Camino Francés 2021

«Caminante, Hay Camino«. Estábamos en Sahagún. Era el primer albergue franciscano al que entrábamos este año, el Santa Cruz. Una vez más yo estaba viendo la aventura a través de sus ojillos, pendientes de todo lo que pasaba alrededor, ya fuera paisaje, personas, o vivencias. Y como ya pasase hace dos años con un resultado dispar, decidí meterlo en una tertulia de peregrinos dirigida por el sacerdote que tutelaba el lugar, mitad experiencia y mitad experimento. Porque Arturo ha ido contadas veces a misa y menos aún a clases de religión. Pero la educación en el respeto y la curiosidad que corre por sus venas me alientan a seguir llenándole de experiencias enriquecedoras, aunque no pertenezcan al círculo de nuestras ideas. Ya en 2019 experimenté algún que otro «tierra trágame» cuando un párroco ajado rompió a cantar salmos sin previo aviso mientras nos hacía una teórica visita guiada por una antiquísima y valiosísima capilla en Viana. Aquello tuvo más de encerrona que de clase de arte gótico, porque al final no demostró ningún conocimiento sobre las técnicas pictóricas de los tapices del altar y si muchas ganas de meternos en vena sermones. Pero salimos de aquella sin ningún comentario de ironía infantil, y Daniel me pareció una persona mucho menos oportunista que el Vianés. Así que accedí a formar parte de la reunión y allí estábamos, en un coloquio abierto sobre las motivaciones que nos habían llevado a cada uno a hacer el Camino. Y el mejor regalo me lo dio mi propio hijo, cuando respondió sin pudor y ante un auditorio de personas que le doblaban y le triplicaban la edad en el mejor de los casos, que estaba allí porque lo que más le gustaba era compartir aventuras con su padre.

¿Cómo habíamos llegado hasta Sahagún? Bueno… en 2019 nos encontrábamos por las mismas fechas en Roncesvalles. Y en una serie de etapas llegamos hasta Santo Domingo de la Calzada. En 2020 no pudo ser, pero teníamos pendiente seguir donde lo habíamos dejado. De modo que el primer día de Julio y a pesar de los obstáculos que siempre franquean mi Camino personal, estábamos en la casilla de salida.

Santo Domingo- Villafranca Montes de Oca

Aprovechamos la tarde de llegada para visitar el pueblo, subiendo al campanario (muy recomendable) y recorriendo sus calles. El albergue de La Cofradía del Santo esté en el mismo centro, y es de los mejores del Camino. Además de estar muy bien cuidado por los voluntarios, tiene un buen patio para descansar, tender ropa, comer o leer. Y las habitaciones dobles son lo más parecido a un hotel, con baño dentro nuevo y todo muy cuidado. Pero la palma se la llevaba el pueblo, también de los más bellos del camino. Me remito a las fotos.

Tras repostar y dormir en esta parada, salimos hacia Villafranca. No es una etapa dura en bicicleta, y se lleva bien incluso para un niño de 10 años. Los paisajes se corresponden con lo esperado en la Rioja/Burgos en Julio: Trigales alternados con contados humedales, pero siempre más fresco que a lo que estamos acostumbrados en el Sur. Seguimos los pasos del Santo por las aldeas en las que nació y vivió, hasta nuestro destino, que no era sino otra aldea de piedra en mitad de una nacional cosida a camiones pesados y en la que no quedaba ni una triste panadería. Al menos Villafranca tiene un enclave muy bonito, que nos dio para una excursión a pie por la mañana, y calles que rezuman historia. El hotel y Albergue San Antón Abad es una preciosidad, y el bar del pueblo, un salvavidas para los que no llevábamos comida a cuestas.

Villafranca- Burgos

Cuando haces el Camino en verano sales muy temprano. Más cuanto más lejos vayas o más despacio te muevas. A los bicigrinos, nos despierta el trasiego de peregrinos de a pie. Antes de las 6 de la mañana comienza el murmullo de los que se ponen en pie, recogen, preparan bien la mochila, y parten en busca de nuevas experiencias. Una hilera de caminantes a los que poco después vamos dando alcance para saludarles con el repetido «buen Camino». La gran mayoría hará la mitad de kilómetros que nosotros, que en esta etapa, llegaremos hasta Burgos.

