Milhouse

Pronúnciese: «Milus». Sí, aunque parezca difícil. Pero me costó averiguar que esa ciudad de nombre germano fuese el Milús de toda la vida en el que nacieron mis primos franceses. Así que sabiendo que nos pillaba de camino y que cuadraba como final de etapa, la decisión estaba tomada. A Milhouse.

Es una ciudad industrial en la que gran cantidad de las naves están vacías, es decir, venida a menos en este sentido. Que busca su hueco en el turismo para paliar parte de lo que ha perdido con los movimientos económicos de finales del siglo pasado. Y es cierto que tiene encanto en sus calles del centro, sobre todo alrededor de la catedral y el ayuntamiento.

Nosotros comenzamos por aparcar junto al estadio de fútbol, que está a mano del centro, y desde allí dimos un buen paseo recorriendo los puntos de interés que nos sugerían Google: La torre del diablo, las mencionadas catedral y ayuntamiento. También llamaba la atención el movimiento grafitero de la zona del río, que utilizaba las paredes de las antiguas fábricas para hacer sus murales. Para dormir, decidimos escapar a las afueras, junto a otro campo de fútbol, ya que en el descampado en el que estábamos empezaron a venir coches a hacer derrapes…

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