Marruecos 2012

Jueves 29 de Marzo

En esta ocasión pusimos la mirada en el puerto de Almería, para buscar la vertical de la interminable que llevaba al desierto de Erg Chebbi en menos de una etapa de volante. Como siempre, nos fuimos dejando caer en oleadas, en función de nuestro lugar de procedencia. Yo tenía a Tembo comiendo en casa al salir del trabajo, de modo que ultimamos, terminamos de cargar, y nos echamos a la carretera hablando por las emisoras de todo lo que dieron de si dos horas y media de trayecto, hasta el puerto. Allí, dejamos los coches aparcados, resolvimos las tarjetas de embarque y salimos a dar una vuelta por Almería.

Yo miraba divertido cómo en los papeles rezaba que iba a dormir esa noche en camarote. La ventaja de haberme causado tantos inconvenientes, la naviera. Anduvimos un rato por El Paseo, compramos unas cosas, y cuando por el “wasap” nos fueron avisando de su llegada, fuimos a recibir a los demás a la explanada de los aparcamientos de puerto. Risas, apretones, revisar el coche de cada cual, y una cena de capó, fueron el aperitivo a la entrada en el barco. Estábamos nerviosos, no solo por el trayecto, sino porque por ser una jornada de huelga no sabíamos ni a qué hora íbamos a salir. Al final, a la habitual, 23:30.

Una vez estacionados, quedaba ver lo del camarote, pues todos teníamos que dormir de una forma u otra, u las butacas no se prestaban a ello, dado que el barco era más pequeño que el que solía cubrir el trayecto en condiciones normales, y había muchísima gente ya sentada y tumbada en ellas cuando llegamos. Pensábamos que “los últimos serían los primeros” y no iba a ser así ni para pillar asiento ni para desembarcar. Así que seguimos a la azafata, y nos llevó a un camarote de 4 con uso de dos, pasillo, baño completo interior… vamos, un lujo que de pagar habríamos hecho muy caro. Y entre este y el pasillo nos acomodamos los ocho que partíamos del puerto de Almería.

Pero aun quedaba algo antes de dormir… preparar las pegatinas que habíamos hecho para colocarlas este año en los coches. Así que cúter en mano, y armados de paciencia, fuimos pelando algunos juegos para al menos tener un “lado fotogénico” en la primera etapa. Muy divertido. Después, con la imagen de las luces de tierra escapándose de nuestra miradas en la popa del barco, nos fuimos acomodando sabedores de que había que descasar para el día siguiente. Las ganas de aventura no nos iban a quitar el sueño… en el que acabábamos de embarcar.

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Viernes 30 de Marzo
Dormimos en el camarote de 4, 6 personas, entre catres y suelo. Yo caí como un lirón, en una de las de arriba, y solo reparé en que emilio y el cuñao dormían como momias. Un rato antes de atracar, los Lorenzos (que no el sol) empezaban a dar por saco en el aseo, y reparábamos en que había que empezar a moverse. La tierra del lado melillense empezaba a verse.

De nada sirvieron los cálculos. Del barco salíamos de los últimos, así que avisamos al compañero Lupokant de que uno de nosotros se iría con él a cambiar Dirhams mientras el resto nos dirigíamos a la aduana, para ganar tiempo. Pero tampoco servía de nada. Eso lo hacía todo el mundo, de manera que allí nos tuvimos que chupar dos colas extenuantes, una para sellar pasaportes y otra para los papeles del vehículo, que nos dejarían medio tontos. Yo no sabía donde poner la riñonera para evitar males mayores entre tanto empujón… Pero aún así, pasamos enteros.

Gracias una vez más al amigo Manolo, echamos gasoil, atravesamos Nador y nos pusimos a pie de la “interminable” sin más incidencias que la de haber perdido ese rato. Pero estábamos ya con los morros mirando al Sur, y no nos quedaba otra que llegar a Erg Chebbi a la hora de cenar. Así que una vez despedidos, carretera y manta. Y vaya carretera.

De Nador empiezas a bajar por una de doble carril en cada sentido que va dejando el mar atrás. Luego pasa a uno, y llegas a Guercif, que se atraviesa pronto, no tiene nada que ver. A partir de ahí, cruzas la autovía que va a Fes, desde Oujda en la frontera argelina, y entras en lo que es la verdadera interminable. Primero con buen firme, y luego peor, estrechándose y haciendo que empiezas ya a conducir “a lo moro”, saliendo al arcén de tierra cada vez que te cruzas con un coche, mientras miras con recelo los dientes del asfalto roto de los bordes. Así, horas y horas, haciendo honor a su nombre, pero a buena media. Vimos nubes, que luego pasaron a lluvia y finalmente a torrenciales, pisando verdaderos mares al paso de las aldeas que iban ya anunciando que nos acercábamos a la nacional.

Y llegó la nacional, la 13, creo recordar. Ya al sur de Midelt, rodeamos Errachidia y empezamos a oler el predesierto, cuando bajamos los puertos y sus miradores. Menos agua, abajo, aunque los ríos marrones bajan recordando lo que está cayendo más al norte, y los charcos del anochecer de Rissani, nos informan de que allí ha llovido también. Así vemos por fin el indicador que nos dirige  por asfalto hasta Merzouga.