La salida de Villafranca, que está al pie de los montes de Oca, supone una subida importante. Dadas las circunstancias (Arturo en ascenso y yo en declive, pero ninguno de los dos con ganas ni necesidad de demostrar nada) decidimos que la mejor manera de subir el puerto por el camino de tierra era empujando la bicicleta, mientras contemplábamos el fantástico bosque de pino Rodeno y otros ejemplares. Eso sí, tuvimos que rociarnos con repelente porque durante la primera media hora un enjambre de moscas hizo acto de presencia. Pasado ese trance, y llegados al altiplano, nos situamos en el lugar de los peregrinos que 500 o 600 años antes se veían asaltados por bandidos que los acechaban entre los árboles que componían tan tupido escenario. Eso hacía que Villafranca entonces fuera un centro de agrupamiento que les brindaba la seguridad de no ir solos.

A destacar, tras la correspondiente bajada, San Juan de Ortega, un bello, pequeño y tranquilo rincón del Camino en el que este año pastaba feliz una cerdita vietnamita que hizo las delicias de Arturo al dejarse tocar.

Pasado Atapuerca entramos en una interesante conversación acerca de los primeros pobladores de la península y cómo les debió ir hace cientos de miles de años por estos lares, y nos dejamos un cruce a izquierdas en el que debía haber indicaciones del camino, de modo que nos tocó subir un buen cerro para retomarlo. Nada que evitase que llegásemos a Burgos para comer. Y qué mejor manera de celebrarlo que hacerlo con un menú de peregrino junto al gran albergue municipal que hay junto a la Catedral, donde pudimos dormir guardando la famosa distancia social en camaretas.

Una vez repostados y tras la ceremonia de la ducha, lavado y tendido de ropa, y siesta (que creo que es lo que menos le gusta a Arturo) salimos a disfrutar de la ciudad, que bien se merece más de un día. Vimos la catedral con la imponente Escalera Dorada, el castillo, callejeamos, parques… incluso hicimos parkour con vistas. Para la cena pillamos provisiones y descubrimos que en la última planta del albergue había unas mesas que debían haber pasado desapercibidas al resto de peregrinos, y allí dimos cuenta de ellas. Como anécdota, mi compañero de viaje descubrió que la máquina de patatas fritas del albergue te soltaba una bolsa cada vez que pulsabas una combinación de teclas… no se lo chivéis a nadie. No se de dónde saca semejantes ideas esta generación…

Burgos-Castrojeriz

Esta es una bonita etapa que alterna los trigales con zonas verdes, y que este año nos ha saludado además con un tiempo bastante fresco. A destacar las ruinas del monasterio que podéis ver en las fotos y que siempre me han llamado la atención, por lo mágico del lugar. En los alrededores se encuentra un albergue bastante… curioso. Nosotros seguimos hasta Castrojeriz, donde acertamos de lleno en el albergue de la Virgen de Montserrat, por varios motivos. El primero que tiene un sótano excavado en el que apareció la estatuilla de la mencionada virgen románica, que solo para ir a visitarlo ya merece la pena. El segundo, por lo bien que lo lleva el hospitalero, muy servicial y afable. Y por último, aparte de que el edificio en sí y sus estancias no tienen desperdicio (nosotros estuvimos en una habitación doble muy fresquita) tiene un jardincillo con piscina, que hizo las delicias de Arturo… y del menda, por qué no reconocerlo.

Castrojeriz es un pueblo alrededor de un castillo, como su nombre indica, empingorotado en un buen cerro. Predominan las construcciones de piedra muy integradas con el paisaje, y tiene un amplio parque y calles bastante vistosas, sobre todo por la zona del ayuntamiento y de la travesía del Camino. Además posee todos los servicios que puede necesitar el peregrino, y otros albergues de renombre además del que nosotros hemos utilizado. Por la tarde subimos al castillo a contemplar las formidables vistas que lo llevaron a construirse allí arriba.

Castrojeriz – Carrión de los Condes

La salida Oeste de Castrojeriz hacia Carrión arranca en un cauce pantanoso, con un puente de madera, previo a una subida hacia una pequeña meseta que ya habíamos divisado la tarde anterior desde el castillo. Sobre el mapa de curvas de nivel se veía como una elevación alargada, a modo de muralla natural, por la que el camino subía y bajaba casi de seguido, motivo por el cual daban ganas de hacer un rodeo y mantenerse en el llano. Pero quisimos ser fieles al trazado, y por este motivo emprendimos la subida poco a poco hasta llegar al altiplano, donde Arturo grabó un pequeño video mostrando el paisaje que dejábamos atrás. Luego, la esperada bajada y desde ese punto entrábamos en la parte del Camino en la que los llanos son la nota no solo dominante, sino casi exclusiva hasta bien pasado León. Así que los kilómetros empezaron a caer apresuradamente.

Con el llano, también suele pasar que el paisaje pierde bastante novedad y se convierte en predecible, lo que hace aun más llamativa la joya de esta etapa que no es otra que San Martín de Frómista, mi iglesia románica por excelencia. En cualquier caso, pronto llegábamos a Carrión y allí nos esperaba una grata sorpresa en forma de un hostal acogedor, nuevo y encima barato, al que no descartamos volver. El Albe.

