Cada año había una bajada a Marruecos, en la que nos juntábamos para disfrutar de los paisajes y las gentes de aquel país. Pero con el devenir del tiempo, el lugar y la afición han pasado a segundo plano y el grupo de amigos que se ha cocido en aquellas aventuras ha reivindicado su protagonismo. Por eso, esta entrada no va de los parajes tanto como de quienes los han recorrido. Este año decidíamos juntarnos en uno al que le teníamos ganas, por conocerlo solo de pasada. Y al que tocaba dedicarle un capítulo completo: Las Hurdes Y para ello era necesario el tiempo suficiente; tiempo que hemos encontrado en la nochevieja y días siguientes de 2025.
Ana, Arturo y yo nos desplazábamos hasta ese lugar pivotando en casa de nuestros buenos amigos Jorge y Vane, adelantando si cabía una noche la diversión, junto a Elena y Borja. Sin olvidar a los que empezaron siendo peques y ahora son… mediograndes. Y a Sialuk, que es como el enanito de Amelie cada vez que coges la cámara, pero de culo. Así de paso comprobábamos, por si no lo sabíamos, que Toledo, ahí tan centradito en la península, podía ser más frío que los lugares de sierra a los que nos dirigíamos.
Gracias a la división del trayecto, cubríamos la mitad que nos quedaba en la mañana del 31 hasta Huetre antes de la hora de comer, uniéndose a nosotros el gran Carlos, y disfrutábamos de un cocido sin igual ya calentitos en el centro de operaciones. Esto… «Hu-qué?» Bien. Las Hurdes es una zona muy al norte de Extremadura que tiene bastantes características que la hacen única. Por un lado el mismo enclave, de por sí muy espectacular geológica, biológica y paisajísticamente hablando. Pero por si fuera poco, jalonada por la Sierra de Francia y las Batuecas. Además, está muy cerca y al Norte de Plasencia y el Valle del Jerte. Es decir, hay hectáreas y hectáreas de monte para recorrer y disfrutar de la naturaleza. Por otro lado es una zona perteneciente a la «España vaciada», lo que propicia una densidad de población bajísima, y que sea un lugar ideal para desconectar y alejarse del bullicio. Además, es relativamente húmeda, por lo que encontramos varios ríos y arroyos, bosques, el gran embalse de Gabriel y Galán… Por último, y dando testimonio de que no siempre estuvo tan despoblada, Las Hurdes están llenas de pueblecitos y aldeas que en invierno se quedan tranquilos pero en verano se llenan de «los que regresan». Y es que en cualquiera de estas aldeas la población a principios del siglo pasado multiplicaba por 10 la actual, vaciándose a medida que las comunicaciones con el exterior mejoraban y la gente joven veía la oportunidad de hacer dinero en el extranjero. Hubo de este modo una fuerte emigración a Suiza, Alemania y Francia que dejaba a las mujeres al cuidado de los hijos, los huertos y los rebaños durante 8 meses al año. Charlar de todo esto con lugareños es un deleite que nos ayuda a comprender mejor la historia de aquellas partes de nuestra tierra, en las que la vida era mucho más difícil de a lo que estamos acostumbrados en la actualidad. En estas pasó delante de nosotros una abuelilla muy encorvada pero con visibles ánimos y una sonrisa sincera. «Esa es la mas vieja del pueblo. Tiene 92 años, y era pastora. Tenía más de 300 ovejas y las llevaba ella sola». Cuántas historias podría contar…


Y ahora Huetre. Podíamos haber elegido cualquier otro sitio, pero siendo un grupo numeroso, necesitábamos un alojamiento sencillo, acogedor, con un buen salón-cocina, y que no se nos fuese de precio. El resto colmó nuestras expectativas, porque queriendo conocer la historia de este lugar, fue un privilegio dar con las Antiguas Guarderías, unas casas que como su nombre indica fueron el lugar en el que las gentes dejaban a sus hijos antaño cuando se iban a trabajar. Ya que eso en esta tierra, como hemos visto, no era solo cosa de los hombres. Dormíamos justo encima de las escuelas. Y en un mirador que daba al meandro del rio Hurdano que teníamos delante. Las vistas desde el salón cortaban el hipo.