Avanzamos por este medio hasta el mismo cruce del albergue Erg Chebbi, porque queremos entrar con las últimas luces, y allí hacemos ya “libre albedrío” hacia sus murallas. Emilio, que lleva mi coche, casi pierde el tope del acelerador y se traga 2 oueds a 80 navegando a rumbo casi sinadvertir que hay camino hacia nuestro destino. Y nos hacemos la foto en la entrada aun con un hilo de luz. Ya hemos llegado, y aun no es la hora de cenar.

Como si hiciese solo una semana que nos vimos, encontramos a Hassan que nos sale al paso y nos abrazamos como buenos Habibbi año tras año. Queda por delante el relax, tomar habitaciones, bajar cosas, el te de bienvenida, la cena, las copas, las pegatinas, las risas… ya no es veneno, sino una forma de vida a la que perfectamente nos podríamos acostumbrar algunos. Estamos en el desierto. Si cierras los ojos, podrás escuchar el grito de Africaaa! entre las dunas.

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Sábado, 31 de Marzo
Este año Diana se ha tocado más tarde que de costumbre. Las etapas eran más relajadas, aunque nos encargábamos pronto de complicarlas para llegar tarde a los destinos. Pero eso no dejaba de ser la forma de llenar el día de nuevas experiencias. El Sábado, amanecíamos 4 coches y debíamos acostarnos 5. Se nos adosarían en torno al mediodía los del Suzuki, toda una duda entre tanto hombre porque aportaba al convoy dos chicas, y las bromas eran inevitables desde primera hora de la mañana. Allí, a las puertas del albergue de Erg Chebbi, preparábamos coches y personas para echar un día de arena casi en su totalidad.

La intención era, a la vista de que el medio estaba sencillo, abordar la subida al Oasis de Oubira desde Merzouga. No sin antes comprobar la ubicación de la nueva gasolinera de Afriquia, toda una bendición para los que andamos por esas tierras y solíamos desplazarnos a Rissani en busca de combustible. Ahora lo teníamos en la puerta. Desde ese punto, apenas unos minutos y estábamos enfrente de Merzouga mirando las dunas. Bajando presiones, hablando con los locales que recordábamos de otros años, pero menos gordos, y a embestir la arena siguiendo las huellas de los camellos.

Por las emisoras el comentario general se repetía, entre los que ya habíamos estado al año anterior: Nada que ver. Esto era pan comido. El aire, se había cambiado por la lluvia de este año para facilitar las cosas sobremanera. Aun así hubo un poco de emoción esquivando un burro que seguía las mismas huellas, y es que Tembo ha sido decididamente el que más obstáculos ha tenido este año frente al parabrisas. Un par de eslingadas de nada, y estábamos en Oubira.

Como ya nos habíamos encontrado con Ibrahim en su quad subiendo, no entramos ni a saludar. Había que buscar ahora la forma de bajar para marcar el acceso a los del suzuki si llegaban tarde, y ya era casi la hora de salir a su encuentro en el árbol de la pista del Dakar. De modo que a bajar… que debería ser mas sencillo que subir. Debería. Nos costó el doble de tiempo hacer la mitad de distancia, por culpa de lo cambiado que estaba todo de años anteriores respecto a la cara Oeste. Decididamente, mejor hacer las incursiones desde Merzouga, más divertido y sencillo.

Pero unas cuantas eslingadas después estábamos en la susodicha pista. Y en uno de los árboles de la zona, que parecían haber proliferado… pero ni rastro del Suzuki. Comimos con la emisora abierta hasta que decidimos que ya no eran horas de que llegasen, y emprendimos el regreso por el Sur para atravesar el erg a la altura del poblado negro, que lo teníamos menos visto que el extremo norte de Jasmina. Una pista muy chula de arena con paisajes que merece la pena ver por lo menos una vez en la vida.

Y ya tocando la cara Oeste, aparecieron por fin en la emisora los “perdidos”. Quedamos en el mismo Merzouga, en un borde en el que jugar próximo a por donde habíamos entrado en las dunas esa mañana, y en el que casi pierdo el coche porque mi copiloto se me va con él…
Saludos, abrazos, bienvenida a las nuevas, Mariwebber y Laura, y de nuevo a Oubira. De nuevo por el lado sencillo, y sin entretenernos porque el plan era subir a la gran duna a pie a ver la puesta de sol. Y así fue. Costó, porque andar por allí “no es lo mismo”, ,peor disfrutamos de una de las cosas que nos quedaban pendientes en el erg. Espectacular.

De nuevo abajo, en busca de Ibrahim, y de la cena. Risas y más risas, con este personaje salido de una película de cine surrealista, en una velada de las que no se pueden olvidar y de las que hay que repetir una y otra vez. Si cierran el Erg, ¿Quién vendrá a verlo? No acabo de creérmelo… El resto, en fotos.

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Domingo 1 de Abril
Amanecer en un oasis en medio del desierto, no tiene precio. Y no es una frase hecha. El aire fresco, tamizado por la arena, los olores de las cañas y hojas de palmera, los sonidos amortiguados por la ausencia de obstáculos artificiales… Y saludar a estos personajes forjados en lo inhóspito, también es algo por lo que no se puede pagar.

