Mesa de los Tres Reyes

Esta es la historia de una excursión que no tenía que haber sido, pero fue. Me explico. La mañana en que teníamos programado el pateo, amaneció lloviendo, y sabedores de que no era moco de pavo, lo descartamos en un primer momento. Pero he allí que dejó de caer, y nosotros, valientes, retomamos los planes iniciales.

Desinformados, comenzamos el recorrido desde Lescun, hasta donde llegamos en la moto. Aun pudimos acercarnos algo más hasta la señal de los lagos para iniciar allí el pateo. La primera parte transcurría por una pista en suave ascenso, con bosque de hayas y avellanos de tamaño mediano. La pista desembocaba en un valle idílico al pie de un cortado con una gran cascada. Y allí empezaba la subida de verdad. En media hora larga trepábamos por la pared de la cascada atravesando un precioso hayedo con árboles ya más maduraos, hasta unos prados con una fuente donde comimos, pensando que habríamos hecho ya más de una cuarta parte de la ruta. Y hasta allí estuvimos sopesando la idea de regresar y darnos por satisfechos, dado que habíamos empezado a una hora del día que no era la más indicada. Pero no, seguimos, tras zamparnos el bocata.

Lo siguiente fue la niebla. Poco a poco íbamos atravesando una nube que no terminábamos de dejar atrás porque se había acoplado a la orografía de la montaña. Algunos refugios de pastores, sabinas, cedros de escasa estatura, y caliza, cada vez más caliza. A medida que nos íbamos acercando a las crestas, por encima de los 2100 metros, la piedra se hacía más fracturada. Aparecían simas por todas partes, y la niebla terminaba de configurar un paisaje que rozaba lo peligroso. Algunas de las simas tenían bocas de 10 metros de diámetro y varias decenas de metros de profundidad. Los mojones de piedras se obstinaban en evitar que nos perdiésemos del trazado idea, serpenteando entre tan accidentado terreno, pero aun así a veces nos veíamos obligados a escalar en el sentido estricto de la palabra.

Logramos hacer cumbre, a las 17 h. Y aun nos quedaba el descenso, por lo que no nos paramos a celebrarlo mucho. Y menos cuando vimos que bajar era aun más complicado que subir, por pedreras muy sueltas e incluso neveros de algún centenar de metros de longitud, completamente helados y con fuerte pendiente. Así que tardamos en volver a dar con los pastos y las cabañas de pastores que también había al otro lado de la subida. En un refugio ya cercano al lago, nos preguntaban sorprendidos si veníamos de arriba. Y aun tuvimos tiempo de perder el rastro una vez más hasta dar con este, donde había un pescador solitario que no sé qué hacía allí con aquellas condiciones climáticas. Solo vimos a aquél hombre y la débil silueta de una de las orillas. Cuando llegamos a la moto, nada más que teníamos ganas de un caldo caliente, por lo que bajamos al camping del tirón con las últimas luces de la tarde.

Habíamos completado 18 kilómetros con 1400 metros de ascenso. Nos hemos quedado con las ganas de “ver”, pues con la niebla era imposible, los alrededores de las cumbres de esta ruta. Al menos había varios nacimientos de agua a lo largo del recorrido.

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