así se sucedan antes. Porque ha sido una historia abierta. Y a veces creo que he de volver a escribir su final. Agadir. Ouarzazate. Oukaimedem. Las dunas sin guía. Chefchaouen. Las Gargantas del Todra, y muchos rincones que ahora tengo delante de los ojos, en unas revistas que compré en el albergue de la francesa, son lugares que me están llamando a gritos, que se han quedado esperándonos este año. Y no sé decirles… hasta dentro de otro año.

Esperaba que embarcásemos en el segundo barco de Tánger a Tarifa, pero el regreso fue tan rápido, que llegamos con antelación incluso para el primero. Aunque aún quedaba la aduana. Más escarmentados cada vez, entre tres cogimos los pasaportes de todos mientras los coches en la cola se iban acercando al puesto de control, y en pocos minutos estaban sellados. Emilio y Javi llegaron en un momento a la cola de embarque, que daba la vuelta al barco y volvía, para absorber la longitud de la caravana de coches. Yo creo que nadie allí sabe cuántos van a entrar por barco, ni cuándo va a cortarse la cola. La cuestión es que cuando los otros tres salimos de las rejas, por alguna razón que aún desconozco a ciencia cierta, nos encaminaron a una segunda cola, perpendicular a la anterior y más corta. Parecía ser que había un Sorento averiado y que detuvieron la entrada hasta que llegó una grúa, pero no estoy seguro. Por los walkys hablábamos de que a la cola de Javi le habían cerrado el acceso al barco con una valla, lo que entendimos como que se había llenado el barco. Pero la segunda cola seguía moviéndose hasta que entramos dentro pasando junto a ellos. El revuelo fue tremendo, pitadas, griterío… varios grupos de coches se vieron separados por culpa de esa aleatoriedad, no solo el nuestro. Y ya arriba en la cubierta de popa, pudimos asistir a una verdadera revuelta, mientras nos despedíamos de aquella penosa e inesperada manera.

Cruzamos pues, Luís, Carlos, Úrsula y yo en el primer barco, mientras se iba levantando poco a poco el mar. Viaje movido, pero rápido. Y en Tarifa, la lejanía de los destinos de mis compañeros de barco hizo que nos despidiésemos también desordenadamente, al son de las colas de la puñetera aduana. Primero a mi nuevo amigo, Luís, al que ya debo una visita. Gracias por llegar en el último momento, y hacer nuestro viaje mucho más alegre. El abrazo a Carlos tuvo lugar incluso después, improvisadamente, en un centro comercial en el que paramos los dos a comer. Como ya esperaba, eres de esas personas en las que puedes confiar en cualquier tipo de viaje, por muy complejo que sea este. Espero que ambos repitáis el año que viene con mis compañeros del año pasado.

En fin, el final del viaje fue tan rápido, raro, y desordenado como algunos momentos de los que se viven en un país en el  que no paran de recordarnos que la vida no sabemos afrontarla. Que el día a día se ha de vivir de otra manera. Que nos falta mucho por aprender. Al fin y al cabo, lo escuchamos miles de veces repetido en una misma frase: Prisa mata, amigo.

Hasta el año que viene… in sh´Aláh.

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