Aquella noche habíamos dormido algunos en tiendas, y, los más aguerridos, los románticos de las dunas, los verdaderos enamorados del desierto… en Haimas. Y así fuimos despertando, para juntarnos a recoger y hacer el desayuno de maletero, cada uno con lo suyo: Emilio y yo calentando motores y apañando cafeteras, Tembo intentando purgar su hornillo de gasolina, Los lorenzos madrugando a pesar de regatear cada noche en la hora de levantarse, el cuñao apañando algo, javi en su capó, los del suzuki vaciando y llenando el maletero… sería la rutina de cada día que hacía que cada uno fuese indispensable en el grupo.

El Jeep estaba dando problemas de batería, y como tocaba dejar atrás cualquier vestigio de civilización durante unos días, se alargaron a Rissani a por una para evitar males mayores.

Una vez apañado todo y despedidos de Ibrahim, el resto salimos por donde sabíamos que debíamos hacerlo: mirando a Merzouga. Allí pudimos comprobar la existencia de la gasolinera de Afriquia, no sin antes encontrarnos al cuñao y a Javi con problemas de arranque… pinzas, y a volar. Como nos sobraba tiempo, y teníamos que gastarlo mientras los de Rissani  volvían, decidimos acercarnos a dejar parte del material recogido en el albergue de erg chebbi para aligerar peso el día anterior, en una aldea que nos había comentado el padre de Hassan. Pero eso solo supuso “perdernos” en un lugar inhóspito en el que vivía una mujer sola, entre piedras y ruinas, y unos pozos a los que venían a trabajar por turnos una especie de mineros. Por ahí quedan pedazos de mineral de aquella extraña visita que protagonizamos.

Un pinchazo más tarde, volvimos sobre nuestros pasos en busca del track a Ouzina, mientras iba notando el culo de mi coche cada vez más blando. ¡Qué ganas de vaciar las cajas de libretas! Poco a poco, por el tramo inicial de la Prohibida que enlazamos y ya conocíamos de otros años, fuimos acercándonos a el Albergue de Ouzina, recibiendo la señal de los del Jeep que nos habían adelantado en nuestra incursión minera. Allí nos esperaba también Jordi, el dueño del albergue, y comimos con ellos de víveres en el salón de aquel lugar tan lleno de posibilidades.

A la tarde tocaba corretear por las arenas de Ouzina, tras otro pinchazo (que vivan los mocos) y disfrutar de unas vistas y unos colores que os emplazo a ver en las fotos. Con los coches jugamos todos, probando una cosa y otra, hasta que escuché en la parte trasera del path un repiqueteo metálico que ya no me gustó nada, y que comprobé con rabia que era la cabeza del amortiguador suelta. Pensaba que había perdido el vástago, y hasta los tuve buscando, pero solo se había metido dentro de esta. Para colmo, una tormenta de arena cortó la diversión a los que aun podían seguir con ella, y dimos todos con el cuerpo en el albergue. Esa tarde, como era de esperar, bricolage en el coche… intentando volver a montar el tinglado, aunque a mano estaba completamente muerto en compresión.

Dejando las pruebas para el día siguiente y valorando opciones pero sin perder las ganas de disfrutar que nos habían llevado hasta allí, cenamos e hicimos la sobremesa de rigor, con sesión intensiva de intercambio de cartografía con Jordi, hasta que tocó irse a descansar. Otro día intenso de los que se viven en Marruecos, y que te enseña que, por muy pocos kilómetros que haya previstos para esa jornada, nos las sabremos arreglar más que de sobra para acabar rendidos en la cama.

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Lunes 2 de Abril
Fue hace una semana y pico, pero qué diferente y lejano es estar sentado aquí en casa y amanecer allí en el Erg de Ouzina. Solo quien ha ido sabe lo difícil que se nos hace volver a lo cotidiano y dejar atrás el ritmo que siempre acabo aludiendo, implícito a esos viajes en los que terminas siendo parte del medio por el que te mueves.

Bien temprano entraba por la ventana el olor a leña quemada de las calderas, básicamente unos termos eléctricos desechados en algún país occidental y llevados allí a seguir cumpliendo su misión de dar agua caliente al viajero. Desayunar y cargar el equipo, con las cajas de material escolar repartidas, marcó el inicio de una etapa que iba a ser muy corta, pero que, como siempre, nos dejaría casi de noche en el destino. Pero no adelantemos acontecimientos.

Íbamos a llevar el material a la aldea de Ouzina. Lo mejor era que Jordi, atraído por el carácter de los que íbamos en esta cruzada, se apuntaba gustoso a acompañarnos. Debió llamarle la atención la forma tan sana que teníamos de desgañitarnos por las noches. Pero además, las chicas, tras un día de ruta completo con el grupo, empezaban a destaparse, y ya nos estábamos riendo de lo que podía llegar a hablar la Mariweber antes de tomar de nuevo aliento. De Guinnes. Así que partimos a la aldea, a la par que disipábamos las dudas sobre si el Path gris podría seguir o no el grupo. Los que íbamos dentro nos tomamos con sentido del humor lo botes que daba cuando pasábamos cualquier tipo de bañera, pero, como todo, tiene un período de aprendizaje, y creo que ningún otro día botamos tanto como los primeros kms hechos sin amortiguadores. Acelerador, freno, suavidad, y cada vez un poco mejor. Ahora faltaba pasar la nota de lo que se resentirían las transmisiones y rótulas por el mayor cimbreo… Pero e insisto en ello, sin balonas, esto no habría sido posible.

