El Norte Olvidado

Bajamos a Marruecos desde hace años. Embarcamos en Tarifa, Algeciras o Almería, y llegamos a Tánger, Ceuta o Melilla para dormir. Despertamos, nos preparamos, cargamos y arrancamos en busca de una nueva aventura con rumbo hacia el Sur. Historias de las que os damos cuenta en estas páginas. Pero, ¿Qué fue del Norte?

El Ritual.

Moto. Abrir baulete. Sacar cascos, guantes al salpicadero, meter enseres. Braga al cuello. Cables a la toma de corriente. Conectar GPS. Cargar puntos, track. Guantes. ¿Listos? Contacto. ¡Nos vamos!

7 de Abril.

Sabíamos que el puerto de Tarifa estaba cerrado. Así que nos dirigimos a Algeciras a cambiar el trayecto. Había colas, el puerto estaba saturado. Pero no tanto como la aduana de Tánger Med, donde coincidimos con Nacho y la caravana del Desierto de los Niños. Otro par de compañeros moteros pasaron los trámites con nosotros. Y dos más en bici, que sí que iban “a la aventura”. Fauna de aduana, que dejamos atrás serpenteando empujados por el viento en la autopista dirección a Tánger. Era ya de noche, pero llegamos justos para cenar.

Dar Bargach perfecta. Muy cerca del Continental, donde no nos dejaron aparcar la moto para la noche, y más barata y acogedora, así que nos quedó claro para futuras bajadas. Tras descargar y vestirnos de persona, nos echamos a las callejuelas de la Medina en busca de algo para llevarnos a la boca. Comimos en un garito abierto a la calle de taburetes altos, un plato regional de pinchos, sofrito de cebolla e hígados, y “frites”. Habíamos echado la primera noche, y ya estábamos allí.

8 de Abril.
Solo conocíamos el tramo de costa entre Martil y Oued Laou. Ese fue uno de los motivos de planear está bajada. Curvas divertidas, asfalto rizado pero con buen agarre, y sobre todo, unas vistas fantásticas al Mediterráneo, con fuertes acantilados y pequeñas playas. Pero había mucho más hacia en Este, y queríamos descubrirlo.

La salida de Tánger fue dura. Rachas de viento de 80 km/h en la moto te zarandean sin que lo puedas evitar, y eso, unido al tráfico local, no es divertido. Pero apenas salimos del área de influencia del estrecho, todo fue sobre ruedas. Poco tráfico, pueblos pesqueros a los que aún no ha llegado el turismo de masas, buen pescado… Paramos a comer en El Jebha con buen tino, pues es una aldea en la que se hace etapa para “repostar fuerzas” en una curiosa ruta motera que discurre por Portugal, España y Marruecos, que desconocíamos. Luego un puerto y muchas más curvas hasta Alhucemas.

La antigua colonia es una ciudad con encanto, basado en los alrededores, acantilados y desordenada distribución de los barrios. Conserva muchas huellas del protectorado, como un instituto, iglesia y edificios con su arquitectura típica. Balcones, miradores, muchos hoteles, y bastantes locales más modernos de comida rápida que nos fueron haciendo el servicio las tres noches que permanecimos allí, descansando de los atracones de pescado de los mediodías. Esa ocasion cayó una pizza riquísima.

El hotel Villa Florido muy recomendable.

9 de Abril.
Decidimos emplear el domingo en recorrer la parte de costa al Oeste de Alhucemas, retrocediendo un poco sobre nuestros pasos y adentrándonos en el Parque Nacional. Las vías de comunicación resultaron ser pistas sencillas, que a dúo y sin las maletas laterales no plantearon problema alguno. Pueblecitos verdes, calas oníricas, islotes y una tortuga que cruzaba despacito a nuestro paso, nos acompañaron durante la mañana. Nos acercamos al peñón de Vélez de La Gomera. Un curioso emplazamiento aún español, que desde el terremoto de 1930 paso de ser isla a ser península. En su interior, un conjunto de casas y pabellones militares agolpados contra la roca y algún soldado que nos miraba aburrido. Más simpático resultó ser el cabo que había en aquel entonces nuestro lado, y que nos explico en francés que no había mucha comunicación entre ambas partes, y que a los españoles se les abastecía en barco y helicóptero.

De allí fuimos a Cala Iris, un enclave precioso que no podíamos evitar imaginar lleno de urbanizaciones y turismo en el futuro. Ojalá se libre… En verano habría allí más bullicio, pero en Abril solo había un chiringuito abierto en el que comimos pescado local fresco, a la plancha.

Regresando a Alhucemas volvimos a entrar en el Parque Nacional por una carreterita hasta un mirador.

Esa noche buscamos unos sawarmas para variar un poco del menú de pescado intensivo…

10 de Abril.
Explotada la costa, el Lunes teníamos en el planning programada la visita a la zona interior de Issaguen y Ketama. Por carreteras de montaña fuimos ascendiendo hasta cotas de 1600 metros y bosques de cedros salpicados de aldeitas desordenadas y en las que sus pobladores no parecían apreciar demasiado el entorno que tenían. Tomamos un te en Ketama, y allí decidimos, ya que estábamos aún frescos y entusiasmados con las curvas, hacer un círculo para regresar por un valle distinto, alargando el track casi 100 kms. Comimos en una aldea al paso, unas brasas de kefta, un guiso de manitas con garbanzos y patatas fritas. Y seguimos serpenteando hasta iniciar la bajada del trayecto común con la ida. Otro te, y hasta Alhucemas, compartiendo los últimos kms con un pequeño tour ciclista.

Para la última tarde el aire de Levante había remitido y nos comimos unas bastelas en el mirador al mar de la plaza del instituto.

11 de Abril.
Ya tocaba encarar el tramo de costa que hay entre Alhucemas y Melilla, y lo hicimos a nuestro ritmo. Haciendo fotos y disfrutando de las vistas desde la Triumph. Como íbamos bien de tiempo, subimos a ver el Cabo de las Tres Forches y de ahí nos dejamos caer hasta Nador, donde nos había recomendado comer Manolo. La verdad es que el Marhaba resultó colmar todas nuestras expectativas, y nos fuimos hacia la frontera una vez más de pescado hasta la bandera. Menos mal que ahí dentro no se considera contrabando.

Pasamos muy rápido, pues parece que más de uno a esa hora echaba la siesta, y nos metimos en Melilla en busca de recuerdos de la niñez. La encontramos muy cuidada, limpia y habitable, por lo que pasamos toda la tarde andando por el centro, sus parques, la ciudad vieja y el puerto. Hasta una procesión vimos… Luego, unos pinchos en el Sevilla y a descansar.

Así cerrábamos capítulo y dejábamos zanjado el trámite de dar respuesta a la primera pregunta de esta crónica. El norte de Marruecos está ahí. No lo olvidéis, porque se merece al menos una de esas bajadas que hacemos. Y tiene mucho por descubrir.

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