Las Hurdes toman su nombre de un brezo típico de la región, lo que explica entre otras cosas la abundancia de colmenas de miel de brezo y de otras flores que vamos a encontrar por la zona. Desde esa primera tarde se instauró en al grupo (o al menos aquellos «cazadores-recolectores o descendientes de») la costumbre de salir a dar una vuelta vespertina para disfrutar de las últimas luces y de paso coger alguna naranja o algún kiwi a mano del camino. ¿Kiwis? Sí, kiwis. Pues había un buen árbol de kiwis en el patio de «unos señores que viven en Cataluña» repleto de este fruto, que además se esparcía maduro por los suelos aledaños. Ocasión que un buen recolector no sabe desperdiciar, más cuando le ponen hasta la escalera a mano.





Descubríamos así que Huetre casi se fusiona visualmente con Casa Rubia, y que ambas pertenecen junto a Robledo, Heras y Carabusino al Ayuntamiento de Casares, todos ellos pueblitos por los que pasamos en nuestras sucesivas excursiones. También nos topamos con el molino de aceite, ya en ruinas, y averiguamos que las «bañeras» de piedra que lo rodean, eran despensas en las que cada familia dejaba sus aceitunas macerar 15 días antes de la prensa para que perdieran el agua y el aceite fuera más puro.
La franja oscura de la tarde, a falta de las pelotas y las ganas necesarias para salir a hacer fuego en la barbacoa del porche de las escuelas, la dedicábamos a juegos de mesa, para deleite de los que ni cazaban, ni recolectaban (bueno, si, un poco), ni conducían, ni cocinaban, ni fregaban ni hacían mucho más allá que divertirse y tocar las arriba mencionadas. Es la edad de disfrutar, y para qué vamos a quejarnos, todos hacíamos lo que ellos junto a alguna tarea doméstica. De hecho, es en la velocidad con la que despachábamos el trabajo donde se veía lo coordinado que es el grupo que hemos formado con los años.
Y cada mañana, sin matarse a madrugar que para eso era navidad, calentábamos motores y hacíamos aquella cosa que nos unió y que tampoco hay que descuidar por muy amigos que nos hayamos hecho: explorar mundo a lomos de un 4×4. Y para eso las Hurdes son el paraíso. Pistas y pistas de todo tipo nos llevaban de un lugar a otro para conocer tanto parajes como pueblos allí y en las sierras cercanas.



Nuñomoral era el pueblo con supermercado más cercano, y por el que pasamos más de una vez a proveernos de lo que nos faltaba. Y Vegas de Coria el más grande inmediato, con gasolinera y todo. Ya nos podemos hacer una idea de cómo son las cosas en Las Hurdes. A lo largo de nuestras excursiones, conocimos cosas tan curiosas como el Meandro del Melero, desde el Mirador de la Antigua, el Mirador del Chorro de los ángeles con su buitrera, el Pico de la Corredera…





Y pueblos preciosos como Mogarraz y la Alberca, esta última a tope de turistas.








El último día lo dedicamos a visitar Ciudad Rodrigo, que está cerca, al Norte, y merecía la pena la escapada.



Con todo, nos faltaron días para abarcar tanto por ver en la comarca, pues echamos de menos algo más de senderismo, para alcanzar esos rincones a los que no se puede llegar ni en 4×4. Así que, como en tantas ocasiones, dejamos marcado el «waypoint» de aquellos sitios a los que hay que volver, quizás con días más largos, en alguna ocasión del futuro. Y nos despedimos de regreso de nuevo por Toledo, preguntándonos ¿Dónde nos llevará la amistad en 2026?