La aldea de ouzina es un conjunto semi amurallado de casas todas de adobe, que se protegen como pueden del viento y las tormentas de arena, en el que Jordi y otras personas han ido aportando una mano de ayuda que donde primero se ve es en su apertura hacia los occidentales, en cómo nos miraron y trataron desde que llegamos. Al aparecer por la escuela, el maestro, que tenía 3 niveles distintos en el mismo aula, nos integró en la clase como si fuésemos la materia más importante a dar en el día, y nos enseñó abiertamente todo lo que quisimos y más, sobre los métodos, los chavales, el material del que disponían (hasta unos ordenadores les habían traído que mimaban como oro en paño), y el funcionamiento de la pizarra, para atender a esa diversidad del aula.

Allí pudimos hasta fotografiar el alfabeto bereber, que se utiliza de izquierda a derecha como el nuestro pero que consiste en pictogramas, y los trabajos de dibujo de los chavales, algo muy positivo para que los míos vean cómo un mismo concepto gráfico varía de un país a otro. En fin, que hasta vimos cómo hacen el pan, en un sitio en el que te haces humilde, pero que a la vez te puede enseñar mucho sobre la verdadera felicidad.

Y como la etapa era corta… seguimos las ofertas de Jordi, y dimos un primer rodeo para acabar en el track pasando por unos sitios impresionantes… y otro más, para llegar hasta una garganta que ni en las fotos podéis apreciar. Definitivamente, el año que viene, 3 días en Ouzina. ¿Que si hubo eslingadas? Medidas en la misma proporción que el disfrute de los eslingados. Hasta en el sitio más inverosímil, por no bajar presiones al estar en medio de una ruta pedregosa a trozos, puedes acabar enganchándote. Hubo una rampa de arena que se le resistió a más de uno, pero al final todos pasamos. Sí, son sitios infranqueables sin reductora. Y así nos dio la hora de comer. Nos despedimos de Jordi, hasta el año que viene, y enfilamos a las inmediaciones de Remlia en busca del cobijo de una acacia.

Comida, cada día un menú diferente, las hornillas a tope, las mesas y las sillas de director (ejecutivo) padentro y pafuera, el café… ha sido un Marruecos de disfrutar cada momento, sin prisa pero sin pausa. Organización alemana con la filosofía española…

Y llegaba el momento de ver por dónde cruzábamos el río de fes fes, que por las lluvias que caían al norte, podía llevar agua. Fuimos siguiendo todo el rato el track que me había dibujado Jordi en el pc de coche, hacia una zona de dunas móviles, y un cruce con posible barro. Lo primero, las dunas, serían móviles en sus ratos de ocio, pero dejaron a algún coche clavado por hacer la gracia de la foto con uno encima de cada una de ellas. A pesar de ellos, conseguimos cruzar más o menos pronto, ya estaba cayendo el sol, hasta la última pared de arena que formaban. Llegamos, más aun, hasta un punto en que decidimos asomarnos a pie a ver si había barro o no, pero el rumor que escuché de fondo más que a barro me sonó a agua… “chicos, tenemos delante un pedazo de río de 20 metros de ancho”. Habíamos menospreciado la cantidad de agua caída, y ahora teníamos que cruzar aquello de alguna forma.

Sin perder tiempo, seguimos unos cuantos el pateo aguas arriba con la esperanza de encontrar una zona estrecha, o de piedra, pues la orilla era una barrera de barro arenoso infranqueable ni a pie ni en coche. Ortofotos, mapas de garmin, mapas de los que me pasó nuestro amigo la noche anterior… el pateo no daba resultado y había que actuar ante aquel obstáculo natural antes de que cayese la noche. Javi y Tembo fueron a explorar al sur, y dieron con unos suecos que decían haber cruzado. Les indicaron la posición de paso y nos juntamos con las emisoras en el punto, para una hora y media después de haber llegado al rio, por fin, atravesarlo. Solo hubo que dar con una zona pedregosa… que en las decenas de kilómetros del paso podría haberse hecho eterno.

Ahora solo nos quedaba la bajada por el desfiladero de Mharrech, muy bonita (dicen) de día, y que acabamos haciendo en plan libre albedrío en la oscuridad de la noche del desierto. Focos al poder… bajo el ritmo de semana santa de la carga dando saltos en mi maletero. Estábamos allí para disfrutar, y después de un día entero haciéndonos al coche sin suspensión, no íbamos ya a dejarlo mientas la mecánica nos lo permitiese. Y en eso y otras cosas estábamos pensando cuando vimos por fin los exteriores de los albergues de la garganta. En el nuestro nos esperaban ya ansiosos, para darnos a grandes dosis la hospitalidad, en forma de descanso, ducha, cena y tertulia sin la que cada jornada no sería lo mismo.