El pueblo es también muy recomendable. Comimos bastante bien de menú, y tras el descanso vespertino que tanto le cuesta hacer a mi compañero, pasamos la tarde viendo cosas como buenos peregrinos turistas. Cabe destacar que nos regalaron una riquísima morcilla de Burgos los dueños del hotel, al coincidir su fecha de cumpleaños con la de Arturo. Como tenía cocina y comedor, sobra decir lo que cenamos aquella noche con las viandas que compramos para acompañarla.

Castrojeriz-Sahagún

Nuestro avance por la meseta era imparable, y enfrentábamos ya la quinta etapa de este año con tal celeridad que apenas guardo fotos de ella: serían todas muy parecidas. Por este motivo estábamos en Sahagún, a pesar de la kilometrada, a las 12 del mediodía. Nos tocaba hacer tiempo hasta que abriesen el albergue de la Santa Cruz, de modo que nos tiramos en el césped de la fachada a estirar y a tomarnos un almuerzo. Luego, nos acercamos a coger habitación, una doble austera pero muy limpia y cuidada, y tras la ducha bajamos a hacer la compra. Había cocina, un claustro con galería para comer con algo de sombra, y las cosas indispensables de un albergue de peregrinos. Daniel, quien lo regía, nos informó de la posibilidad de asistir a una charla a las cinco de la tarde, y después, a las nueve, a una cena en comunidad. Todas ellas cosas que a los agnósticos nos suelen dar recelo, pero aceptamos por la experiencia para Arturo, y acertamos de lleno como conté al comenzar esta crónica.

De modo que entre lo uno y lo otro dimos un buen paseo por la ciudad, y nos perdimos por unas horas el haber recogido la media Compostelana que dan en Sahagún.

De la ciudad, destacar que también está bastante cuidada, y los edificios mudéjares de arquillos repetidos, muy parecidos entre sí. Para la cena decidimos preparar unas tostadas de aguacate con anchoas, que hicieron las delicias de los asistentes, y tuvimos una bonita velada compartiendo experiencias. Allí coincidimos con una familia en la que dos niñas, una de ellas de la edad de Arturo, andaban también haciendo el camino.

Sahagún-León:

Amanecíamos en Sahagún con el desayuno preparado cortesía del albergue, y salíamos como la rutina de los días atrás nos había enseñado, pedaleando a través de la brisa fresca de la mañana mientras los primeros pasos de los compañeros, el olor a hierba fresca y la vida que se despereza tras la noche llenaban nuestro entorno. No hay que ser religioso para hacer el Camino. Y mucho menos para sentirlo y disfrutarlo.

Teníamos una larga jornada por delante, así que no nos entretuvimos demasiado, ayudados por la llanura que seguía siendo la nota dominante. Llanura que cuando caminas ha de acompañarte sí o sí durante quizás dos o tres etapas. Pero que yendo a pedales atravesamos hasta León en una. Y qué decir de León: Ciudad regia, preciosa, llena de luz, en la que no dormiríamos ese año, porque al haber dejado el coche en Santo Domingo, y para poder emprender el regreso al día siguiente, había planeado hacer aquella tarde/noche en autobús el largo trayecto hasta Burgos para llevar eso ganado. Eso sí, hasta la hora de salir y tras dejar las bicis en el albergue municipal, disfrutamos de un buen paseo con visita a la catedral incluida. Buen punto para retomarlo el año que viene, cuando ya nos dispondremos a llegar hasta Santiago.

El regreso en autobús, un poco cansado, porque el cuerpo se había acostumbrado ya a dejar de moverse a esas horas, y aun nos quedaba con las bicicletas desmontadas una pequeña caminata hasta el hostal de Burgos. Así que caímos desplomados en la cama y apenas nos enteramos de nada hasta la mañana siguiente. Luego, otro autobús hasta Santo Domingo, donde nos esperaba el coche aparcado. Llenos por todo lo vivido, emprendimos el regreso para llegar a casa esa noche, bien lejos de allí.

Y en fin, este ha sido el relato del Camino de este año. Seguro que muchas anécdotas se me pasan, porque los trescientos kilómetros largos dan para mucho en bicicleta. Pero quedan en el cuerpo para seguir construyendo ese castillo que es nuestra experiencia, y que me alegro de poder edificar junto a este compañero que me ha salido, y que espero me siga a muchas más aventuras, como preámbulo de todas aquellas que le quedan por vivir. Hasta el año que viene. Buen camino!

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