Otro sitio en el que repetir, enormemente recomendable, y otro acierto de este año. Entre risas, les alegramos la estancia  también a los locales, y nos fuimos apagando hasta que fue la hora de dormir. Prueba superada. Seguimos adelante.

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Martes 3 de Abril
Entre los contrastes de una bajada a Marruecos, no podía faltar el del amanecer en una garganta del predesierto africano, rodeada de montañas en las que se apilaban piedras caprichosamente, que con la luz de las primeras horas del día, parecían pastores que nos observaban desde lo alto. Hacía bastante fresco, y hubo que espabilar a los locales, que no se enteraban ni de la hora de su país, ya que el cambio allí nos pilló en pleno viaje y no parecía haber llegado a todos los rincones del territorio. Así que nos hicieron tardar un poco en desayunar, tiempo que aprovechamos para dejar los coches en orden de salida. Así que tras el desayuno nos enfrentamos a una etapa ya modificada en el albergue de Jordi, donde nos informamos de que el final de la llegada por pista hasta Mhamid, era tan pedregoso, que con los amortiguadores en mal estado (o estado de ausencia, vamos) sería inviable.

Así que nos despedimos de Alí con un peluche para su hijo menor, y partimos hacia donde se abre la garganta. Esperábamos ver la gran llanura que el año pasado nos perdimos por culpa de la tormenta de arena, limpia y lista para ser atravesada a buen ritmo, y, en su lugar, nos encontramos con una extensión atravesada por ríos de barro con ganas de engullirnos. Tembo, especialista en barros, pasó el primero de cuatro con dificultad pero a la primera. Pero luego vinieron los atranques… y es que solo había manera de pasar si entrabas a tope, olvidándote de los amortiguadores y todo lo demás. Así que unas cuantas eslingadas después y para diversión de los pastores que había por allí, fuimos cruzando uno a uno los oueds finalmente escoltados por Ali, que bajaba a Tafraut, el pueblo más cercano, en su pick up.

Ya veíamos en el reloj cómo habíamos perdido mucho más tiempo del esperado en ese comienzo de la etapa, y nos apresurábamos en recuperar la media de Javier, cuando nos llegaba la segunda parada del día: Un grupo de españoles buscaba a un motero que se les había despistado. Hablaba Tembo con ellos por la ventanilla mientras yo esperaba un poco más adelante. Al cabo de un momento, el Quad me adelantaba y unos metros más adelante daba una vuelta de campana de manera que quedaba volcado delante nuestra con el sillín de cara sin ver al piloto por ninguna parte. Nos plantamos allí en segundos, y nos lo encontramos semiconsciente, con el casco rajado y con una pierna menos… que nos hizo tragar saliva hasta darnos cuenta de que el pantalón estaba cosido detrás: al menos en ese accidente no había sido.

Entre todos nos dividimos para atender lo mejor que supimos al siniestrado, nos adelantamos para avisar al resto de su grupo, volvimos el quad que estaba perdiendo combustible, y les acompañamos hasta Tafraut donde había consultorio médico. Final feliz que podía haber acabado mal, y es que si es difícil pilotar un quad, con una pierna, más. Esperamos noticias de ellos estos días.

Tras el mal trago, seguimos dirección Zagora con la información de que a diferencia del año pasado, era pista compactada y más adelante obras de carretera. Lo que también iba a diferir, era la tromba de agua que nos cayó con vadeos incluídos hasta la hora de comer, ya a pie de dichas obras. Como el terreno era pedregoso, en cada parada logística me asomaba a ver los amortiguadores, y el “reparado” en Ouzina permanecía en su sitio. Pero el otro, siguió su mismo camino soltándose poco a poco a mitad del trayecto. Ya no había lugar de repetir todo el tinglado de la noche anterior… así que terminé de desenroscarlo, y lo eché al maletero. Así, dejando los anclajes en el chasis, desmontar un amortiguador es cosa de 1 minuto de reloj.

Después de comer, entrábamos en las obras de barrillo compactado de la carretera, casi tan divertidas como la pista resbaladiza alternativa, y nos fuimos encontrando, a medida que nos acercábamos a Zagora, a los “buitres” de los talleres tan famosos de esa ciudad rondando coches con necesidad de alguna reparación. Uno de ellos me dijo viéndome el culo que tenía los amortiguadores traseros mal… a lo que respondí que no es que los tuviese mal, sino que no estaban donde debían estar. Intentó venderme unos OME, peo después de mucho pensar durante el trayecto, decidí seguir sin amortiguadores. Un día más y se acababa lo roto, y si había llegado hasta allí con ellos muertos…

Zagora es la misma de siempre. Bulliciosa, llena de coches, gasolineras, talleres, cafeterías… un baño de civilización tras unos días lejos de ella. Perdimos el tiempo que nos quedaba lavando los coches, y tomando un café, que bien podíamos haber aprovechado de otra manera, pero el devenir de la jornada no nos dejaba parar a meditar mucho, así que salimos con el sol cayendo hacia Mhamid, en busca del camping que nos había recomendado un mecánico que aun me está esperando en el taller…

Y en la última ciudad antes del Sáhara nos aposentamos, concertamos una vez más la cena, y nos fuimos de tiendas, toda una novedad hasta ese día en las  jornadas anteriores. No terminó el día hasta que tuvimos nuestro rato de risas en la haima más marchosa del camping, gracias a que el techo de tela se había convertido en una improvisado cementerio de ratones… ¿O era nuestra imaginación?

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Miércoles, 4 de Abril:
Después de la experiencia en el rio de Remlia, no dejaba de aprovechar la ocasión para preguntar a los lugareños por el estado del Iriki. Un lago inundado o embarrado podía dar al traste con la idea de atravesarlo y salir por el suroeste para evitar las pistas de piedra del norte. Además, debíamos llegar a Foum Zguid con luz de día, ya que era una ciudad desconocida para nosotros y no sabíamos si había dónde dormir. Así que ya tenía dos mapas a bolígrafo más el track de Jordi, cuando estaba en la recepción del camping mirando los mapas del dueño y escuchando su parte de la historia. Y este parecía bien documentado… resumiendo, que no había problema de cruzar el lago,  que incluso desde la última vez que estuvimos habían plantado dos albergues en él, en medio, con dos cojones, y que si salíamos por el puesto militar no tendríamos problemas de piedras e incluso llegaríamos antes al destino.

Así, tras la rutina de desayunar, pagar, cargar y salir, estábamos abriéndonos paso por la travesía de Mhamid tras el camión del butano, rumbo a la pista de arena y las llanuras de la salida. Para variar, el comienzo de la etapa se dio bastante bien, mis insuspensiones estaban controladas, y solo hubo que parar a hacer una reparación de emergencia en la nevera de tembo, nada importante. Pronto empezábamos a ver la arena de erg Chegaga en el parabrisas.

Si bien la idea era rodearlo por el norte para no meternos en berengenales, en nuestra idea ya asumida de ir siguiendo pisadas a falta de caminos claros, observé en el pc que nos íbamos metiendo poco a poco por donde había marcado el track en un inicio, desde casa, sin saber que iba a ir a esas alturas ya sin amortiguadores. Y a pesar de los intentos de ver salida hacia la derecha de aquella pista cada vez más arenosa, acabamos dentro de una “montaña rusa” en la que había más vagonestas y en la que casi era mejor no parar a debatir si íbamos bien o no: si detenías la marcha, que fuese eslinga en mano. Lo bueno de las emisoras en estos casos, es que te permiten trasmitir y recibir el sentir de los compañeros, y así apretar los dientes y tirar p´lante. En este caso, las otras vagonetas, eran un grupo de franceses, que había bajado en avión, había alquilado TT sobre la marcha en cualquier zoco de Marrakech, y se había metido en aquel fregado sin saber ni como se metían las reductoras ni si funcionaban siquiera, como en el caso de un montero. Y no tardamos en pasarlos, en un atranque múltiple que tuvieron apenas empezar. Esos no podían acabar bien…

Una vez dejados atrás, la cosa estaba clara: o zapatilla o bote, peor nada de lindezas. A saco que si nos quedamos aquí el atranque puede ser de película. Pero llevábamos ya dos desiertos a las espaldas, pocas ganas de darle a la pala, y muchas de acabar ese día a una hora prudente. Así que dándole caña a la mecánica, a la vista y a los nervios, salimos de media hora larga de tensión sin pausa airosos. El desierto daba paso al predesierto, y a las llanuras que anticipaban el Iriki. Y como era la hora de comer, a la acacia más gorda a montar mesas y dar cuenta de las últimas fabes. De cine.

Después del café y de una merecidísima pausa para pilotos, copis y coches, volvimos a campo través como se suele hacer allí, en busca del track y pista principal, que nos llevaría en breve al lago seco. Efectivamente, cuan espejismo, apenas empezar, allí teníamos sendos albergues-cafés con terraza en una pequeña elevación del terreno. Me gustaría ver eso en época de lluvias… todo es posible en Marruecos. Luego, la interminable llanura, navegado a rumbo, y haciendo fotos a un lado y a otro. Alguno cogió velocidades inconfesables, yo, con lo mio, preferí ser prudente.

Y llegábamos al final, un poco más de pista, y a la derecha entre montañas, el puesto militar. Un buen rato hablando del Barça mientras tomaban nota de los pasaportes de cada uno, y los que empezaron serios acabaron casi a risas con nosotros abriéndonos la barrera. Subíamos así a un collado que nos abría paso a la siguiente llanura, pero esta vez con una pared de Hammadas que debíamos parar a fotografiar. Impresionantes. Sólo nos quedaban unos minutos a Foum Zguid, que resultó ser mayor de lo que esperábamos, y tener de todo. Pillamos habitaciones de camping, echamos gasoil, limpiamos filtros, nos duchamos… y aun nos quedó tiempo para dar una vuelta de tiendas antes de cenar. Desde las mesas, pudimos ver el grupo de franceses, que estaba siendo asistido por un taller móvil de estos de Zagora, tras reventar dos de sus coches. Sonaban mal, mal…

Esa noche, ya en las habitaciones, creo que batimos el récord de risas del viaje… a ver si alguno tiene fotos del “intruso” de la cama de Emilio, para que luego digáis que no se debe dormir cerca de él… Y cansados pero contentos, nos fuimos a dormir.

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Jueves Santo, 5 de Abril

En Foum Zguid habíamos regateado un camping Emilio y yo con habitaciones que no estuvo nada mal, aunque a todas luces el dueño, por bajar el precio al máximo, acabó haciendo cábalas hasta con la leche del desayuno. Hay que entender que ellos también sufren la crisis, y hacen un gran esfuerzo por quedarse con el cliente allí donde hay competencia. Pero al final pegó el viaje a por más en 5 minutos de reloj, a pesar de lo de que la prisa mata…

En esta etapa íbamos a sacudirnos de polvo y arena a base de un buen tirón de asfalto. Más de 300 kms hasta Tinherir; ciudad de las Gargantas de Todra, quizás de las más espectaculares de Marruecos. Y los kilómetros de asfalto tienen menos argumento que los de pista en nuestro mundillo. Decidimos tirarle sin muchas paradas, para mejorar las medias que teníamos de risa en los contadores del coche, y apenas paramos en un mirador y en una aldea con un curioso templete. Eso sí, a la hora de comer, aprovechamos para echar un buen rato.

Nos llevaron a un sitio en el que a base de platos menudos (hay lugares más espléndidos como el de la reciente cena de Foum Zguid, y otros más rácanos como el de esa comida) acabamos comiendo y descubriendo un queso expectacular, típico de la zona. También aprovechamos esa parada para arreglar el manguito de aire del turbo del Jeep que se había rozado con un brico, y nos sirvió para echar un ratejo en un herrero bastante servicial.

A Tinherir llegábamos con mucha luz de día por delante. Subimos directos al camping del año pasado y pillamos habitaciones, para bajar inmediatamente de tiendas, que ya hacían ganas tras tanto rodar por parajes perdidos del Sur. Esta es una ciudad comercial que se presta al mercadeo, y tras un repaso de la media que ya casi conocemos tras dos años, acabamos en una tienda casi familiar en la que enredamos hasta lo insospechado con el dueño, creo que hasta hicimos el moro y mangamos cosas de dudosa utilidad… a falta de probarlas científicamente.  (léase Ginseng marroquí). Al parecer incluso el aceite de Argan que llevaban algunos en su lista, estaba más barato en Tinherir que en la elegante tienda de Zagora. ¿no? Bueno es saberlo.

Finalmente, a cenar repitiendo también sitio, pues ese era de los que se hacen querer; cous cous, tajines, brochetas y demás delicatessen a precio de risa. Y risas, muchas risas, gratis. Por cierto y hablando de pruebas, a toro pasado, podemos confesar que echamos en el thé de la Mariwebber un supuesto afrodisíaco marroquí… que le dio un sueño galopante. Se quedó frita la primera en el camping… contra todo pronóstico. Mientras, los demás, para variar, poníamos pegatinas…

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6 de Abril
La tarde anterior dejamos los coches preparados para seguir el sentido de marcha del Norte de Tinherir en que se encontraba el camping. Así, lo primero que vimos al salir fueron las gargantas del Todra, donde hicimos la foto de rigor tras el vadeo del rio. Pero el momento álgido venía unos kilómetros más arriba, tras los paisajes tremendos que dejaban las nieves caídas junto al cielo azul de casi todos los días centrales de la travesía. En una de esas aldeas nos tocaba separarnos de los del Suzuki, que se iban por la izquierda en dirección Meknes. Esperamos ansiosos su crónica desdoblada… Mientras nosotros hacíamos derecha en dirección a la “interminable”.

Entre curva y curva Javi y yo íbamos debatiendo “atajos” que salían en los mapas, y tomamos uno por pisar algo más de tierra que no nos llevó a ninguna parte, al estar el camino cortado por las lluvias. Así que de nuevo en el asfalto entramos en las gargantas de Amellago, y menos mal que no nos las saltamos, porque resultaron ser otro de esos sitios a los que volver. Empezaba a llover y ya era la hora de comer, de modo que buscamos refugio en un abrigo natural en la roca, en el que cabían perfectamente los coches, mesas y nosotros, e hicimos la última de las comidas de pick nick del viaje. No es difícil olvidar la rutina de mesas, sillas, latas, hornillos, vino, cervezas del descansabrazos y de la nevera… como si hubiese sido ayer. Aun aparecieron latas de fabada en alguna bolsa… qué barbaridad!

Teníamos ya “el nervio” metido en el cuerpo, y nos vimos con hora y opciones de abordar el tramo de asfalto que nos quedaba por delante, así que dejamos atrás la idea inicial de hacer noche en Amellago, y vimos cómo iban cayendo Rich, Missour, Outat el Haj (donde nos apedrearon literalmente antes de intentar timarnos en una tienda), para finalmente decidir que ya estaba bien de kilómetros en Guercif. La ciudad en la que no vi nada sobre el mapa ni en internet para hacer noche, resultó ser tan sosa como aparentaba desde casa. Pero al menos había un par de hotelitos de paso, decentes, y un sitio en el que comer tarde, relativamente bien. Y así salvamos esa etapa de asfalto y kilómetros que es inevitable cuando se baja por esta carretera en la que no hay casi nada (salvo lanzapiedras al parecer) y que une dos Marruecos, el del Norte, y el auténtico, el Beréber.

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7 de Abril
Pues sí, el viaje iba tocando a su fin. Al haber dado el salto de kms el día anterior, nos permitíamos el lujo de hacer con toda la calma el trayecto de Guercif a Nador, con la idea de llegar para comer. En estas etapas de asfalto pocos “imprevistos” se podía uno encontrar… solo, las ganas de parar nos hicieron estar un buen rato disfrutando de un mercado y un the en una población del trayecto. Allí pudimos comprar alcachofas para los bocadillos, tomates, pimientos, habas, guisantes… es un lujazo comerse unas verduras de calidad y sabor como las que se hacen allí lejos de los invernaderos, en las cuencas de los ríos, y a unos precios de verdadera risa.

Luego, hicimos uso de los flamantes mapas topográficos de este año, para localizar en el pc del coche el hotel que nos había recomendado Lupokant. Y nos trazamos la ruta para llegar a él en Nador. Pero estaba cerrado por reforma. Nos sonaba otro por el nombre, pero el precio era superior a los que solemos ir en España, a pesar de una recepción bastante cutre… así que puestos a ahorrar y gastarnos los chavos en pescado, nos metimos en uno de esos que salían en las guías de viaje en blanco y negro. Eso sí, barato barato, y en pleno centro, junto a la estación de autobuses.

Una vez descargados, aparcados casi en la puerta y comprobado que no había más chinches de los estrictamente necesarios, y que el retrete como era de esperar estaba bien embozado, salimos a buscar la comida. Y no hubo que ir muy lejos, por lo bien situado del local. Allí mismo, en un sitio de comida rápida (y tan rápida, se acabaron las parsimonias de sur) nos jamelamos unos pollos asados y brochetas con patatas y ensalada… a pollo por cada dos creo que no quedaron muchos con hambre, aunque juraría que en España los asan más grandes.

Luego, de zocos, tiendas, y ya a la tarde, más zocos y más tiendas, pero en otra parte de la ciudad, dando un paseo que nos sentó divinamente (y para el que no hizo falta taxi). Nador es una ciudad que poco tiene que ver con lo que dejamos atrás los días anteriores. Aunque me pareció ver más pañuelos que en otros sitios de la costa…

Finalmente y tras estudiar más de una opción, nos metimos en un bar bastante recomendable, en el que nos atendieron en un español como el nuestro, para inflarnos a arroz de marisco y pescado de la zona, hasta casi reventar. Toda una última cena con la que celebrar que un año más, habíamos disfrutado del Sur sin incidencias que lamentar y que volvíamos con las pilas cargadas, para ver con otros ojos todo lo que nos habíamos dejado aquí.

Y nos queda aun tanto por disfrutar…

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Domingo 8 de Abril
Esa mañana tocaban retirada. Lo que hasta entonces había sido una rutina, ahora era una despedida. Ya no cargábamos los coches con la misma alegría, a pesar de un día que había amanecido soleado y de que la ciudad estaba en calma, por ser Domingo. Aun así, la sonrisa de haber cerrado un círculo perfecto, no nos la quitaba nadie. Ni la idea de volver a tener que pasar la aduana…

Como sabíamos que esa labor iba a ser tediosa, nos dirigimos sin dar más vueltas por Nador hacia Melilla. Y deshaciendo track llegamos a las “puertas de Marruecos” y a la característica techumbre herrumbrosa de los pasos fronterizos. Allí, efectivamente, nos esperaban más apretujones, gritos, colas, gente malhumorada colándose, sacaperras de los que pasamos olímpicamente… y al final de tanto desorden, las garitas españolas con los nacionales. Estábamos en Melilla. Bienvenidos a España.

De lo de dar una vuelta por nuestra ciudad fronteriza, nada. Parecía que el coche iba solo, y sin darnos cuenta, estábamos en el aparcamiento del puerto. No se qué tenía que hacer Carlos, qué tenía que comprarle yo a mi madre… que lo dejamos atrás como si nada. Y el resto fue casi automático: Canjear tarjetas en una máquina, cola de embarque, subir al barco… todo el tiempo que creíamos nos sobraba se difuminaba y estábamos más o menos a la hora a bordo. Cuánto se tarda en pasar…

Esta vez sí estábamos en el buque que nos correspondía, mucho mayor, y menos lleno. Nos dirigimos a los salones de proa, dispuestos a la larga travesía, y allí fuimos diluyendo las horas que nos quedaban de nuestro particular grupo de viajeros, con nuestras risas, fotos, intercambio de ficheros, almuerzos, alguna siesta y de nuevo risas. Dejábamos atrás una vez más Marruecos: Destino que tantas ilusiones acapara a lo largo del año. Empezaba una nueva cuenta atrás. Y se cerraba la sexta bajada desde que, en 2007, pioneros con nuestros Tucson, decidiéramos echarnos al mar en busca de algo entonces desconocido. Algo que hemos ido llenando con una experiencia sobre aquel mundo, que a pesar de ser un paréntesis en nuestras vidas, conocemos ahora casi mejor que nuestra tierra.

Esperamos en 2013 compartir con algunos de vosotros este viaje que aun en su séptima edición, será irrepetible. ¿Os apuntáis?

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